Ficha técnica

Título: Elogio del gato | Autora: Stéphanie Hochet | Editorial: Periférica | Colección: Largo Recorrido | Traducción:  Laura Salas Rodríguez  | Páginas: 120 | ISBN: 978-84-16291-14-4 | Precio: 14,50 euros

Elogio del gato

PERIFÉRICA

«Todo el mundo lo sabe: el gato es un animal libre, el gato escoge a su amo antes de que el amo llegue a elegir al gato.» ¿Cuántos hombres y mujeres de letras reconocen en el gato el mismo gusto por la libertad de los autores de todos los tiempos y se identifican con el pequeño felino?

La asimilación del escritor con el gato es un clásico en literatura. La libertad no tiene precio para los artistas. Nos llueven los ejemplos; y algunos de los más interesantes se encuentran en este libro. «Adoro la manera que tienen los gatos de estar mitad dentro, mitad fuera, a la vez salvajes y domésticos, porque yo misma soy una salvaje domesticada. O, más bien, estoy domesticada mientras la puerta esté abierta», escribió una prestigiosa novelista inglesa. Si un artista no supiera cómo convertirse en un hombre o una mujer libre, el gato podría servirle de ejemplo. Del antiguo Egipto a la moderna Francia, he aquí un sugerente elogio de los gatos (con datos históricos que sorprenderán a más de un lector) acompañado por las palabras de Balzac, Poe, Maupassant, Soseki, Bulgákov, Eliot, Colette, Simenon, Tennessee Williams, Burroughs o Amélie Nothomb, entre muchos otros.

«En Europa, en la Edad Media, poseer un gato negro acarreaba la pena de muerte, pero en el Egipto antiguo el gato estaba asociado a la diosa Bastet, la diosa de la alegría y de la fertilidad. El miw (sustantivo que lo designa) era un animal sagrado: quien matara a un felino era ajusticiado; tras el fallecimiento, el gato era momificado y colocado en un sarcófago. En su pasión por el animal flexible, el hombre llega al punto de aplicar la pena capital. A favor o en contra. ¿No es acaso ese sentimiento excesivo el signo de que el gato encarna nuestra desmesura, y de que se ha ganado un lugar privilegiado en nuestro inconsciente, representando la parte que de éste rechazamos?»

PREFACIO

Todo el mundo lo sabe: el gato es un animal libre, el gato escoge a su amo antes de que el amo llegue a elegir al gato, el gato no nos acaricia realmente, sino que se acaricia a sí mismo frotándose contra las piernas de la gente; además, el gato nos mira por encima del hombro, nos tantea. Mientras que el perro nos mira con adoración, el gato nos observa con un desapego lleno de superioridad -de hecho, normalmente toma la precaución de colocarse en las alturas, sobre una mesa o un armario, para dominarnos, por supuesto-; es más, el gato es hipócrita, en infinidad de cuentos aparece disimulando unas intenciones casi siempre malas, cuando no crueles.

     La crueldad le sienta tan bien a este temible depredador que de vez en cuando nos recuerda que, si bien fue salvaje en el pasado, sigue siendo felino al cazar por pura diversión pájaros o ratones. Y, sin embargo, nos vuelve locos. Lo acogemos en casa, ha cemos desembolsos en nombre de su bienestar y sentimos que nos corresponde. El gato es irresistible, conoce el arte y la manera de hacerse querer. ¿Será el felino domesticado lo que Lacan llama un «animal falto de hombre» cuando habla de los animales domésticos? El gato no parece corresponder totalmente a este término aunque se haya instalado en la casa o en el piso y forme parte de nuestra vida.

     Nuestro propio comportamiento podría suscitar preguntas: ¿por qué servir e idolatrar a ese animal escurridizo? Sentimos una extraña atracción por esa criatura de pelaje sedoso y garras afiladas capaces de desgarrar, que nos inflige heridas ardientes jugando o adrede.

     Recordemos que el gato también ha engendrado odio en el mundo. Multitud de estos ágiles animales fueron inmolados bien en nombre de los peligros que hacían correr a los humanos, bien a causa de su extrañeza o de su pretendida pertenencia a los poderes de las tinieblas. Existe un miedo y un misterio a su alrededor. El misterio gato, que no conseguimos aprehender. Se diría que nos reconocemos en él. En efecto, se encuentran muchas características humanas en el gato.

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