Ficha técnica

Título: Ellas solas | Autor: Virginia Nicholson Traductora: Rocío Westendorp  Editorial: Turner Precio: 22,5 €   | Páginas: 364 |  Fecha de publicación: Noviembre de 2008 | Formato: Rústica con solapas  14 x  22 | Género: Ensayo  | ISBN: 978-84-7506-863-3 | Nº de fotos en B/N: 58

Ellas solas

TURNER

Ellas solas es una celebración literaria de las mujeres «diferentes», las que viven en circunstancias adversas y las que se enfrentan a los convencionalismos. A ellas las cambió la guerra, pero ellas cambiaron la sociedad.

Solamente en Gran Bretaña, la I Guerra Mundial se cobró las vidas de casi ochocientos mil jóvenes soldados, y muchos más quedaron incapacitados. En 1919, toda una generación de mujeres que creía que casarse era uno de sus derechos inalienables, se encontró con que, simplemente, no había hombres para todas.

Siguiendo el destino de esta «generación singular», Virgina Nicholson narra cómo vivieron las mujeres solteras de entreguerras, cómo lograron no depender de los hombres para ganarse el sustento, y cómo encontraron la felicidad y una identidad propia; siendo entonces cuando las mujeres, solas o en grupo, empezaron a visitar cafeterías o salones de té, y cuando despuntaron los primeros clubes literarios y reuniones culturales sólo para mujeres.

La vida privada tiene también un enfoque privilegiado en este libro, que analiza las carencias afectivas y familiares de estas mujeres, partiendo de textos, consultorios de radio y diarios de la época, describe de forma emotiva los conflictos interiores de estas mujeres.

I

¿ADÓNDE SE HAN IDO LOS CHICOS?

DOS MUJERES

En 1978, al cumplir ochenta y cinco años, Margaret Jones, más conocida como May, escribió su autobiografía. El manuscrito está redactado en su mayor parte con bolígrafo, en diferentes tipos de papeles de colores e incluso en el dorso de octavillas. Nunca se ha publicado; no es ni literaria, ni sensacionalista, ni revela gran cosa. De hecho, hay pocas razones por las que pueda destacar, al ser una historia más entre las de miles de mujeres de su generación. Pero al leerla se siente transcurrir un siglo entero. La historia de May deja entonces de ser un expediente más, pues nos permite vislumbrar aquello que hay de único y fugaz en la vida de una persona.

  Nacida en 1893, May Jones era la hija mayor de un carpintero galés. Creció en una pequeña aldea de Cheshire, cerca de una de las grandes ciudades de la industria textil. Su casa era una cabaña sombría y húmeda y a su familia le costaba un gran esfuerzo mantenerla. Sin embargo, al final de su vida, al escribir era capaz de rememorar algunos instantes felices en las tardes pasadas junto a su padre, mientras le sujetaba la vela para que éste pudiera tallar las estatuillas de madera con las que conseguía un poco de dinero extra para la familia. May jugaba con aquellas preciosas tallas, colocándoselas a ambos lados de la cara como si fueran pendientes. Recuerda las alegres tardes en el pueblo, bailando al son del organillo o cogiendo a puñados los caramelos que les lanzaban desde la tribuna del condado en la fiesta anual del colegio. El momento culminante era el verano, cuando a ella y a su hermano menor los llevaban a casa de su abuelo, que vivía a veinte kilómetros, en una carreta tirada por un caballo percherón, sentados sobre cestos de patatas.

  Pero su madre siempre estaba enferma. Después de May tuvo tres hijos más y tras cada parto debía guardar cama. El médico visitaba con frecuencia el hogar de los Jones. Cuando su madre no era capaz de levantarse, May, desde los diez años, tenía que limpiar la casa, cocinar, cuidar al bebé y hacer la colada.

  May preocupaba a sus padres por su excesiva imaginación. Había aprendido pronto a leer y le encantaban los cuentos de hadas: los pequeños duendes eran reales para ella. Érase una vez un príncipe que se casó con un hada princesa y vivieron felices para siempre jamás. Vivían en las flores. A veces se oían sus risas de cascabel, pero nunca se los podía ver. El médico fruncía el ceño y decía a sus padres que tanta lectura sería perjudicial para su cerebro. Había que atarla en corto, sugería. Bajo su recomendación, le quitaron los libros y sólo le permitieron leer en el colegio, aunque May se llevaba los manuales de carpintería a hurtadillas a la cama y leía todo lo que caía en sus manos. Cuando se hizo algo mayor pudo procurarse ejemplares de Jane Eyre, Lorna Doone y Kim. Su escritora favorita era Marie Corelli, de cuyos melodramas románticos interiorizó la idea de que algún día, en algún lugar, encontraría a su alma gemela.

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