Ficha técnica

Título: Élisa | Autor: Jacques Chauviré | Traducción: Regina López Muñoz | Editorial: errata naturae | Colección: El pasaje de los Panoramas  | Páginas: 64 | Formato: 14 x 21,5 cm  | ISBN: 978-84-15217-70-1 |Precio: 10,50 euros

Élisa

ERRATA NATURAE

Se narra en estas páginas bellísimas, con un halo melancólico y un sorprendente final, la historia del primer amor vivido por un niño, con una intensidad singular, sobre el fondo gris de la Primera Guerra Mundial. Un padre muerto en el frente, una madre traumatizada por esa ausencia y una abuela severa conforman la familia de Jacques Ivan, Vanvan, a la que llega Élisa, la dulce criada adolescente. Ella es el mejor antídoto, el único posible, contra la tristeza.

«El verde paraíso de los amores infantiles», escribió Baudelaire. La inocencia clara y profunda inspiró este texto único y luminoso, en cuyo azogue se encuentran infancia y vejez, el tiempo iniciático y el tiempo de las despedidas.

Admirado por algunos de sus contemporáneos más exigentes, de Albert Camus a Claude Roy, Chauviré fue siempre un escritor discreto, que no hizo «carrera literaria» y prefirió seguir ejerciendo la medicina. La fama le llegó gracias, precisamente, a esta novela corta, Élisa, que fue elegida como uno de los libros favoritos de los libreros franceses el año de su publicación, 2003.

«Había aprendido a leer. Algunas palabras me gustaban mucho. Mi predilecta era, creo, «lluvia». Al principio me costó leerla, pero sus vocales húmedas le daban belleza y dulzura. Luego venían las que evocaban el agua en movimiento. Eran palabras plateadas, pero con una luminosidad muy cambiante a medida que el agua corría de lo umbrío al sol. «Sol» no estaba nada mal, aunque, para mi gusto, sonaba demasiado fanfarrona. El agua era mi mejor amiga, especialmente porque yo solía tener sed. Sed de mi madre también y, pese a todo, todavía de Élisa».

PRINCIPIO DEL LIBRO

ÉLISA LLEGÓ UNA MAÑANA de principios de otoño. Yo tenía cinco años. Estaba acodado en el antepecho de la ventana de la cocina cuando la vi aparecer en el jardín. Venía por el senderillo que seguía la ribera del arroyo. Mi padre había muerto en la guerra. Nuestros abuelos nos habían acogido en su casa, a mi madre, a mi hermano y a mí. A nuestro alrededor todo era campo. El caserío lo componían la casita y el terreno del señor Langlois, el albañil, y la granja del señor Deleau.

     -Vaya -dijo mamá, que estaba detrás de mí-, esperábamos que llegara por la tarde. Ha venido por la carretera; habría tardado menos si hubiera bordeado el estanque.

       Vestía un guardapolvo negro y llevaba un exiguo equipaje. Se fue acercando, pasó bajo las ramas del castaño del bancal. Mamá abrió la puerta principal. 

       Le dijo:

       -Buenos días, jovencita.

       Luego se corrigió:

       -Buenos días, Élisa.

       Y, acto seguido, preguntó por sus padres:

       -¿Cómo están? ¿Y sus hermanos, Julien y Joannès?

      Ella contestó con una sonrisa que su padre estaba agotado y ya no podía trabajar en el «ferrocarril». Solamente se dedicaba a cuidar del jardín. Su madre, en cambio, seguía encargándose de vigilar el paso a nivel del pequeño convoy que comunicaba Lyon con Jassans.

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