Ficha técnica

Título: El viejo Rivers | Autor: Thomas Wolfe | Traducción: Juan Cárdenas | Editorial: Periférica | Colección: Largo Recorrido  | Páginas: 80 | ISBN: 978-84-16291-41-0 | Fecha: diciembre 2016 | Precio: 13,00 euros

El viejo Rivers

PERIFÉRICA

El viejo señor Rivers es un editor a la antigua: ama el «buen gusto» por encima de todo, y nada desearía menos que publicar textos con palabras malsonantes o temas demasiado realistas. Ama también la vida social de Nueva York, los clubes donde viven los ancianos caballeros como él y las cenas a las que lo invitan cada día viudas de embajadores o sociedades de todo tipo. Perfecto personaje dickensiano, tiene una palabra para todo el mundo, y del ocio hace, como dijera el clásico, siempre negocio. Esta narración, que tiene un tono muy distinto al resto de la obra de Thomas Wolfe, fue publicada por primera vez en 1947, después de la muerte de su mítico editor, Maxwell Perkins. Éste no había permitido que fuera publicada antes, ya que no deseaba que el texto de Wolfe ofendiera al ya senil Robert Bridges, antiguo editor de Scribner’s Magazine, en quien se había inspirado para crear a su protagonista. El viejo Rivers, sí, está lleno de jugosas alusiones a Bridges, quien se había atrevido incluso a pedir al futuro premio Nobel John Galsworthy que borrara algunas frases «con alusiones sexuales» si quería seguir publicando en Scribner’s. El importante editor, que había cimentado parte del prestigio de su revista sobre nombres como Henry James o Edith Wharton, tenía ciertas dudas sobre los jóvenes autores del momento, como Dos Passos, Faulkner o Hemingway, a quien, sin embargo, publicó novelas o relatos por entregas, pero a quien rechazó otros textos por ser demasiado «atrevidos» o «grises», y a quien quiso obligar a cambiar algunas palabras «para no enfangar el buen nombre de esta publicación y alterar el ánimo de nuestros lectores». He aquí, pues, una estupenda sátira sobre el mundo editorial de entreguerras y, también, una crónica feroz de la vida social en el Nueva York del crac bursátil de 1929.  

«Una de las máximas aspiraciones de cualquiera de nosotros sería llegar a escribir algo con la altura y la poesía de El niño perdido». Jack Kerouac

«En Norteamérica hay tres grandes escritores: primero está Wolfe, después yo, y a continuación Hemingway.» William Faulkner, dos años después de recibir el Premio Nobel 

 

I

El viejo Rivers despertó por la mañana y entre los primeros objetos que sus ojos distinguieron había dos grandes y extraordinarias fotografías enfrentadas la una a la otra encima de su enorme cajonera, separadas por el peso de un cepillo y un peine bañados en plata. Era una buena disposición de las cosas: cada una de las dos espléndidas fotos dominaba su propia mitad de la cajonera como un toro en su pastizal, y la opaca solidez, el brillo del peine y el cepillo parecían proporcionar a cada una el «marco» justo, la clase de orgullosa separación que cada cual se merecía. En cierto modo, daba la impresión de que las dos espléndidas fotografías se miraban mutuamente con la actitud desafiante y belicosa de dos toros bravos: alguien de esta generación capaz de recordar los anuncios del Toro Durham de hace veinte años podría hacerse una idea: una cerca de tres listones, el pasto, el bravo semen tal con su poderoso cuello erguido, el fuego destellando en sus ojos y la noble furia de su portentosa presencia que su morro exhalaba en forma de humo, como diciendo con total claridad, mejor que si utilizara cualquier palabra: «¡Aquí estoy y aquí me quedo! ¡Este lado de la cerca es mío! ¡Fuera de aquí!».

      Más que ver, el viejo Rivers presintió estas cosas cuando abrió los ojos. Ya no veía con la misma claridad que antes. Las cosas no llegaban hasta él cada mañana como solían hacerlo. Tampoco podía despertarse con la misma facilidad, ya no podía despertarse de inmediato, «de un salto», como antaño. Por el contrario, sus ojos viejos, cansados, marchitos, algo legañosos, se abrían lentos, pegajosos, y por un momento sondeaban los fenómenos del universo material con una expresión cansada, triste, vaga y olvidadiza.

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