Ficha técnica

Título: El unicornio | Autor: Iris Murdoch | Traducción: Jon Bilbao | Editorial: Impedimenta | Encuadernación: Rústica |Tamaño: 14 x 21 cm |Páginas: 352 |ISBN: 978-84-15979-15-9 |Precio: 22,70 euros

El unicornio

IMPEDIMENTA

Una historia que combina con magistral eficacia la intensidad de la novela gótica y la fascinación del cuento de hadas. Una novela impresionante en la que Iris Murdoch explora las fantasías e indecisiones que gobiernan a todos aquellos que han sido condenados a una entrega apasionada, aunque sin esperanza.

Cuando Marian Taylor acepta un empleo de institutriz en el castillo de Gaze y llega a ese remoto lugar situado en medio de un paisaje terriblemente hermoso y desolado, no imagina que allí encontrará un mundo en que el misterio y lo sobrenatural parecen precipitar una atmósfera de catástrofe que envuelve la extraña mansión, y nimba con una luz de irrealidad las figuras del drama que en ella se está representando. Hannah, una criatura pura y fascinante, es el personaje principal de ese pequeño círculo de familiares y sirvientes que se mueven en torno a ella como guiados hacia un desenlace imprevisible. Pero Marian no puede saber si ese divino ser es en realidad una víctima inocente o si estará expiando algún antiguo crimen.

PARTE UNO

CAPÍTULO UNO

¿A qué distancia está?

-Veinticinco kilómetros.

-¿Hay algún autobús?

-No.

-¿Hay algún taxi en el pueblo o coche que pueda alquilar?

-No.

-Entonces ¿cómo voy a llegar?

-Puede usted alquilar un caballo aquí cerca.

-No sé montar a caballo -dijo exasperada- y, en cualquier caso, está mi equipaje.

Ellos la observaban con una curiosidad serena y distraída. Le habían dicho que la población local era «amistosa», pero aquellos hombres grandes y lentos, si bien no eran exactamente hostiles, carecían por completo de la capacidad de reacción propia de la gente civilizada. La habían mirado con extrañeza cuando les dijo adónde iba. Quizá esa era la razón.

Se daba cuenta ahora de lo estúpido e incluso desconsiderado de no haber anunciado su hora exacta de llegada. Le había parecido más excitante, más romántico y, en cierto modo, menos intimidatorio llegar por su cuenta. Pero ahora que el desastrado trenecito que la había llevado desde el empalme de Greytown se había alejado tosiendo entre las rocas, tras dejarla rodeada por aquel silencio, convertida en motivo de atracción para aquellos hombres, se sentía indefensa y casi asustada. No esperaba semejante soledad. No esperaba el paisaje atroz.

-Ahí viene el coche del señor Scottow -dijo uno de los hombres señalando.

Ella miró a través de la bruma vespertina la desolada ladera de la colina, las terrazas escalonadas de piedra gris amarillenta, desnudas y monumentales. Segmentos erosionados de muro aquí y allá permitían intuir las vueltas y revueltas de una carretera empinada que descendía la colina. Para cuando vio el Land Rover que se acercaba, el grupo de hombres se había apartado de ella, y para cuando el vehículo entró en el patio de la estación, todos habían desaparecido.

-¿Es usted Marian Taylor?

Con el alivio de volver a sentirse ella misma, aceptó el tranquilizador apretón de manos del hombre alto que se apeó del vehículo.

-Sí. Lo lamento. ¿Cómo ha sabido que estaba aquí? 

-Como no dijo usted cuándo iba a llegar, pedí al jefe de estación de Greytown que estuviera atento y me enviara un mensaje con la furgoneta del correo cuando la viera esperar nuestro tren. La furgoneta llega a Gaze como poco media hora antes que el tren. Y pensé que no sería usted difícil de identificar. -Acompañó las últimas palabras de una sonrisa que convirtió el comentario en cumplido.

Marian se sintió reprendida pero a la vez bien cuidada. Le gustaba aquel hombre.

-¿Es usted el señor Scottow?

-Sí. Tendría que haberlo dicho. Gerald Scottow. ¿Son esas sus maletas? -Hablaba con un agradable acento inglés.

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