Ficha técnica

Título: El tren cero | Autor: Yuri Buida | Editorial: Automática | ISBN: 978-84-15509-17-2 | Encuadernación: Cosido | Formato: Rústica |  Número de páginas: 120 | Epílogo: José María Muñoz Rovira | Traducido por: Yulia Dobrovolskaya y José María Muñoz Rovira | PVP: 14.00 euros

El tren cero

AUTOMÁTICA

 

Cuando se construyeron el puente y la estación de ferrocarril en aquel lugar perdido, se creó a su alrededor una pequeña comunidad de colonos (Iván Ardábiev -conocido como Don Dominó-, Esther y Misha Landáu, Vasili, Gusia…). Las instrucciones eran claras: cuidarían del mantenimiento de la estación y constatarían el paso del único convoy que transitaría esas vías (todos los días, a la hora exacta, sin preguntas), el misterioso tren cero: dos locomotoras delante, cien vagones perfectamente sellados, dos locomotoras detrás. Origen, una incógnita; destino indeterminado; carga desconocida. Con el paso de los años surgirán las primeras preguntas, las dudas y los miedos que amenazarán la existencia de este pequeño mundo y sus frágiles certezas.

 

 

Comienzo del libro

 

—¡Los judíos se van! —grita al retumbante vacío de la casa y otra vez, agotada la esperanza de obtener respuesta, vuelve a la ventana—. Los judíos siempre se van. Solo nosotros, los necios, nos quedamos. 

Desde aquí se distingue bien cómo los hombres y mujeres, encorvados bajo el peso del equipaje (ahora ya no son objetos, ni pertenencias, ni trastos acumulados por la vieja Esther en más de cuarenta años de residencia en la estación, ahora ya es tan solo equipaje, los bártulos de una refugiada, de una pasajera, ¡más le valdría espicharla!), avanzan con precaución por el estrecho sendero arcilloso hacia el puente y uno detrás de otro, pisando el chirriante hierro oxidado, pasan por encima del mugiente río a la orilla opuesta, donde los espera el enorme camión. Esther, inmóvil, está sentada en la silla de respaldo curvo plantada en medio del patio, entre la morralla, trapos desechados y papeles que a ratos el viento levanta de golpe tornándolos en una bandada de pájaros blancuzcos, o dispersa pegándolos a las paredes desconchadas de la casa, cada vez más vacía, a la valla semiabatida, al lustroso impermeable negro que alguien echó sobre sus viejos hombros. Inexpresiva, mira ante sí sin fijarse ni en el hijo ni en sus amigos, que se apresuran a llevar a la otra orilla cualquier cosa que tenga algún valor antes de que la oscuridad les caiga encima.

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