Ficha técnica

Título: El tiempo sin edad | Autor: Marc Augé   | Editorial: Adriana Hidalgo  | Colección: fuera de serie |  Páginas 112 | ISBN: 978-84-15851-75-2 | Precio: 11,50 euros  |  Fecha:  octubre 2016 |

El tiempo sin edad

ADRIANA HIDALGO

Tener más edad es experimentar nuevas relaciones humanas: es un privilegio que muchos no conocerán. También, para algunos, es el momento que sólo habían imaginado al preguntarse qué sentirían sus mayores, alcanzarlos, en algún sentido, y por lo tanto relativizar la distancia entre generaciones. La vejez tal vez sabe algo en definitiva: no hay que hacer una montaña de un grano de arena. La vejez es como el exotismo: los otros vistos de lejos por ignorantes. La vejez no existe. El tiempo en el que se empapa la edad avanzada no es la suma acumulada y ordenada de los acontecimientos del pasado. Es un tiempo palimpsesto; todo lo que está escrito en él no se encuentra y sucede que las escrituras más antiguas son las más fáciles de sacar a la luz. La enfermedad de Alzheimer no es sino una aceleración del proceso natural de selección por el olvido al término del cual resulta que las imágenes más tenaces, cuando no las más fieles, son a menudo las de la infancia. Nos alegremos o lo deploremos, esta comprobación implica una parte de crueldad y hay que admitirlo: todo el mundo muere joven.

El tiempo es una libertad, la edad una limitación, según nos propone el antropólogo Marc Augé en este libro tan breve como esclarecedor.

Este es un libro que empieza y termina con un gato. O más precisamente: por el hombre que se pregunta cómo hace el gato para no limitarse a su edad y cuál es el secreto de su serenidad.

El tiempo sin edad, es una deliciosa apropiación de la vida. Rastrea en otros autores esta misma búsqueda, como Cicerón , que a los sesenta y tres años escribía De la vejez, Simone de Beauvoir en los 70, La vejez, o autobiografías como la de Michel Leiris, Edad de hombre o las Ensoñaciones de Rousseau. En definitiva, «Dime cómo envejeces y te diré quién fuiste», escribe Augé. Silvia Hopehayn, La Nación. 

 

EL TIEMPO SIN EDAD

LA SABIDURÍA DEL GATO

     La encontramos en el bosque de Marly, abandonada desde hacía bastante, hambrienta, implorante y decidida a no dejarnos volver solos. Estábamos de acuerdo. Mis padres se dejaron convencer. Yo era hijo único. Tenía unos diez años. Crecimos juntos, naturalmente ella más rápido que yo.

     Esta gatita tenía carácter y uñas fuertes que usaba de buena gana, sobre todo cuando me empecinaba en enseñarle algunos trucos, como si fuera un caballo de circo. Mis brazos se cubrieron de lastimaduras pero sufrieron menos que el terciopelo de los sillones de la sala en los cuales, para desesperación de mi madre, se arreglaba regularmente las uñas para asegurar su filo.

     Yo crecí; ella envejeció, en apariencia sin cambiar mucho de aspecto. Se volvió más calma, pensaba con una pizca de maldad, sabiendo que era más bien yo el que había renunciado a provocarla. Ya no arañaba mis manos ni mis brazos y nuestra relación se hizo cada vez menos lúdica, pero sin duda más apacible, casi contemplativa. Le encantaba controlar todo desde el aparador que estaba en el salón, justo detrás de un sofá de respaldo alto que ella misma había destruido. Cuando era joven, se subía de un solo impulso, sin esfuerzo, antes de alcanzar con un saltito elegante su lugar favorito; a veces solía quedarse en el sofá; entonces se acostaba en un equilibrio inestable, con las patas sabiamente dobladas, en el borde superior del respaldo, y me miraba tranquilamente como para desafiarme a hacer otro tanto. Al menos esa era la impresión que sentía ante ese espectáculo asombroso, impresión, con toda verosimilitud, imputable a mis remordimientos de entrenador fallido. Buscaba por sí misma la dificultad: algunas veces la vi tensar sus músculos, fijar la mirada en el lugar deseado para evaluar la altura y lograr la hazaña con un trayecto directo suelo-aparador sin la mediación del sofá.

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