Ficha técnica

Título: El tiempo de los emperadores extraños | Autor: Ignacio del Valle | Editorial: Alfaguara | Colección: Hispánica |  Páginas: 392 |  Fecha de publicación: 11/10/2006 | Género: Novela |  Precio: 19.00 € | ISBN: 8420470783 |  EAN: 9788420470788

El tiempo de los emperadores extraños

EDITORIAL ALFAGUARA 

Invierno de 1943. Frente de Leningrado. Un soldado de la División Azul es hallado sin vida en un lago, con una enigmática frase grabada en su pecho: «Mira que te mira Dios». Será el primero de una cadena de crímenes tan brutales como inconexos. Un soldado de oscuro pasado y un fiel sargento del Ejército reciben la misión de encontrar el móvil y al culpable, pero no hallarán facilidades de parte de una cúpula militar llena de secretos… De su mano se irán despejando los misterios de una historia en la que nada es lo que parece, y donde los pasos nos encaminan hacia un lugar en el que reina el horror, el vacío, el absurdo, los emperadores extraños.

 

Extracto del libro: 1. La pieza sacrificada

-Si aquí ya no importan los vivos, imagínese los muertos.

La frase sin esperanza que le había dirigido meses atrás un oficial retumbó en la cabeza del sargento Espinosa como si hubiera sido pronunciada en el interior de una catedral. Minutos antes, su asombrada orden había hecho que, en un acto reflejo, el grupo de soldados se pusiera en pie cambiando precipitadamente las latas de carne y los cubiertos del condumio por máusers. Vistos desde lejos sobre la congelada superficie del río Sslavianka, envueltos en sus pesados uniformes de invierno, semejaban un grupo de desorientados pingüinos. Al cabo, sus ojos siguieron la línea imaginaria de la mirada del sargento, y cuando toparon con la causa de su voz, la mayoría adoptaron una actitud de recién despertados, de quien no ha entendido aún los límites entre aquello que están viendo y lo que veían en sueños. En una visión dadaísta, un conjunto de unas veinte cabezas de caballo sobresalían esparcidas sobre el lago helado como un ajedrez monotemático. Las ijadas abiertas, la tensión de sus cuellos, los ojos extraviados, todo indicaba que habían sido capturados por el frío en plena carrera. Pero no era el fantástico cuadro lo que mantenía su atención en suspenso, sino el hombre enterrado en el hielo hasta el torso que se hallaba pegado a una de ellas. El sargento Espinosa se adelantó y fue esquivando en zigzag cabezas equinas hasta quedar a la altura del cuerpo. Hasta ese momento habían utilizado las cabezas como improvisados asientos donde tomar la comida del día, y sólo cuando se levantó la niebla que, como un muro, les venía acompañando desde por la mañana, pudo el sargento descubrir al hombre. Se agachó con dificultad y observó su uniforme y el rostro helado. A continuación limpió la escarcha de las mangas y comprobó en la izquierda el águila del emblema nacional alemán y en la derecha el distintivo con los colores rojo y gualda y la leyenda «España». El muerto pertenecía a su división, pero su cara no le sonaba. Claro que no resultaba extraño: había más de dieciocho mil que recordar. Cuando dio por concluido su examen, se irguió de nuevo y contempló Rusia, su cielo abovedado por la grisalla, su tierra inmensa y blanca, sin puntos de fuga ni dominantes. Experimentó un ligero mareo y buscó entre las hileras de abedules que pespuntaban las márgenes del río, hasta fijar la vista en las cúpulas tornasoladas del monasterio ortodoxo de Molewo. La tradición contaba que en él, una noche, un monje que hacía la ronda se había encontrado a Dios sentado en un oscuro rincón; de inmediato, el monje se había echado de bruces al suelo y exclamado qué hacía su señor Dios allí. Y Dios le respondió, pero no con voz de trueno, sino con voz apagada: «Estoy cansado, pope, muy cansado». El sargento Espinosa siempre se sentía reconfortado por aquella imagen rayana en la herejía. Se le antojaba un dios como debía ser: humano. Murmuró una rápida súplica de descargo y a continuación se dio la vuelta y llamó con un gesto a uno de los soldados. Éste se colocó el fusil en bandolera y copió el recorrido de su superior, resbalando en algunos trechos.

-Ya ve -le dijo el sargento resignado cuando se cuadró ante él, como si fuera lo más normal del mundo encontrar aquello en aquel lugar-. ¿Le reconoce?

El soldado se agachó y observó el rostro glacial del cadáver. Su máscara mortuoria, formada por una capa irregular de escarcha, le recordó a los habitantes de Pompeya mineralizados por la lluvia de cenizas del Vesubio. El somero vistazo le hizo llegar a la misma conclusión que su sargento.

-Creo que es de los nuestros, mi sargento.

-Acaba de descubrir usted la pólvora -respondió el sargento Espinosa con la mala leche que le caracterizaba-. ¿Y cree usted que también habrá que tomarle el pulso?

El soldado mantuvo un respetuoso silencio, avisado de la perpetua alianza de su superior con una úlcera de estómago. El sargento Espinosa, un voluntario que en la vida civil era ayudante de la cátedra de Química de la Universidad de Madrid, y en la vida militar era igual de precavido, masculló un «esto es muy raro» y, ante lo irregular del caso, aplicó las nociones que tenía sobre la rutina en las investigaciones y organizó con rapidez los pasos a seguir.

-Lo primero de todo, usted se queda aquí.

A continuación, el sargento Espinosa paseó su mirada por el resto de los hombres, consciente de la fascinación que produce un accidente mortal, aun en unos individuos acostumbrados a la muerte. Antes de que hablara, el soldado leyó las órdenes en sus ojos.

-Y lo segundo, éstos que no se acerquen.

-A sus órdenes, mi sargento.

-Ahora voy a avisar por radio al teniente.

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