Ficha técnica

Título: El tercer personaje | Autor: Sergio Pitol | Editorial Anagrama | Colección: ArgumentosPáginas: 256 | ISBN: 978-84-339-6370-3 | Precio: 14,90 euros | Ebook: 11,99 euros

El tercer personaje

ANAGRAMA

A partir de la publicación en 1996 de El arte de la fuga, la obra ensayística de Sergio Pitol se transformó en una galería de imágenes que, a la manera de los grandes vitrales góticos, revela en la suma de sus fragmentos el relato de una vocación, el paciente acopio de fronteras que afianzan un estilo.

Inventario de intuiciones y reminiscencias, de manías y fobias, este libro es el testimonio de una vida repartida y narrada desde la literatura, los rasgos que configuran el itinerario de un lector. Pitol ha ubicado su trabajo al amparo de una idea en la que los elementos menos visibles de la memoria y la imaginación trabajan juntos para alcanzar estructuras orgánicas, implacables. Aquí la semblanza biográfica, la nota de lectura y la conferencia se mezclan, con una facilidad de vértigo, con el escrutinio de las propias agitaciones que se encuentran en la médula de toda escritura, para de ahí saltar a la reflexión política, al comentario de una obra plástica o al problema de la identidad en América Latina.

Escritos a lo largo de las dos últimas décadas, los ensayos que reúne este volumen constituyen las bifurcaciones de una vasta genealogía de afinidades. A los de Cervantes, Dickens, Galdós, Virginia Woolf y Chéjov, nombres recurrentes que pueblan la biblioteca esencial de Pitol, se suman ahora los de Carlos Fuentes, Fernández de Lizardi, Monterroso, Pacheco, Aira y Bellatin, como también el cine, la narrativa polaca, los proyectos editoriales de Tusquets y Anagrama, la pintura de Juan Soriano, Rufino Tamayo y Vicente Rojo, la cerámica de Gustavo Pérez, la literatura policial, distintos rostros con que se revela y esconde el tercer personaje que habita en estas páginas del último libro, hasta la fecha, de Sergio Pitol.

«Pitol es un virtuoso del lenguaje y hay algo profundamente lujoso en su sintaxis, en su léxico, en sus biografías y cuando escribe ensayos; al revés de muchos autores que se ponen académicos, en Pitol se da una anomalía admirable: los ensayos son más coloquiales que los relatos» (Andrés Neuman).

«En su obra se mezclan el libro de viajes, las memorias, los personajes, el ensayo más literario, y cumple el propósito que buscamos nosotros los lectores fanáticos y furibundos, y es que permite la conversación literaria. Sus libros propician el diálogo literario y abren puertas en lugar de clausurarlas» (Juan Gabriel Vázquez).

EL TERCER PERSONAJE

Hace algunos años, en el Instituto Cervantes de Nueva York, el gran crítico Harold Bloom leyó una ponencia sobre Cervantes y Shakespeare. Para Bloom estos dos autores comparten la supremacía entre todos los escritores occidentales desde el Renacimiento hasta nuestros días. La diferencia radical, explica, es que Shakespeare nos enseña a hablar con nosotros mismos y, en cambio, Cervantes nos enseña a hablar entre unos y otros. Hamlet es, en definitiva, un individuo indiferente hacia sí mismo y hacia los demás, mientras que el hidalgo español se preocupa por sí mismo, por Sancho y por quienes requieren ayuda.

≪En sus obras Shakespeare no aparece ni siquiera en sus sonetos. Esa casi invisibilidad es la que anima a esos fanáticos que creen que cualquiera menos Shakespeare escribió sus obras. Cada cierto tiempo descubren un nuevo autor de Troilo y Cressida, Medida por medida, La tempestad. Que yo sepa, el mundo hispánico no da refugio a ninguna banda que se esfuerce por demostrar que Lope de Vega o Calderón de la Barca escribieron Don Quijote. Cervantes habita su gran libro de manera tan omnipresente que necesitamos darnos cuenta de que contiene tres personalidades excepcionales: el caballero andante, Sancho y el propio Cervantes.≫ Hasta allí Bloom.

!Sí, el tercer hombre de una monumental obra! Un Cervantes de quien sabemos aún poco, de quien hay solo dos retratos, uno en la Real Academia Espanola de la Lengua y otro en una colección privada, aunque hay dudas de que ninguno de los dos es auténtico. No hay cartas, ni papeles íntimos, ni libros que estuvieran en su biblioteca. Pero su presencia en el libro es inmensa.

Una de las más interesantes biografías es la del frances Jean Canavaggio, en la que ampliamente me apoyo; tiene la cualidad de destacar los interrogantes tanto como las afirmaciones. Del padre de Cervantes, un cirujano mediocre y derrotado, se puede conocer el itinerario de su vida. Va de ciudad en ciudad para ejercer su oficio. Algunas veces cayó en prisión por deudas. Por las actas judiciales y notariales se podrían seguir todas sus rutas. No se sabe si sus hijos vivían con él o con algunos familiares. En cambio, la primera señal de su hijo Miguel es de 1568; a sus veintiún años aparecieron cuatro poemas con su nombre en una relación oficial de las exequias de Isabel de Valois, esposa de Felipe II. Al año siguiente, una provisión real ordenaba encarcelar a un joven llamado Miguel de Cervantes,  condenado a cortársele públicamente la mano derecha y a ser desterrado por diez años del reino. Fue por un duelo. Poco después aparece en Roma al servicio de Giulio Acquaviva, un jovencísimo cardenal, de mala fama según Juan Goytisolo, quien lo protegió y lo hizo su ayuda de cámara. Un año después abrazó la carrera de armas. Es herido en Lepanto contra los turcos, donde sufrió la herida de una mano y otras del pecho. Inmediatamente se le nombró soldado aventajado para que pudiera cobrar rápidamente y tener un sueldo más alto. Residió en Italia durante cinco años. Vivió el final del Renacimiento y el inicio de la Contrarreforma. En cada sesión del Palacio de Acquaviva el diálogo recaía en torno a la dignidad de la persona y las ideas sobre la armonía del hombre y la naturaleza propugnadas por los humanistas italianos. Hablarían de Campanella, Bruno, Paracelso, quienes elaboraron sus propias teorías científico-filosóficas sobre las artes mágicas. Recordarían también que Pico della Mirandola se había convencido de que la magia, la cábala y la religión estaban unidas por lazos indisolubles. Veinte años después en Italia, la Contrarreforma habría arrasado aquel clima de creación cultural. Algunos humanistas se exiliaron en los países protestantes, otros se volvieron invisibles, otros más fueron quemados en las plazas públicas o se pudrieron en las salas de tortura de la Inquisición.

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