Ficha técnica

Título: El superorganismo. Belleza y elegancia de las asombrosas sociedades de insectos   | Autores: Bert Hölldobler y Edward Osborne Wilson | Editorial: Katz y Clave Intelectual| Colección: serie ensayos  | Género: Ensayo | ISBN: 9788415917090 | Páginas: 522 | Formato: 15 x 23 cm

El superorganismo

KATZ 

CLAVE INTELECTUAL 

Los insectos sociales -entre ellos las abejas, hormigas, avispas y termitas- han provocado siempre fascinación de los hombres, maravillados por la idea de una sociedad sólida y regida por reglas inflexibles, en la que cada individuo tiene una competencia definida y nada es dejado al azar. Sin embargo, recién con la publicación de esta obra se completa el cuadro que explica el funcionamiento de las sociedades de insectos.

Basado en investigaciones realizadas a lo largo de dos décadas, el libro muestra cómo los superorganismos -esas colonias cohesionadas formadas por cooperación altruista, comunicación compleja y división del trabajo- representan uno de los estadios básicos de la organización biológica, a medio camino entre el organismo y la especie.

Al celebrar la «belleza y elegancia de las asombrosas sociedades de insectos», Hölldobler y Wilson se abstienen de cualquier extrapolación al mundo de las sociedades humanas y permanecen anclados en el ámbito específico de la historia natural. De allí, la fortaleza y el atractivo de este libro destinado a modificar nuestra comprensión de las sociedades de insectos, en las que pocas y simples reglas seguidas por seres cuyo cerebro no es mayor que un grano de sal dan lugar a un milagro de inteligencia: una «civilización» de la cual están ausentes la conciencia y la razón. 

 

Advertencia para el lector
no especializado 

Imaginemos que hace un millón de años, antes de que surgiera la humanidad, hubiera arribado a nuestro planeta un equipo de científicos extraterrestres interesados en estudiar las formas de vida presentes en la Tierra. Sin duda en su primer informe esos científicos hubieran dicho algo de este estilo: en este planeta pululan más de 1000 billones de criaturas sumamente sociales que forman parte de por lo menos 20000 especies distintas. Su informe final seguramente incluiría las siguientes observaciones:

– La mayor parte de las formas altamente sociales son insectos (tienen seis patas, dos antenas en la cabeza y el cuerpo dividido en tres segmentos). Todos viven sobre la tierra y ninguno en el mar.

– En plena madurez una colonia puede contener apenas diez miembros o más de veinte millones de individuos, según la especie.

– Los miembros de cada colonia están divididos en dos castas principales: una casta reproductora constituida por un único individuo o unos pocos y un gran número de obreras que llevan a cabo el trabajo de manera altruista y, por lo general, no intentan reproducirse.

– En la gran mayoría de las especies que forman colonias -a saber, las que pertenecen al orden Hymenoptera (hormigas, abejas y avispas)-, las colonias están constituidas por hembras. Las hembras cuidan a los machos durante los breves períodos previos a la temporada de apareamiento. Los machos no trabajan. Después de la estación de apareamiento las obreras expulsan o matan a los zánganos que han quedado en el nido.

– Por el contrario, en la minoría de los casos de colonias pertenecientes al orden Isoptera (termes) hay un rey que acompaña a la reina, que es la hembra reproductora. A diferencia de las obreras de los himenópteros, en las colonias de termes hay individuos de los dos sexos y, en algunas especies, se observa una relativa división del trabajo entre ellos.

– Más del 90% de las señales que utilizan estas extrañas criaturas para comunicarse son sustancias químicas llamadas feromonas que segregan por medio de glándulas exocrinas ubicadas en diversas partes del cuerpo. Cuando otros miembros de la colonia huelen o gustan esos compuestos se desencadena en ellos una respuesta que puede ser de alarma, de atracción, de reunión o de reclutamiento. Muchas especies emplean también para comunicarse vibraciones y contactos táctiles que habitualmente se limitan a incrementar el efecto de las feromonas. Además hay algunas señales complejas que combinan el olfato, el gusto, vibraciones (sonido) y el tacto. Son ejemplos notables el meneo o contoneo de las abejas melíferas, los rastros de reclutamiento de las hormigas de fuego y las comunicaciones multimodales de las hormigas tejedoras.

– Los insectos sociales distinguen a sus compañeros de nido de los miembros de otras colonias por medio de receptores ubicados en las antenas que les permiten oler los hidrocarburos presentes en la capa externa de su dura cutícula. Utilizan distintas combinaciones de esas sustancias químicas para identificar a las diferentes castas, las etapas de desarrollo y la edad de sus compañeros.

– En cada colonia el sistema de comunicación y la división del trabajo inherente al sistema de castas permiten alcanzar una cohesión tan grande que se puede decir que la colonia es un superorganismo. No obstante, la organización varía enormemente entre las distintas especies de insectos sociales y se pueden observar distintos grados de organización de esos superorganismos. Hay un grado «primitivo» (menos avanzado) en varias especies de ponerinas, pues todos los individuos conservan intacto su potencial reproductivo y existe una considerable competencia por la reproducción en el seno de cada colonia. Los géneros Atta y Acromyrmex de hormigas cortadoras de hojas y las tejedoras del género Oecophylla representan un grado más avanzado: la casta real es la única reproductora y los centenares de miles de obreras que la acompañan conforman subcastas morfológicas estrechamente cohesionadas por la división del trabajo. En estas sociedades, que constituyen la categoría más elevada de superorganismos, los conflictos entre los individuos de la colonia son mínimos o inexistentes.

– El superorganismo existe porque hay un nivel de organización biológica entre los organismos individuales que lo constituyen y los ecosistemas -por ejemplo, las parcelas de un bosque-, con los cuales forman una unidad. Por esta misma razón, los insectos sociales son importantes para el estudio general de la biología.

Sobre estos fenómenos nos explayaremos ahora nosotros, biólogos nacidos en la Tierra. Las hormigas, las abejas y las avispas se cuentan entre los organismos conocidos más avanzados socialmente, a excepción del hombre. En cuanto a biomasa e impacto sobre los ecosistemas, sus colonias han dominado la mayor parte de los hábitats terrestres durante por lo menos cincuenta millones de años. Aunque existieron especies de insectos sociales durante un período anterior de longitud similar, su abundancia relativa era mucho menor. En particular, algunas hormigas de aquellas épocas remotas eran semejantes a las actuales. Nos complace pensar que picaron a muchos dinosaurios desprevenidos que pisotearon sus nidos o que los rociaron con ácido fórmico.

Es mucho lo que tenemos que aprender de las modernas sociedades de insectos. Ellas nos demuestran que es posible «hablar» mediante complejos mensajes constituidos por feromonas y, con millares de ejemplos, también nos indican que la división del trabajo puede organizarse con programas de comportamiento flexibles para que un grupo alcance su eficiencia óptima. Las redes cooperativas de individuos que forman los insectos sociales han inspirado nuevos diseños en el campo de la computación y han aclarado los mecanismos de interacción neuronal que podrían dar origen a la mente. Son fuente de inspiración en muchos ámbitos diferentes. En la década de 1920, cuando el gran mirmecólogo William Morton Wheeler recibió un título honorario de la Universidad de Harvard, el rector Lowell dijo que el estudio de las hormigas había demostrado que esos insectos, «como los seres humanos, pueden crear civilizaciones sin recurrir al uso de la razón».

Los superorganismos son una suerte de atalaya desde la cual los científicos podemos contemplar cómo surge un nivel de organización biológica a partir de otro, posibilidad de suma importancia porque casi toda la biología moderna es un proceso de reducción de sistemas complejos seguido de una síntesis. En el tramo reduccionista de las investigaciones el sistema se desglosa en sus partes y procesos constituyentes. Cuando se alcanza un conocimiento suficiente de ellos es posible armarlos de nuevo y emplear las propiedades recién comprendidas para explicar las propiedades emergentes del sistema global aunque, en la mayoría de los casos, la síntesis es un procedimiento mucho más difícil que la reducción. Por ejemplo, los biólogos han avanzado mucho en la definición y la descripción de las moléculas y los orgánulos que constituyen el fundamento de la vida. En el nivel inmediato superior de organización biológica han logrado describir los pormenores de muchas de las estructuras y propiedades resultantes de las células. No obstante, todavía estamos lejos de comprender cabalmente cómo se arman, disponen y activan las moléculas y los orgánulos para constituir una célula viva. De manera análoga hemos llegado a conocer las propiedades de muchas especies que constituyen la parte viviente de unos cuantos ecosistemas, por ejemplo, lagunas y predios boscosos. También hemos desentrañado algunos procesos de gran escala, entre ellos, ciclos de la materia y de la energía. Con todo, todavía estamos muy lejos de conocer a fondo las múltiples maneras en que interactúan las especies para crear sistemas de nivel más alto.

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