Ficha técnica

Título: El sentido de un final | Autor: Julian Barnes | Traducción: Jaime Zulaika | Primera ed.: noviembre 2012 | Editorial: Anagrama | Colección: Panoramas de narrativas | Nº páginas: 192 | Precio: 16,90 euros | Ebook:  13,99 euros

El sentido de un final

ANAGRAMA

 

Tony Webster y su pandilla conocieron a Adrian en el instituto. Hambrientos de sexo y literatura, atravesaron juntos la adolescencia y se prometieron seguir siendo amigos para siempre. Pero cuando la vida de Adrian dio un vuelco trágico, todos, especialmente Tony, miraron hacia otro lado, se alejaron. Ahora Tony vive solo en un pacífico y próspero retiro, tras una vida opaca que poco tiene que ver con la que fantaseaba en su juventud. Y un día recibe una carta de un abogado: Sarah Ford, la madre de Veronica, su primera novia, le ha legado quinientas libras y un sobre con un manuscrito. Le entregan el dinero y una carta de Sarah, pero el manuscrito nunca llega. Y Tony averigua que son los diarios de Adrian, que ahora están en manos de Veronica y no piensa entregárselos. Y estos diarios son el oscuro, enigmático corazón de una novela espléndida, premiada con el prestigioso Man Boo­ker.

«Nos atrapa como una novela policíaca, una indagación sobre la memoria y la moral que hace estallar un apocalipsis íntimo» (Boyd Tonkin, The Independent).

«Un libro breve, pero no ligero. Julian Barnes revela verdades cristalinas que han tardado toda una vida en endurecerse» (Liesl Schillinger, The New York Times).

«Original, fértil, memorable» (Justin Jordan, The Guardian).

«Pesimismo cósmico servido -como en los cuentos de La mesa limón- desde una prosa concisa y elegante, sin que su innata flema británica le juegue malas pasadas, al contrario: convirtiéndola en otra variable -la inferioridad de clase, la superioridad intelectual- de una compleja ecuación que sólo quiere demostrar lo muy equivocados que estamos cuando creemos conocer la verdad sobre lo que vivimos» (Sergi Sánchez, El Periódico).

«Magnífica novela breve pero intensa de un autor en el esplendor de su madurez literaria… No dejen de leer esta fascinante historia» (Luis M. Alonso, La Nueva España).

«Una novela extraordinaria sobre las trampas de la memoria y la naturaleza inestable del pasado… Sombría por su lucidez, la más desesperanzada de su extraordinaria carrera y seguramente también una de las más redondas, una obra maestra por la combinación de pericia técnica y clarividencia moral… El principal hallazgo estilístico de la obra: asistir al proceso de crecimiento y maduración del personaje central a través del tratamiento que hace del punto de vista» (Leoncio González, La Voz de Galicia).

«Una magnífica historia, que destila amargura, sobre la fragilidad del recuerdo, la vejez y la memoria… Barnes sabe imprimirle, de forma continuada y ascendente y especialmente en este tramo final de la historia, un suspense psicológico a la narración que va adquiriendo por momentos trazas de un thriller de enorme profundidad y que hurga sin descanso en la curiosidad del lector» (Javier García Recio, La Opinión de Málaga).

 

Uno

 

Recuerdo, sin un orden concreto:
– la reluciente cara interior de una muñeca;
– el vapor que sube de un fregadero mojado cuando jocosamente se introduce en él una sartén caliente;
– gotas de esperma alrededor de un desagüe, antes de que las engullan las largas tuberías de la casa;
– un río que fluye absurdamente cauce arriba y los rayos de media docena de linternas que lo persiguen e iluminan su chapoteo y sus ondas;
– otro río, ancho y gris, y el viento recio que agita su superficie y encubre la dirección de su flujo;
– agua de bañera que se ha enfriado hace mucho detrás de una puerta cerrada con llave.
Esto último no lo vi realmente, pero lo que acabas recordando no es siempre lo mismo que lo que has presenciado. 

Vivimos en el tiempo -nos contiene y nos moldea-, pero nunca he creído comprenderlo muy bien. Y no me refiero a las teorías sobre cómo se dobla y se desdobla, o a que pueda existir en otro lugar en versiones paralelas. No, me refiero al tiempo ordinario, cotidiano, que los relojes de pared y de pulsera nos aseguran que transcurre regularmente: tic-tac, clic-cloc. ¿Hay algo más verosímil que una segunda aguja? Y, sin embargo, el placer o el dolor más nimio basta para enseñarnos la maleabilidad del tiempo. Algunas emociones lo aceleran, otras lo enlentecen; de vez en cuando parece que no fluye, hasta el punto final en que desaparece de verdad y nunca vuelve. No me interesa mucho mi época escolar y no la añoro. Pero el colegio es donde comenzó todo y tengo que remontarme brevemente hasta unos incidentes que se han convertido en anécdotas, hasta algunos recuerdos aproximativos que el tiempo ha deformado y transformado en certeza. Aunque ya no tengo la seguridad de que algunos sucesos fueran reales, al menos recuerdo con claridad las impresiones que dejaron. Es lo más lejos que llego. 

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