Ficha técnica

Título:El sacramento del lenguaje | Sobretítulo: Arqueología del juramento | Autor: Giorgio Agamben |  Traducción: Antonio Gimeno Cuspinera |  Editorial: Pre-Textos | Referencia: 1138 | Género: Ensayo | ISBN: 978-84-15297-24-6 | Páginas: 128| Formato:  17 x 11 cm. | Peso: 159 gr. | Encuadernación: Rústica|  PVP: 13,00 € | Publicación: Mayo de 2011

El sacramento del lenguaje

PRE-TEXTOS

En esta nueva indagación sobre el Homo sacer, que ha vertebrado su obra durante los últimos años, Giorgio Agamben se centra en la figura del juramento, explorada con su sólita maestría en las fuentes clásicas, que en su condición de «sacramento del poder» ha desempeñado un papel central en la historia política de Occidente. La obra nos introduce, manteniendo siempre firme su hilo conductor, en un muy rico repertorio de temas y sugerencias. Sirva como ejemplo su excurso sobre la relación entre el aura sagrada que envuelve al dinero y la sacratio que se llevaba a cabo en el proceso romano al depositar una suma de dinero en sustitución de un ser vivo propiamente sacer.

Sacramento del poder, el juramento es también y sobre todo sacramento del lenguaje y, por tanto, de la antropogénesis, del devenir humano del hombre. Pero frente al predominio del paradigma cognitivo que ha caracterizado a los grandes modelos de la lingüística contemporánea, Agamben pone el énfasis en el ethos, en la primacía de los problemas de orden ético y político y, en definitiva, en la correspondencia entre el homo sapiens y el homo iustus, que, por medio de su palabra, pone en juego su propia vida y su destino. El juramento es «consagración del viviente a la palabra por medio de la palabra» y, por eso, el creciente quebranto del vínculo que a través de él se establece entre el hombre y su lengua -la efectiva desaparición del juramento en la vida colectiva- tiende a producir la disyunción correspondiente entre el viviente, cada vez más reducido a realidad puramente biológica y nuda vida, y el hablante, sometido en el seno de la multiplicidad de los dispositivos técnico-mediáticos a la doble experiencia de la progresiva vanidad de su palabra y la precariedad de su vida política.

 

PÁGINAS DEL LIBRO

Un mueble de madera oscura, casi tan grande como un ropero. En sus puertas talladas, sendos yelmos heráldicos, enfrentados y de perfil, custodiaban el tesoro. Unas ventanitas protegidas por pequeñas columnas torneadas dejaban ver, en la parte superior, una cortina de seda color púrpura, que parecía el telón de un teatrino de títeres. Así era el librero de la casa de mi infancia, el repositorio de los libros de una familia medieval que se regía, en pleno siglo XX, por el principio evangélico de que hay que tener los hijos que Dios nos mande -para mi fortuna, porque yo soy el undécimo de los hermanos y si mis padres no hubieran observado semejante precepto, no estaría aquí para contarlo.

   Una enorme Biblia con cubiertas florentinas que lucían, entrelazadas, las áureas iniciales de los apellidos de mi familia y cuyos separadores de seda terminaban en pequeñas medallas religiosas. Algunos misales tan viejos que apenas podían sostenerse en pie. Las Confesiones de san Agustín. La comedia de Dante. Una edición de El Quijote ilustrada por Doré. Las Vidas ejemplares de Romain Rolland. La novela Jeromín del padre Coloma, que narra la historia de don Juan de Austria, el hijo bastardo de Carlos I. Las Rimas de Gustavo Adolfo Bécquer. Varios libros hagiográficos en los que la imagen, como en las portadas de las iglesias románicas o en la pedagogía del barroco, podía más que la palabra: un san Martín a caballo que con la espada partía en dos su capa para entregar la mitad a un menesteroso al parecer más necesitado de pan que de cobijo, un san Tarsicio niño lapidado por sus compañeros cuando transportaba el santo viático para llevarlo a un enfermo moribundo, un san Sebastián lánguido que con ojos entornados miraba suplicante a un cielo sordo mientras arqueros invisibles traspasaban sus carnes con precisas saetas. Las Memorias del Instituto México donde todos los varones de mi familia estudiamos con los Hermanos Maristas por lo menos la primaria y la secundaria desde tiempos inmemoriales. Y varios libros más, casi todos de tema religioso o por lo menos edificante. A tales títulos y a la solemnidad del mueble que los atesoraba como si fuera un relicario, debo la consideración, todavía enraizada en alguna hondonada de mi alma a pesar de mi trato cotidiano y hasta confianzudo con ellos, de que los libros tienen un valor sagrado.

   Al lado de ese librero imponente, había otros dos más pequeños. No obstante su tamaño, albergaban dos obras monumentales, que constituían digamos que la sección laica de la pequeña biblioteca de la casa paterna: el Diccionario enciclopédico hispanoamericano, en veinticinco tomos, incluidos los dos postreros, dedicados a «estos últimos años», los de la Segunda Guerra Mundial, que para la fecha de la edición aún no había terminado, y El tesoro de la juventud, con sus veinte volúmenes color vino, cuyos lomos tenían repujadas en oro una lámpara de aceite y una antorcha aureolada por una guirnalda de laureles.

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