Ficha técnica

Título: El pudor del pornógrafo (posfacio inédito del autor) | Autor: Alan Pauls | Editorial: Anagrama | Colección: Narrativas hispánicas   | Páginas: 160 | Género: Novela | ISBN: 978-84-339-9776-0 | Precio: 14,90 euros |Ebook: 11,99 euros

El pudor del pornógrafo

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Recluido en un apartamento, un pornógrafo responde las cartas que hombres y mujeres, devorados por la pasión, le escriben. Él es, o debería ser, aquel que los guíe en un laberinto hecho de vértigo y lujuria. Para rescatarlos o darles un sentido. Es un oficio extenuante, de raíz kafkiana, que apenas le permite unas horas de sueño y lo consume emocionalmente. Sólo tiene un respiro: observar desde el balcón a su amada Úrsula, que en contados momentos del día aparece en un parque, siempre en el mismo lugar, siempre el mismo consuelo.

Pero ella decide cambiar las reglas de la relación. Ya no más visual, sino epistolar. El pornógrafo por primera vez recibe y escribe cartas de amor. Un mensajero las lleva y las trae, con una urgencia creciente. La medida del tiempo pasa a ser leer a Úrsula y escribirle. En su torre de marfil del deseo, el pornógrafo descubre que su antigua vida se agota, y apenas llega a vislumbrar la que viene. Una felicidad tortuosa está al alcance de la mano, y sin embargo se evade. ¿Ansía el encuentro con la amada o sólo sus cartas? ¿Quién es ese mensajero, que se presenta con un antifaz y es tan íntimo de su dama? Mientras la incertidumbre lo paraliza, una nueva visión, la definitiva, se urde a sus espaldas.

El pudor del pornógrafo es una soberbia novela sobre las paradojas y las obsesiones que puede disparar el amor. Es el relato de una relación fantasmal y de una pasión real. A treinta años de su publicación, y acompañado de un posfacio inédito escrito por el autor para esta edición, el primer libro de Alan Pauls es también un mapa en clave, y no siempre en clave, de la prosa y de los temas que su literatura ha expandido.

«Alan Pauls es uno de los mejores escritores latinoamericanos vivos y somos muy pocos los que disfrutamos con ello y nos damos cuenta» (Roberto Bolaño).

«Cómo no reconocer el placer en un texto que contempla tan minuciosamente nuestra condición y sabe hacer del escribir su intriga y su acontecimiento» (Luis Chitarroni).

 

1

     Úrsula solía esperarme en el amplio parque que se extiende frente a mi casa. Convencida de que en soledad mi trabajo ganaba en eficiencia y rapidez, había elegido el parque porque desde allí – por una razón posicional- era posible divisar el pequeño balcón de mi casa, una blanca saliente con rejas a la que yo me asomaba a fin de apaciguar con gestos su expectativa. Entre carta y carta, yo salía al aire y permanecía allí unos minutos, fijado en la contemplación de su pequeña silueta, que ella acomodaba con decoro en uno de los descoloridos bancos del parque. Cuando ella alzaba los ojos hacia el balcón (su cabeza parda, en la que los reflejos del sol se entrelazaban, ascendía levemente como si yo la hubiese llamado con silenciosa consigna), yo intentaba hacerme entender por medio de contorsiones corporales. Úrsula se incorporaba de pronto, creyendo sin duda que lo que yo le anunciaba con mi aparición en el balcón era el término de una nueva jornada de trabajo. ¡Cuánto me costaba entonces disuadirla: explicarle con ademanes que me mostraba ante ella con el solo objeto de preservar nuestro contacto!

     Más tarde el trabajo aumentó; las cartas comenzaron a llegar por paquetes que un fatigado cartero abandonaba descuidadamente frente a mi puerta. Entonces Úrsula modificó sensiblemente su forma de esperar. En una ocasión, aprovechando la pausa cada vez más estrecha entre una carta y otra, salí al balcón con la intención de ofrecerme a ella, a la que imaginaba ya exasperada por la espera, mirando insistentemente hacia el balcón como quien aguarda la salida de un líder religioso. Pero, para mi sorpresa, ella no estaba allí. Quedé unos instantes como enclavado en el banco en el que solía sentarse, hasta que mis ojos, desplazándose lentos por toda la extensión del parque, fueron a dar a una zona lateral, sombría; allí distinguieron la masa compacta de unos árboles agitados por el viento y, recortada contra ellos, una mancha viva, una silueta en la que reconocieron el cuerpo de Úrsula.

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