Ficha técnica

Título: El protegido Autor: Pablo Aranda | Editorial: Malpaso | Formato: 14× 21 cm. | Presentación: Tapa dura  | Páginas: 180 | Precio: 17,00 euros

El protegido

MALPASO

Jaime es un tipo que se resigna a una vida relativamente anodina. Trabaja en una asesoría fiscal, acaba de separarse, practica una obstinada paternidad con el hijo de otro hombre y tiene una nueva relación condenada al fracaso. Pero ese mundo más o menos previsible se desmorona un día cuando lo turbio y salvaje irrumpe en su vida. Empujado por su sentido del deber, mata a dos individuos (o quizá no) para evitar que lo arrastre la corriente de los acontecimientos. Vivirá el pánico de sentirse perseguido y comprobará que cuenta con recursos hasta entonces impensables. También que la mujer de sus sueños puede ser el amor de su vida.

Ésta es una novela policiaca de las buenas, de las que no puedes dejar de leer y te cautivan desde el inicio; pero también es un certero relato sobre las pasiones, sobre el vaivén de los afectos y las hostilidades, sobre las luces y las sombras de la conducta humana. El protegido funciona como un reloj, sin fisuras ni altibajos. Detrás de una historia cien por cien negra esconde la disección de una sociedad decrépita trazada con feroz ironía. Y con una prosa magnética.  

«Ya al leer la primera novela de Pablo Aranda tuve la impagable sensación de estar asistiendo al nacimiento de un escritor.» Antonio Soler

«Aranda tiene la sangre de los narradores hipnóticos, sus historias queman.» Manuel Vilas

«A Pablo Aranda le gustan las distancias cortas y consigue mantener al lector pendiente de la novela hasta el final.» José Antonio Garriga Vela

«Cuenta con una de las más exquisitas virtudes que puede tener un narrador: la elegancia.»Sara Mesa  

1

Buscó una placa en alguno de los edificios, a la altura de la primera planta, letras blancas sobre un fondo azul. Necesitaba confirmar que se hallaba en el lugar donde debía estar. Miró hacia arriba, girando sobre sí mismo, aturdido por la poca iluminación, por la forma irregular de la plaza, por los edificios hostiles, demasiado juntos, altos, feos, emitiendo sonidos apagados, diálogos de película en un televisor, ruido de cubiertos, el ladrido lejano de un perro pequeño, el trueno de una persiana bajada con violencia, el llanto de un niño que no era su hijo. En la parte más estrecha de la plaza, en la calle por la que se accedía a ella, había dejado el coche en doble fila, como muchos otros, y al mirarlo vio a un grupo de muchachos apoyados en él, fumando, aburridos, vulnerables y peligrosos. No debía decirles que el coche era suyo, no era el lugar, ni la hora, de regañarles, de que se sintieran amonestados por él, Jaime, posible objetivo de su rabia y su apatía. Se acercó despacio, como distraído.

      -¿Ésta es la plaza Manuel Ledro?

     Dos de ellos miraron a un tercero. La jerarquía hasta para responder a una pregunta cotidiana. Jaime también lo miró y esperó que expulsase el humo de una calada larga a un cigarro que lanzó al suelo antes de contestar.

     -Esto no es una plaza, las plazas tienen bancos y toboganes, farolas y un bar donde tomarse una caña.

      La respuesta pareció sorprender más a los suyos que a Jaime, la rebelde inteligencia de un muchacho que no llegará a nada, pensó, capaz de sintetizar un análisis de su geografía pero tirando un cigarro en un movimiento ensayado en otra noche igual a tantas, entre sus compañeros de pasar el rato, allí, entre los coches, si no es que iban a robarle, anda, dame tu móvil, sólo un momento, y veinte euros para que nos tomemos una cerveza mientras tú buscas tu plaza. La plaza que le había dicho Elena.

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