Ficha técnica

Título: El problema moral | Autor: Michael Smith Estudio preliminar: Rodrigo Sánchez Brigido | Traducción: Rodrigo Sánchez Brigido y Augusto Embrioni | Editorial: Marcial Pons | Colección: Filosofía y Derecho | Páginas: 236 | ISBN: 9788416212514 | Precio: 28,50 euros

El problema moral

MARCIAL PONS

Un rasgo dominante de la discusión en la filosofía moral contemporánea es la variedad de argumentos disponibles y el hecho de que, aparentemente, no hay a la vista un acuerdo sobre cuestiones morales fundamentales.

En El problema moral, Michael Smith presenta un diagnóstico de ese problema. Según el autor, la discusión tiene esos rasgos porque no ha lidiado adecuadamente con la tensión aparente entre tres características centrales de nuestros juicios morales. Se trata de la tensión entre la objetividad de esos juicios (el hecho de que nuestro juicio acerca de una acción moralmente incorrecta parece expresar nuestra creencia en la incorrección moral de la acción), su carácter práctico (si realmente pensamos que la acción es incorrecta, es plausible suponer que ello se manifestará de algún modo en la manera en que actuamos) y un modo estándar de concebir la acción humana (según el cual lo que nos lleva a actuar es nuestro deseo de llevar a cabo la acción pertinente y no nuestra creencia acerca de algún rasgo de dicha acción).

El libro enfrenta esa tensión de modo claro y frontal, y ofrece también un argumento sostenido a favor de una solución. Se trata de un libro central para entender el debate actual en filosofía moral, y que desde su publicación ha generado una notable discusión.  

ESTUDIO PRELIMINAR

EL PROBLEMA MORAL: ANÁLISIS
CONCEPTUAL Y RETORNO
AL RACIONALISMO

                                       Rodrigo Sánchez Brigido

1. EL PROBLEMA MORAL: TRES TESIS APARENTEMENTE INCOMPATIBLES

     Un aspecto importante de nuestra vida cotidiana consiste en juzgar nuestras propias acciones, y las de los demás, desde un punto de vista moral. Ciertas acciones son reprobables, incorrectas, equivocadas. Imagine alguna acción que usted no dudaría en considerar gravemente incorrecta. Por ejemplo, torturar a una persona inocente por placer. Si uno examina juicios de ese tipo, podrá advertir que, al menos a primera vista, tienen varios rasgos. Por un lado, estaríamos dispuestos a afirmar que nuestro juicio expresa nuestra creencia de que la acción es incorrecta, y que es incorrecta en virtud de algún rasgo de la acción que la hace incorrecta (v. g. la tortura es degradante, cruel, es la peor forma de no considerar al otro como un igual, entre otras justificaciones). Por otro lado, parece plausible pensar también que, si realmente pensamos que la acción es incorrecta, ello se manifestaría de algún modo en la manera en que actuamos. Así, ante una ocasión de llevar a cabo la acción incorrecta, deberíamos como mínimo tener el deseo o inclinación de abstenernos de llevarla a cabo (a menos que estemos afectados por algún defecto en nuestra racionalidad). En otras palabras, si juzgamos sinceramente que torturar está mal, estaríamos motivados a abstenernos de torturar1. De manera que parece claro, al menos a primera vista, que nuestros juicios morales tienen esos dos rasgos, a los que podemos llamar, respectivamente, la «objetividad» de nuestros juicios morales y el «carácter práctico» de nuestros juicios morales.

     A pesar de que la objetividad y el carácter práctico parecen características necesarias de nuestros juicios morales, la relación entre ambas no está exenta de dificultades. Ello puede advertirse si se examina una cuestión que, al menos inicialmente, parece no tener relación con el asunto moral. Esa cuestión es la relación entre creencia, deseo y acción. Es plausible, en efecto, suponer que hay una distinción radical entre dos modos muy generales de concebir lo que nos rodea. Podemos creer que el mundo tiene ciertos rasgos (por ejemplo, creemos que en el mundo aún hay gente que desprecia a sus congéneres y no los trata como iguales), o podemos desear que el mundo tenga ciertos rasgos (por ejemplo, podemos desear que no haya desigualdad). Ambos modos de relacionarnos con el mundo -el deseo y la creencia- pueden distinguirse claramente.

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