El primer umbral

EL DESVELO

Conforme el cambio climático se hace más intenso y las predicciones de los científicos empeoran, el Gobierno estadounidense se prepara para el peor de los escenarios posibles. George Monrose, profesor de Ingeniería Agrónoma, se verá atrapado en una misión liderada por su viejo amigo, el cosmólogo Jesse Rewald. Ambos trabajarán juntos en un proyecto secreto que desembocará en la llegada de los primeros seres humanos a Marte. Una vez en el planeta rojo, los protagonistas descubrirán cómo las consecuencias de su viaje son de un alcance mucho mayor del que jamás hubieran imaginado. Allí vivirán experiencias que cambiarán el rumbo de sus vidas, y su concepción del universo. Siguiendo una larga tradición de novelas sobre el espacio, los personajes de El Primer Umbral traspasan las actuales fronteras del ser humano en el Sistema Solar. El tránsito provoca en ellos la evolución de las fronteras interiores de su percepción y del concepto que tienen de sí mismos como parte de la creación en relación con la vastedad inmensa que representa el universo. 

PÁGINAS DEL LIBRO

     La primera de ellas: traer el rover de exploración presurizado. La señal del radiofaro del contenedor que lo guardaba llegaba fuerte a diecinueve kilómetros de su posición.

    James y Darren se dirigieron a pie portando un localizador. Lo encontraron sin mucha dificultad casi cuatro horas después de salir de la base. El cilíndrico contenedor que portaba el rover en sus entrañas se encontraba en un llano sembrado de rocas de múltiples tamaños. El paracaídas era volteado una y otra vez sin violencia por el débil viento que recorría la planicie.

     James activó el disparador que permitía la apertura de la popa. Sin mucho esfuerzo ambos bajaron el portón, que quedó ligeramente ladeado, con su base formando unos veinte grados respecto al suelo.

     -Será mejor que lo coloquemos lo más paralelo al suelo que podamos – sugirió James.

     -Desde luego, no me gustaría que volcara nada más sacarlo.

    Darren extrajo una cuerda colocada en un pequeño compartimento situado en el casco interno del contenedor y se la entregó a su compañero.

     James insertó un ocho en uno de los anclajes del casco externo y ató la cuerda con un nudo fuerte y resistente. Se colocó a unos metros, junto a Darren, y esperó a su señal.

     -En tres, dos, uno, ¡ya!

     Ambos tiraron al unísono con mesura, provocando que el contenedor rodara lentamente sobre su eje transversal.

     -¡Para! Echemos un vistazo -sugirió Darren. El portón se encontraba ahora paralelo al suelo.

     -Soltemos los amarres y protectores.