Ficha técnica

Título: El peor de los dragones. Antología poética | Autor: Juan Eduardo Cirlot | Prólogo: Elena Medel | Edición: Elena Medel | Editorial: Siruela Colección: Libros del Tiempo 340 | Encuadernación: Cartoné | Páginas: 268 | Dimensiones: 145 x 215 mm | ISBN: 978-84-16854-03-5 | Fecha: oct/2016 | Precio: 19,95 euros | Ebook: 11,99 euros 

 

El peor de los dragones

SIRUELA

«Obviemos el prejuicio ante Juan Eduardo Cirlot como poeta maldito y difícil, y acerquémonos con reservas al prejuicio ante Cirlot como excepción en su tiempo. Esforcémonos por comprender su escritura desde el tiempo en el que se escribe: un país en dictadura, cerrado no ya a lo que ocurre en ese momento en un mismo continente o en una misma lengua, sino a lo que ocurrió en ese mismo espacio y en ese mismo idioma durante los años anteriores a la guerra. Esforcémonos por comprender a un poeta que recurre como fuente de sugestión a una experiencia alejada de la intimidad, y vinculada a la literatura y al arte y a la música y al cine, disciplinas que considera tan verdaderas y tan suyas como cualquier anécdota de la realidad; que aspira a comprender una realidad que siente ajena; que mira al pasado porque lo entiende como explicación del presente, y que, quizá sin conciencia, seguro que con ambición, escribe para los lectores del futuro».

 

Elena Medel

 

La poeta Elena Medel plantea en esta antología una doble meta: la del reencuentro para aquellos lectores que ya han descubierto los versos del escritor barcelonés y, de manera esencial, la de la revelación para quienes desconozcan su obra.

 

 

Magia y papel vivo

 

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El hombre mira con fijeza. El hombre mira con fijeza en esa fotografía de 1954 -firma la imagen Francesc Català-Roca- en la que lo flanquean siete espadas. Late una clave, laten varias claves: el punto de equilibrio entre la atención y el asombro, la carga del número -los significados que sugieren más allá de la definición- y del propio símbolo que aúna la fuerza y la belleza. La esencia reside en la mirada: la mirada que se repite, fija y sorprendida y sabia, en las demás imágenes que le conocemos.

 

Muchos lugares comunes han lastrado -a mi juicio- la recepción de la poesía de Juan Eduardo Cirlot. Se trata del hombre que mira con fijeza: la misma actitud con la que después escribirá. Uno de esos tópicos lo sitúa como un poeta maldito, quizá por la permanencia de su obra en los márgenes -para sus coetáneos y para las generaciones posteriores, que relegaron sus libros a un paréntesis cuando rescataron discursos similares-, despojando con este término a su poesía de la finura que ofrece al lector. Otro dibuja la poesía de Cirlot como una escritura árida, hostil para el lector menos dispuesto; y resulta cierto que la obra cirlotiana rezuma exigencia, pero ocurre porque primero se exige en el reto del lenguaje. Ese rigor permite la revelación y permite el descubrimiento. No expulsa al lector: le desafía a replantear su vínculo con el propio entendimiento del poema, primero, y luego con los alrededores que conlleva, y que se ensanchan desde las circunstancias a la tradición.

Esa tradición -y su interpretación canónica- excluye propuestas singulares como la de Juan Eduardo Cirlot, lejos de las fotografías generacionales. Su escritura pública -aquella a la que disponemos de acceso los lectores- se inicia en el tránsito de la primera a la segunda etapa de posguerra. Un momento en el que -sopesado medio siglo más tarde- se realiza la transición de una poesía oficial, la de carácter neopopular agrupada en torno a la revista Garcilaso, a otra de espíritu más social, que -con reservas- recoge el espíritu de la revista Espadaña -en la que Cirlot publicó, no obstante- y lo depura, representada por la célebre imagen en Colliure en 1959. Un viraje temático que apenas representa, en cambio, un viraje estético: la palabra se mantiene clara, con intenciones diferentes, aunque con dejes -en cierto modo, con ciertas distancias- similares. Las excepciones -Antonio Gamoneda, Claudio Rodríguez, José Ángel Valente- se forjarán y reconocerán más tarde, pero esas fotografías -figuradas o ciertas- fijarán sus nombres a la historia: al canon. Ese canon excluye las poéticas marginales -Gabino Alejandro Carriedo, Ángel Crespo, Carlos Edmundo de Ory, Francisco Pino o los poetas de Cántico, con sus universos tan distintos- y entierra con el paso de los años propuestas aclamadas en su tiempo -y lejos en ética y en estética del discurso predominante- como las de Alfonsa de la Torre. Cirlot compartía algunos intereses con estos autores, pero no tantos -y no con tanto peso- como para «forjar», en cierto modo, un grupo de resistencia en alternativa al Grupo del 50. Toca mencionar otra figura recurrente, la del poeta como verso suelto, que sí es fiel a la realidad en este caso. 

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