Ficha técnica

Título: El pecado de Midas | Autora: Anne Zouroudi  | Traductor: Marta Pino  | Editorial: Duomo | Colección: Nefelibata | Género: Novela | ISNN: 978-84-92723-42-3| Páginas: 336 | Formato: 21’5 x 14 cm. | Encuadernación: Rústica con solapas | PVP: 18 euros | Publicación: Enero de 2010

El pecado de Midas

DUOMO EDICIONES

Siete islas: siete pecados capitales. En El mensajero de Atenas fue la lujuria; en El pecado de Midas, la avaricia.

Durante más de medio siglo, el viejo apicultor Gabrilis Kaloyeros ha custodiado las hermosas ruinas del Templo de Apolo. Pero la especulación inmobiliaria incrementa el valor de la tierra y alguien lo convence -a través de medios poco honrados- para que renuncie a su propiedad. Pocas horas después muere de manera violenta.

Cuando Hermes Diaktoros encuentra el cuerpo maltrecho de su amigo en una cuneta, la policía lo considera el principal sospechoso. Sin embargo, son los promotores más codiciosos que amenazan los antiguos yacimientos de la isla de Arcadia quienes resultarían más beneficiados con la muerte de Gabrilis. Hermes decide vengar a su viejo amigo y encontrar al verdadero culpable, aunque sus métodos son, como siempre, poco ortodoxos…

«Los lectores están de suerte: ¡aún quedan cinco pecados! Hermes Diaktoros es un verdadero placer.» The Guardian

 

1

Los ojos ciegos no dan testimonio.

   En la cima del monte, una brisa agitaba las ramas de los pinos, y en el frescor de su sombra había veinte colmenas, todas pintadas de amarillo, con las patas y los bordes destacados en rojo, marcadas cada una con un número en la pared lateral. Y en la cubierta de cada colmena, un ojo pintado contemplaba el cielo, un ojo de mujer, exótico como los ojos delineados con kohl de las caras veladas, con el blanco muy brillante y el iris azul chillón. Eran los ojos de los jeroglíficos de las tumbas egipcias, pero en este caso observaban a los vivos, no a los muertos. Velaban y vigilaban el Ojo del Mal: uno por cada colmena, para alejar de las abejas la maldad de los insidiosos.

   La brisa traía el aroma del mar estival -sal, roca húmeda, la suave descomposición de los desechos marinos- y, en el agua, al pie de la colina, se erizaban las cabrillas. En las proximidades de la costa, una lancha dejaba una estela blanca a su paso; mar adentro, junto a las islas de la lontananza, un yate pequeño izaba las velas.

   En la cumbre de la colina, entre las piedras que delineaban el perfil de las ruinas, hasta los lagartos de cola turquesa se amparaban del sol. El manantial diezmado era sólo una gota, aunque el abrevadero donde se almacenaba el agua estaba siempre lleno; Manyatis (un perro viejo y feo), con el pelo húmedo por chapotear en la pila, ladeaba la cabeza, intentando arrancar los abrojos clavados en su manto.

   Las hormigas corrían entre las migas de pan de la mesa; las avispas se posaban en las espinas del plato. Gabrilis Kaloyeros se había sentado largo rato a comer, y el tiempo volaba mientras él se recreaba en los recuerdos. No obstante, todo debía estar en su sitio antes de las cinco, y aún no había preparado nada; cada día le costaba más moverse. Una hormiga le hizo cosquillas en la piel de la mano, de manchas hepáticas, atravesando las venas prominentes y los nudillos artríticos hasta la zona situada sobre la muñeca, donde no se le habían curado todavía los cardenales color berenjena (se le amorataba el cuerpo por cualquier cosa, con el menor golpe).

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