Ficha técnica

Título:  El pecado de los dioses| Autor: Fabrice d’Almeida | Editorial: Taurus | Colección:  Historia | Páginas: 472 | Formato: 15 x 24 cm / rústica | Fecha de publicación: mayo de 2008 | Precio: 19,50 € | ISBN: 978-84-306-0668-9 | EAN: 9788430606689

El pecado de los dioses

EDITORIAL TAURUS 

Hasta ahora el nazismo nunca había sido estudiado desde la óptica de la alta sociedad. Archivos inéditos, diarios íntimos, fotografías y documentos diplomáticos nos llevan hasta los entresijos del poder nazi, donde se intercambian entre «amigos» ventajas fiscales o propiedades usurpadas.

Las antiguas élites -incluidos los hijos del Kaiser- salen de fiesta con los nuevos ricos y los aprovechados, a quienes procuran no denunciar. La gente distinguida se lanza a una carrera por acercarse a Hitler, y las mujeres, también presentes en este teatro de poder, creen haber ganado en dignidad lo que habían perdido en derechos civiles.

Fabrice d’Almeida pinta el fascinante y perturbador fresco, desde el ascenso de Hitler hasta su caída, de un grupo cuyo cinismo y ocio son inalterables. Ni el saqueo de Europa, ni el genocidio de judíos y gitanos ni la guerra impiden las partidas de caza, los bailes y las grandes cenas. El lector puede distinguir los grupos e individuos que formaban parte de los círculos privilegiados, los motivos que llevaron a tantas personas instruidas a seguir al führer, así como el modo en que estas personas aceptaron servir a un régimen criminal. Este libro revela el misterio de una sociedad para la que hasta ahora el secretismo era la barrera más eficaz.

INTRODUCCIÓN

El 28 de enero de 1933 se celebraba en los salones del restaurante del Zoo de Berlín el tradicional baile de la prensa. Desde 1872, la asociación de los periodistas berlineses organizaba este acontecimiento que, cuando el imperio de Guillermo II estaba todavía en su apogeo, marcaba el final de la temporada de invierno. Tras la I Guerra Mundial, se recuperó la costumbre, pero el calendario de la buena sociedad no era tan estricto como en la antigua corte. El caso es que aquel 28 de enero de 1933 en la pista de baile podía verse a todo el Berlín mediático, artístico, diplomático y, por supuesto, político. El canciller Von Schleicher, dimisionario, no ha asistido, lo cual no impide que varios ministros comenten las informaciones del día con algunas de las personas a las que frecuentan desde hace años en los hemiciclos y las conferencias de prensa. Ocupan los reservados del primer piso donde los invitados más distinguidos pueden charlar discretamente. En la planta baja, la orquesta toca música de baile, desde valses hasta jazz hot. Un secretario de Estado le confía a un periodista del grupo de prensa Ullstein que el presidente Hindenburg se dispone a llamar a Adolf Hitler para encomendarle la cancillería1. Esta solución permitiría salir del atolladero parlamentario de los gabinetes sostenidos únicamente por la presidencia y formar un gobierno respaldado por los nazis, los nacionalconservadores e incluso los democratacristianos. La solución no le gusta, pero el juego político la exige, ya que Hitler se niega a figurar en ningún gobierno si él no es el jefe.

Ese mundillo de gente acomodada mira la política sin mayores inquietudes, confiando en cierta medida en la prudencia de sus élites. Piensan que Hitler estará controlado y que su gobierno autoritario será provisional, como el de Von Schleicher, y traerá la recuperación económica y la paz social. El grupo Ullstein, propiedad de una familia de judíos conversos, no sospecha que ese acontecimiento significará su fin. Los periodistas judíos ya no podrán trabajar y dejarán de ser recibidos en sociedad. Los hermanos Ullstein tendrán que abandonar el negocio y vender a precio de saldo su patrimonio. Los del otro grupo de prensa judío liberal, Mosse, conocerán el mismo destino. Los judíos ya no se atreverán a caminar tranquilamente por la calle, a darse un paseo. Serán muy pocos los conocidos que todavía les saluden. La buena sociedad está cambiando y, en dos días, un acuerdo parlamentario que aparentemente no tiene mayor trascendencia hará temblar sus cimientos.

A última hora de la noche llegan los verdaderos juerguistas, esas modistillas del gran teatro del mundo que son el adorno indispensable de toda reunión. Entre ellos, una joven script girl de buena familia, Sybil Peech, que trabaja para la UFA. Se asombra al ver a tantos hombres con el uniforme nazi. Más bien se siente molesta, pues sus simpatías se inclinan hacia el comunismo. Tiene la vaga sensación de que ese baile de la prensa podría muy bien ser el último, como escribirá más tarde en sus memorias2. Abandona pronto la fiesta para ir con algunas celebridades del teatro como Max Reinhardt, su mujer Hélène Thimming y Peter Lorre, el actor fetiche de Fritz Lang, a un bar del barrio West, Chez Lily. Lorre, que ya intuye su exilio hollywoodense, está furioso: «El color pardo nos invade». Los reyes de la noche acaban su recorrido con un sabor amargo en la boca.

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