Ficha técnica

Título: El peatón de París | Autor: Léon-Paul Fargue | Traducción y glosario: Regina López Muñoz | Prólogo: Andrés Trapiello | Editorial: Errata Naturae | Colección: El Pasaje de los Panoramas | Formato: 14× 21,5 cm | Páginas: 272 | ISBN: 978-84-15217-80-0 | Precio: 19,50 euros

El peatón de París

ERRATA NATURAE

Épico y moderno, este libro mítico es un perpetuo homenaje a los detalles exactos. Podría afirmarse que Léon-Paul Fargue no hizo otra cosa en su vida que prepararse para escribirlo; toda su existencia, todas sus experiencias humanas y literarias, todas sus obras desembocan en estas páginas. Fargue, que había nacido en 1876 en París, escribió la mayor parte de El peatón de París en 1938, para publicarlo un año después. Todo el libro parece un único y modulado plano secuencia; o, si se prefiere, una melodía. También un caleidoscopio que no dejara de girar.

En algunos pasajes, Fargue nos conduce incluso, gracias a su fabulosa memoria y a sus dotes de poeta y narrador, hasta el París de finales del XIX; no camina con un rumbo concreto, sino que se deja llevar. Suma el detalle histórico o arquitectónico a los recuerdos y la ensoñación, y descubre maravillosos tesoros en los personajes y calles más anónimos. Su ciudad, de cafés, muelles, mercados y cabarets, está llena de desconocidos tanto como de una seductora nómina de personajes célebres -Picasso, Satie, Proust, Morand, Radiguet, Mac Orlan…-, representantes del tout Paris.

Memoria sentimental de la ciudad y de sí mismo, de lo que vio, de lo que ya no existe, amigos, casas, barrios, plazas… el tono nostálgico que atraviesa El peatón de París queda a ratos en sordina gracias al cambio de registros y la pura risa: el inteligentísimo humor de Fargue sabe ofrecer, tras el párrafo de ecos baudelerianos -puro spleen-, grandes cuadros satíricos de esa misma sociedad evocada. Al pasar estas páginas, tan contemporáneas y vívidas a pesar del transcurso del tiempo, volvemos a tener la certeza de que el París de los grandes flâneurs no es sólo tiempo pasado, una ciudad de leyenda perdida ya para siempre, sino que permanece muy viva y es mucho más que literatura.

 

Prólogo

Si alguien os pregunta si es posible compendiar en un pequeño tomo La comedia humana y En busca del tiempo perdido, como pretendía aquel niño queriendo meter el mar de Cartago en un hoyo de la playa, respondedle sin titubeos:

-Sí, si ese libro es El peatón de París.

Es uno de los más hermosos que se hayan escrito sobre una ciudad, obra maestra y dechado de sucesivos y asombrosos hallazgos de todo tipo: verbales, poéticos, literarios, históricos, narrativos,
humorísticos… A un tiempo acorde y arpegio. Je ne me fie pas trop à l’inspiration, dirá su autor en una de sus primeras páginas. Lo dice por cortesía: encuentra más discreto y elegante hablar de trabajo que de musas. Y sí, no se fía demasiado de la inspiración, pero acaso sea uno de los libros más inspirados que hayamos leído.

Dicho esto además de una ciudad como París, categórica en sí misma, que contó aquellos años con tantos escritores, y tan extraordinarios algunos, como pintores y artistas hubo en la Italia del Renacimiento. Muchos de ellos aparecen aquí, a veces meros comparsas, pero otras con retratos sagaces y sumarios: Proust, por encima de todos en su estima, Paul Valéry y Larbaud, con los que fundó la revista Commerce, y Morand, Cendrars, Philippe, Radiguet, Mac Orlan, Satie o Ravel, de quien fue amigo íntimo, entre una multitud de gentes de toda laya, hoteleros, músicos, aristócratas, rufianes, artistas, poetas, sastres, entretenidas, bohemios, millonarios, todos y cada uno con su nombre y apellidos propios y señalados en una calle, esquina, plaza, barrio precisos, La Capilla, el Cuartel Latino, Nación, el Monte de los Mártires, los Muelles, la Marisma, San Germán de los Prados, San Miguel, cuando no bares, bistrós, restaurantes, hoteles, salones, cabarés, teatros, cines, antros…

Éste es un libro que habría entusiasmado a Stendhal, perpetuo homenaje a los detalles exactos. Épico y moderno. En tal sentido es una obra que sólo pudo haber escrito alguien que había dejado atrás hacía mucho su medio siglo, destilación de toda una vida, al igual que À la recherche es destilación de la de Proust. Como en el caso de Proust podría afirmarse incluso que Léon- Paul Fargue no hizo otra cosa en su vida que prepararse para escribir El peatón de París; toda su existencia, todas sus experiencias humanas y literarias, todos sus libros desembocan en estas casi trescientas páginas (podrá observarlo el lector de esta edición leyendo Según París, que los editores han tenido el buen acuerdo de dejar para el final, pese a ser anterior; las prosas de ese libro, poéticas y a menudo atemporales, no hacían en absoluto presagiar el todo armónico en su diversidad de El peatón de París, pero leyéndolas después de El peatón no podemos dejar de verlas ya como sus precursoras).

Fargue, que había nacido en 1876 en París (de una modesta costurera y un ingeniero e industrial de la vidriera que tardó años en reconocerle, lo que para alguno de sus escoliastas explicaría la melancolía de sus obras; bah), escribe la mayor parte de El peatón de París en 1938 para publicarlo un año después. Tenía entonces sesentaitrés y apenas llevaba diez casado. Hasta ese momento había sido un hombre libre. Un hombre libre en aquel París a caballo de esos dos siglos, XIX y XX, no quiere decir lo mismo que en otras partes y en otros tiempos. Para que se comprenda de qué hablamos: Fargue asiste de muchacho en el instituto a las clases de Bergson por la mañana y a la tarde se pasa por la tertulia que se celebra en casa de Mallarmé. Si en esta página pudiera linkearse la palabra Mallarmé veríais abrirse la fronda de quienes asistían a aquellos célebres martes y que hoy se nos antojan olímpicos. En fin, la evocación du temps passé no es uno de los menores encantos de este libro.

Como los franceses, y especialmente los parisinos, tienen una predisposición genética para encajar en salones literarios, tertulias y redacciones de periódicos y revistas, ya encontramos a Fargue, antes de cumplir los treinta, en el núcleo de fundadores del que sería bastión de los simbolistas, y con el tiempo, una de las grandes aportaciones francesas a la literatura universal: la Nouvelle Revue Française. Y de ahí, del simbolismo de Mercure de France y de la poesía, no se moverá Fargue en su vida, siempre al lado de Valéry, de Gide, de Claudel… Y siempre fino y sutil, ligero pero nunca superficial.

Esta fidelidad le trajo algunos problemas con los surrealistas, a los que no tomó nunca demasiado en serio y que acaso por eso lo hubieran querido asesinar, que es, como se sabe, la secreta vocación de todo buen surrealista. A Fargue no sólo no le importó, sino que hizo gala de tales desdenes, pues con toda esa melancolía que atraviesa sus escritos no dejó nunca de ser alguien jovial. La prueba la tenemos en esto: la coña y distancia con la que observaba las sucesivas voladuras de la vanguardia no le impidieron aprovecharse de alguno de sus procedimientos más acreditados: síncopas, vértigo, ligereza, humor, destellos…

Este libro está lleno de ellos: hablando de la irrupción del cine en la vida cotidiana nos dirá: «la explosión del grisú cinematográfico ». La palabra grisú nos lleva de la mano a un mundo subterráneo, negro, mineral que estalla a cada momento. Tenía fama de dejar esperando a los taxis en sus recados y visitas (Brassaï le vio junto a uno de ellos en memorable retrato), olvidándose a menudo de que los había dejado allí desangrando sus economías: «el contador del taxi cocía a fuego lento», dirá; recordando… Basta, podríamos encontrar tres ejemplos más por página.

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