Ficha técnica

Título: El patrón | Autor: Goffredo Parise | Traducción: Juan Ramón Azaola Rodríguez-Espina| Editorial: Sexto Piso | Colección: Narrativa |
Tamaño: 15 x 23 cm | Páginas: 244 | ISBN: 978-84-15601-44-9 | Precio: 19 euros

El patrón

SEXTO PISO

El joven narrador de esta divertidísima novela llega a una gran ciudad para trabajar en una peculiar compañía situada en un palacio de cristal con un techo puntiagudo. El director es el doctor Max, un excéntrico personaje, melancólico, neurótico e iracundo, que dirige su empresa mediante complejos mecanismos psicológicos basados en una premisa muy sencilla: que todos los empleados son objetos de su propiedad, cuestión que el protagonista comprende desde el comienzo: «Mi felicidad me parecía precaria, pero ahora se va consolidando. Lo que me hace feliz por encima de cualquier otra cosa es haberme convertido en propiedad del doctor Max».  

En torno al doctor Max aparecen personajes propios de una fábula clásica; su padre, el doctor Saturno, a quien busca reemplazar como jefe de la empresa; su madre, la doctora Uraza, y su prometida, Minnie, quien se expresa con sonidos onomatopéyicos. Asimismo, el doctor Max cuenta con la ayuda de Lotario, el portero, quien administra al joven empleado unas dolorosas inyecciones cuya finalidad desconoce, y de otros empleados igual de fieles, como el doctor Bombolo, Pluto y Goofy.

El patrón es una fábula sobre cómo los seres humanos pueden devenir en objetos al servicio de las empresas, que se comportan como si fueran entidades con vida propia. En este extraño microcosmos dirigido por el doctor Max a través de una mezcla de reglas exóticas y despotismo, el protagonista atestigua su propia transformación hasta convertirse en una simple parte de una maquinaria de gran tamaño que se mantiene funcionando bajo la condición de utilizar a los seres humanos como si fueran partes desechables e intercambiables.

 

I

Éste es mi primer día en la gran ciudad en la que he encontrado trabajo. No puedo negar que estoy un poco emocionado, desde hoy mi vida cambiará radicalmente; hasta ayer era un chico de provincias, con las manos vacías, que vivía mantenido por sus padres. Hoy, sin embargo, soy un hombre que ha encontrado trabajo y que de ahora en adelante se procurará el sustento, no sólo para sí mismo, además, empieza ya a pensar en una familia propia y, cuando llegue el momento, en ayudaros también a vosotros, queridos padres.

Me marché de nuestra ciudad con las cincuenta mil liras que me disteis, las guardaré con cuidado, seguro que no las malgastaré y que siempre recordaré ese sacrificio que habéis hecho por mí. Queridos mamá y papá, cada vez os veré menos, se acumulará el pelo blanco en vuestras cabezas y, poco a poco, la vejez aparecerá en vuestros rostros llenos de esperanza por mí. Lo sé, vosotros me amáis mucho más de lo que yo pueda amaros, pero no es culpa mía, sino de las leyes que así lo quieren para que la vida continúe. Sin embargo, durante este primer día, he pensado mucho en vosotros, en nuestra ciudad, en los abuelos, en las tías, en todas las personas queridas con las que he vivido hasta hoy, y me he conmovido hasta las lágrimas. ¿Sabré estar a la altura de mi trabajo y, en general, de la vida que me ofrece esta ciudad? Creo que sí, pero no quiero decirlo con palabras, quiero demostrarlo con hechos, para que todos vosotros lo veáis y, de algún modo, vuestra vejez se atenúe y se haga más dulce pensando en mi juventud.

Esta mañana me he presentado en la empresa de la que me llamaron. El corazón me latía con fuerza cuando iba por la calle que lleva a su sede. Es una calle pequeña y vieja, como hay tantas en nuestra ciudad, y me he sentido casi como en casa. ¿Es posible, me he preguntado, que en esta calleja plagada de tiendas minúsculas, de talleres de artesanos, de tabernas y fondas populares, de vendedores ambulantes, surja un edificio de una gran empresa comercial? He encontrado pronto el número 21, el de la empresa, pero he seguido hasta el final de la calle, siempre con la cabeza hacia arriba. En realidad, pensaba, el edificio puede elevarse por encima, muy por encima de la barrera de casas, y, sin embargo, la mirada se queda atrapada por estos viejos e ilusorios muros; tal vez la entrada esté justo en alguno de estos edificios de aspecto uniforme; si fijo los ojos delante de mí o a los lados, y no miro más allá, no me doy cuenta de nada, no veo el lugar que muy probablemente, casi con certeza, me acogerá para el resto de mi vida.

Pensando así, casi por instinto (absurdo instinto que no tiene en cuenta la realidad, sino las esperanzas) he tratado varias veces de erguirme sobre la punta de los pies para poder mirar de reojo más allá de los techos y los aleros de los edificios. Nada, en ningún momento he conseguido vislumbrar el palacio de cristal, así que he vuelto atrás, al número 21. Era una casa como las demás, de tres pisos, tal vez mejor conservada que las otras, que en cambio aparecían desconchadas aquí y allá, y en muchos sitios blanqueadas por el salitre. Ésta, la del número 21, por el contrario, estaba pintada de amarillo oscuro, con las contraventanas del primero, el segundo y el tercer piso entornadas, como las de una tranquila casa señorial de aspecto deshabitado. La entrada era amplia, con un vestíbulo que evidentemente conducía a un jardín lleno de árboles. No he visto los árboles ni el jardín, pero al fondo el vestíbulo estaba cerrado por una vidriera opaca que dejaba vislumbrar manchas de un verde luminoso y móvil, como ocurre en ciertos jardines botánicos aireados por una brisa fresca y atravesados por vuelos de pájaros.

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