Ficha técnica

Título: El Palacio de la Risa | Autor: Germán Marín | Editorial: UDP | Páginas: 160 | ISBN 978-956-314-282-2 | Precio de referencia us$18

El Palacio de la Risa

UDP

De rara perfección, de prosa precisa pero cargada de matices, esta novela sobre Villa Grimaldi -principal centro de torturas de la dictadura pinochetista- se desarrolla en los márgenes de la crónica periodística y del recuento autobiográfico, transitando con maestría de la memoria personal a la memoria colectiva. Sin duda, constituye el testimonio artísticamente más logrado y contundente de un pasado atroz.
IGNACIO ECHEVARRÍA

Novela feroz y perfecta, El Palacio de la Risa apunta a la renovación de ese lazo quizás atroz y siempre triste con el pasado de un país que cree que su único tiempo es el presente. Como en el resto de la obra de Germán Marín, están acá la arquitectura y la lengua de Chile, ambas transfiguradas en el fulgor de una poesía amenazante, de un mundo quebrado que acaso tiene el esplendor de un monumento secreto. La historia de la novela es la historia de una casa, pero la historia de esa casa es también la historia del país.
ÁLVARO BISAMA

Uso a Chile como un enorme basurero en el que puedo rastrear para escribir. Soy un novelista que vive de escarbar la basura.
GERMÁN MARÍN

UNO

Sólo quedaban de la llamada Villa Grimaldi cuando la visité aquella mañana de diciembre, tras haber llegado hacía dos meses a Chile, las huellas de sus cimientos bajo la maleza que crecía salvaje y verde, alimentada por las lluvias del último invierno, en medio de los escombros menores que los dientes de la máquina excavadora no habían podido recoger. Yacían dispersos por una mano furiosa que, a pesar de su insania, había molido cada terrón. La única certeza que tenía aquella mañana era que, después de varias vueltas inútiles por el mundo, estaba de regreso luego de diecisiete años de ausencia, pero al contrario del viajero Simbad no eran muchas las monedas de oro que podía sumar a mi favor al hacer el balance. Aunque a veces me sentía diferente y lejos de mis congéneres, el exilio ya había terminado, por lo cual, con mayor o menor sentido común, dependía de mí, debía asumir la nueva etapa que comenzaba. Yo no venía del extranjero, sino del pasado, que al parecer nadie quería, pues, de acuerdo a lo que había captado, aquel tiempo representaba poco y nada en la vida actual de los chilenos. Estaba en un país que por dos motivos de su historia, antagónicos, deseaba borrar su pasado de cualquiera posible mácula y hacer cuentas nuevas. Como había certificado dentro de los escasos meses que llevaba, no se deseaba sacar a la luz por completo los oscuros y graves episodios sucedidos. A pesar de la noche artificial que impedía ver hacia atrás, ni menos a quien era el principal responsable de los hechos, el país nunca había sido más transparente en su situación, pero, como pensaba, de mi lado tenía muy poco que decir. Sólo unos rezongos de viejo, unas bagatelas que no interesaban a nadie. Sentía al regresar de Barcelona, en donde me había radicado en 1976, que no eran los años que se habían ido sino la vida con sus largos momentos, quedando como persona al margen de todo, parecido al movimiento del mar que devuelve a la orilla, en una última ola, el resto solitario de un naufragio. No dejaba, sin embargo, de estar satisfecho de haber regresado a casa. Como a veces solía ocurrirme, perdido en alguna distracción, me sorprendía de pronto que el mundo a mi alrededor hablara en chileno, entonando unas palabras que, al aspirarse bajo unos sonidos agudos, casi quebrados, se comían a sí mismas, cargadas de unos hipocorísticos permanentes que delataban calor humano, proximidad, o acaso, vaya a saberse, algo menos explícito que el sentimiento.

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