Ficha técnica

Título: El otro jardín y relatos completos | Autor: Francis WyndhamTraducción: Jon Bilbao | Editorial: Libros del Silencio | Colección: Miradas | Género: Relatos | ISBN: 978-84-938531-8-1 | Páginas: 448 | Formato:  21 x 14 cm. | PVP: 24,00 € | Publicación: Septiembre de 2011

El otro jardín y relatos completos

LIBROS DEL SILENCIO

Francis Wyndham es «un escritor que nunca malgasta una palabra o pone una en el lugar equivocado», dijo de él Alan Hollinghurst. Y tal vez por esa economía en la escritura es por lo que toda su magnífica obra narrativa puede reunirse en este volumen en el que se presentan, traducidos por primera vez, los cuentos de La señora Henderson y otros relatos y Lejos de la guerra, y la novela El otro jardín, por la que recibió, a los 63 años, el premio Whitbread a la primera novela.

La escritura de Wyndham, uno de los autores más sutiles y observadores de nuestro tiempo, se desliza por encuentros evocadores, vidas solitarias, horas de espera y el nacimiento de amistades improbables: una celebración de las gestas cotidianas al tiempo que un intento por alcanzar una verdad mayor. Con la segunda guerra mundial avanzando imparable, Wyndham deposita su mirada en las mujeres que han quedado atrás, en los jóvenes que esperan la llamada a filas y, en general, en todos aquellos que habitan esa especie de tiempo muerto en la retaguardia, abandonados a su propio mundo. Todo ello invocado con maestría y un lirismo conmovedor.

«Una escritura hermosa, llena de honestidad emocional. Las suyas son historias para saborear y releer.» The Times

«Wyndham es un escritor singular, especial, delicado, incisivo, infinitamente divertido y original.» Harper’s Bazaar

«La prosa de Wyndham tiene una claridad de expresión casi luminosa. Es un maestro capturando no solo el detalle sino el estado de ánimo de una época. El otro jardín es una joya.» Times Literary Supplement

«Uno de los grandes autores del siglo XX. Tan satírico como Jane Austen, tan mordaz como Henry James y tan divertido (bueno, tal vez no tanto) como P. G. Wodehouse.» Newsday

«Wyndham es una leyenda de las letras inglesas contemporáneas, como editor y como escritor. Su obra es de una calidad extraordinaria.» Los Angeles Times

 

1

     -¿Cuándo estará listo el almuerzo? -preguntó mi padre.

     Creyendo que el hambre le estaba haciendo perder la paciencia, mi madre se apresuró a disculparse:

     -De un momento a otro. Ya casi está listo.

     Pero había malinterpretado sus palabras. Lo que él quería saber era si tenía tiempo para ir a dar un paseo al otro jardín antes de sentarse a comer. Consternada, mi madre lo vio ponerse un viejo sombrero tirolés gris, escoger un bastón, cruzar decidido la puerta de la casa, recorrer con calma el breve sendero de entrada y salir a la carretera. Casi enfrente, una puerta pintada de blanco en mitad de un muro de ladrillo le permitió el paso a su amada propiedad, sutil pero claramente separada de la casa y del insulso terreno circundante. En el otro jardín no oía nuestras voces cuando lo llamábamos, por lo que minutos después fui enviado en su busca para pedirle que volviera; nuestro almuerzo se había adelantado debido a la ambigüedad de su pregunta, cuando él en realidad esperaba que se retrasara.

     Él mismo había diseñado el otro jardín. Seguía el estilo tradicional, artificialmente geométrico, que ya estaba pasado de moda a mediados de los años treinta, y que después aún quedaría más anticuado: un cuadrado casi perfecto que albergaba tejos podados con formas de animales, setos bajos, bancadas de flores en formas ovales y de media luna, círculos y triángulos de hierba segada embellecidos por baños de piedra para los pájaros, y senderos rectos y simétricos que convergían en un reloj de sol central. Cuatro bancos ornamentales se hallaban dispuestos en las esquinas del intrincado diseño. El huerto y los cobertizos para he rramientas estaban separados de esta zona puramente decorativa por cañas de guisantes y frambuesas. El conjunto ocupaba un alto del terreno junto a la calle principal del pueblo, de modo que al mirar hacia el sur uno podía ver por encima de los tejados hasta el río que discurría más allá, e incluso más lejos: las verdes vegas del fondo del valle y las lejanas colinas. Esta posición dominante producía una leve sensación de vértigo, como si el terreno se hubiera hundido de pronto, y también la excitante certeza de hallarse inusualmente expuesto: la gente del pueblo podía ver con claridad a quienes se encontraban en el jardín.  

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