Ficha técnica

Título: El octavo día | Autor: Thornton Wilder |  Traducción: Enrique Maldonado Roldán | Editorial: Automática  | Género: Novela | ISBN: 978-84-15509-14-1 | Páginas: 536 | Encuadernación: Rústica con solapas | PVP: 27,00 € | Publicación: 9 de mayo de 2013

El octavo día

AUTOMÁTICA

Thornton Wilder (1897-1975) tenía 70 años cuando finalizó El octavo día. Era 1967, y lo que en un principio el autor concibió como un retiro de dos años en su predilecto Suroeste norteamericano, poco a poco acabó convirtiéndose en la compleja historia de dos sagas familiares en los albores del siglo pasado en la pequeña ciudad minera de Coaltown. En 1968 recibiría el National Book Award de narrativa por este título.

El octavo día constituye el retorno a la novela de Wilder después de que en 1948 publicase Los idus de Marzo. En 1962 decide tomar un descanso de su agitada vida y se establece en la pequeña localidad sureñ a de Douglas. Allí , paulatinamente, se irá gestando lo que cinco años despué s se convertirí a en su sexta y penúltima novela, El octavo día, de dimensiones vastísimas y considerada por buena parte de la crítica literaria como la obra cumbre de Thornton Wilder.

Wilder plantea esta obra como una polifonía inacabada en la que confluyen pensamientos y posiciones ante la vida de muy diversa índole. Los personajes, de una gran profundidad psicológica, y sus trayectorias terminarán por dar forma a un fragmento del extraño tapiz en el que se conjugan elementos como la esperanza, la amistad, la fe, la libertad, la envidia o el amor. Todos ellos formarán el armazón sobre el que se sustenta esta historia sin final.

«La historia es un solo tapiz. No hay ojo capaz de abarcar un palmo de este. Babilonia tuvo una vez un millón de habitantes».

La monumental riqueza en la caracterización de estas dos familias no responde únicamente a un ejercicio de ambición literaria. A través de los Ashley y los Lansing, el autor expone su propia visión de los lazos humanos:

«¿Es esto la vida de familia? ¿Son los niños deformados en su crecimiento por esos padres que fueron en diversos modos retorcidos por la ceguera, la ignorancia y las pasiones de sus propios padres? ¿Los errores propios empobrecen y mutilan a los hijos? ¿Es esta la infinita cadena de las generaciones?».

«¿Es posible que se produzca alguna vez una «espiritualización» del animal humano?», pregunta el narrador. Durante la celebració n de la llegada del siglo XX, se consulta al doctor de la localidad acerca de su predicció n para el nuevo siglo que comienza. No resulta difí cil leer la respuesta a la pregunta planteada por el narrador en las palabras del doctor:

«La naturaleza nunca duerme. Los procesos de la vida nunca se detienen. La creación no ha llegado a su fin. El hombre no es el fin sino el principio. Nos encontramos al inicio de la segunda semana. Somos los hijos del octavo día. […] En este nuevo siglo debemos ser capaces de ver que la humanidad inicia una nueva etapa de desarrollo. […] El doctor Gillies estaba mintiendo con todas sus fuerzas. No tenía ninguna duda de que el siglo que se iniciaba sería demasiado funesto para ser contemplado, es decir, como el resto de siglos».

Sinopsis: John Ashley ha escapado durante el trayecto en tren que lo conducía hacia su ejecución por el asesinato de su mejor amigo, Breckenridge Lansing. Nadie conoce su paradero o la identidad de las personas que organizaron su fuga. Detrás quedan dos familias destrozadas, que deberán aprender a abrirse camino, y un sin fin de preguntas sobre las que orbita el propio crimen no resuelto. 

 

PRÓLOGO

A comienzos del verano de 1902, John Barrington Ashley, residente en Coaltown1, un pequeño núcleo minero en el sur de Illinois, fue juzgado por el asesinato de Breckenridge Lansing, vecino de la misma localidad. Fue declarado culpable y sentenciado a muerte. Cinco días más tarde, a la una de la madrugada del martes 22 de julio, escapó de sus custodios en el tren que lo conducía al patíbulo.

        Este fue el conocido como «Caso Ashley», que suscitó considerable interés, indignación y burla a todo lo largo del Medio Oeste. Nadie dudaba que Ashley disparó a Lansing, de forma deliberada o por accidente, pero el juicio fue considerado un proceso torpemente gestionado por un juez senil, una defensa inepta y un jurado cargado de prejuicios: el «Caso del Agujero del Carbón», el «Caso de la Carbonera», lo apodaron.

     Cuando, después de todo ello, el asesino convicto escapó de sus cinco custodios y desapareció sin dejar rastro -esposado, con atuendo de reo y la cabeza afeitada-, fue el propio estado de Illinois el que quedó ridiculizado. Pasados unos cinco años, la Fiscalía del Estado, con sede en Springfield, anunció el hallazgo de nuevas pruebas que eximían de toda culpabilidad a Ashley.

        Así pues, se había producido un error judicial en un caso sin importancia en una pequeña población del Medio Oeste. Ashley disparó a Lansing en la nuca mientras ambos realizaban su habitual práctica de tiro con rifle de los domingos en el jardín trasero de la vivienda de Lansing. Ni siquiera la defensa argumentó que la tragedia fuera resultado de un fallo mecánico.

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