Ficha técnica

Título: El mundo de Atenas | Autor: Luciano Canfora | Traducción: Edgardo Dobry |Editorial: Anagrama | Colección: Argumentos Páginas: 544 | ISBN: 978-84-339-6363-5 | Precio: 29,90 euros | Ebook: 15,99  euros

El mundo de Atenas

ANAGRAMA

Desde hace más de dos mil años, Atenas representa mucho más que el nombre de una ciudad en el imaginario occidental. El siglo comprendido entre la reforma de Clístenes (508 a. C.) y la muerte de Sócrates (399 a. C.) se ha vuelto un modelo universal, a la vez político y cultural. Político, en cuanto se considera que en Atenas se inventó la democracia, es decir el régimen institucional y de gobierno más difundido actualmente en el mundo. Cultural, porque en la Atenas de entonces florecieron la filosofía, la historia, el teatro, la literatura, el arte y la arquitectura que todavía hoy consideramos referencias obligadas.

El mundo de Atenas reconstruye la historia de la ciudad poniendo en tela de juicio su imagen idealizada, restituyéndola tal como emerge de la riqueza de fuentes contemporáneas de aquella época extraordinaria. Luciano Canfora desmonta la máquina retórica acerca de Atenas, demostrando que los críticos más radicales del sistema fueron precisamente los propios atenienses. Los acontecimientos centrales de la narración son la trayectoria del imperio marítimo ateniense derrotado por Esparta, el desgarro que ello determinó en el mundo griego hasta involucrar al reino de Persia, el renacimiento del imperio en la misma área geopolítica, su crisis y el resultado inesperado que representó el triunfo del ideal monárquico realizado por la hegemonía macedonia.

«Nosotros hemos sido líderes de ese sistema político: porque consideramos que era nuestro deber de justicia contribuir al mantenimiento del sistema de gobierno. Pero que quede claro: nosotros, gente sensata, sabemos bien lo que significó la democracia. Nada nuevo podría decirse sobre lo que es una locura universalmente reconocida. No podíamos derrocarla todavía, mientras vosotros estabais a nuestras puertas como enemigos.» En este penetrante diagnóstico de Alcibíades, el heredero de Pericles -tal como lo recoge Tucídides-, se encierra la explicación del enigma de Atenas: el gobierno del pueblo y el poder de los señores.

«El mundo de Atenas es un amplio fresco de la democracia antigua que nos llega en tiempos de grave crisis de los sistemas democráticos contemporáneos para reactivar la memoria histórica del lector en su relación con los términos y problemas de nuestro mundo, desde la crisis de representación hasta el ocaso de la negociación política, y hasta el neoimperialismo de la aldea global» (Massimo Stella, Il Manifesto).

«La democracia y el imperio -dice Canfora, con claridad- nacieron juntos. Temístocles, quien lleva a Atenas a la victoria en Salamina, crea la una y el otro.» Y agrega: «La democracia funciona porque «se reparte el botín», es decir las ganancias imperiales» (Giuseppina Solaro, L’Indice).

«Es una inmersión en los orígenes de la democracia, en la que el lector es guiado por los historiadores antiguos, los autores de tragedias y de comedias, los poetas, los filósofos e incluso por voces casi desconocidas u olvidadas» (Il Messaggero).

INTRODUCCIÓN

Atenas, entre mito e historia

I. Cómo nace un mito

El «mito» de Atenas se encierra en algunas frases del epitafio de Pericles parafraseado, y al menos en parte inventado, por Tucídides. Son sentencias con pretensiones de eternidad y que legítimamente han desafiado al tiempo, pero también son fórmulas no del todo comprendidas por los modernos, y acaso por eso han resultado aún más eficaces, y han sido blandidas con trasnochado engreimiento. Otras partes del epitafio, mientras tanto, son ignoradas, quizá porque molestan el cuadro que los modernos, recortando los pasajes exquisitos del original, quieren agigantar. Baste como ejemplo la exaltación de la violencia imperial ejercida por los atenienses en cualquier parte de la tierra.(1)

Memorable y afortunada entre todas, en cambio, es la serie de valoraciones en torno a la relación de Atenas, considerada en su conjunto, con el fenómeno del extraordinario florecimiento cultural: «En síntesis, afirmo que nuestra ciudad en su conjunto constituye la escuela de Grecia»;(2) «entre nosotros cada ciudadano puede desarrollar de manera autónoma su persona(3) en los más diversos campos con gracia y desenvoltura»;(4) «amamos la belleza pero no la ostentación; y la filosofía(5) sin inmoralidad».(6)

Algunas de estas expresiones han sido objeto de amplificaciones posteriores, ya en la Antigüedad, como es el caso del epigrama a la muerte de Eurípides atribuido a Tucídides, en el que Atenas se vuelve de «escuela de Grecia» en «Grecia de Grecia».(7) Otros han contribuido a crear un cliché perdurable. Por ejemplo: «Frente a los peligros, a los otros la ignorancia les da coraje, y el cálculo, indecisión»;(8) nosotros los atenienses afrontamos los peligros racionalmente, teniendo pleno conocimiento y conciencia; ellos viven para la disciplina y los ejercicios preventivos, nosotros no somos menos aunque vivamos de modo más relajado;(9) los lacedemonios no nos invaden nunca solos sino que vienen con todos sus aliados, mientras nosotros, cuando invadimos a los vecinos, vencemos(10)(!) aunque combatamos solos casi siempre.

Si ahora consideramos el célebre capítulo que describe el sistema político ateniense,(11) la contradicción entre la realidad y las palabras del orador se vuelve aún más evidente. Baste tener en cuenta que Tucídides, quien sin circunlocuciones melifluas o edulcorantes define el largo gobierno de Pericles como «democracia sólo de palabras, y en los hechos una forma de principado»,(12) precisamente en este epitafio hace hablar a Pericles de modo tal que suscita la impresión (en una lectura superficial) de que el estadista, en su faceta de orador oficial, está describiendo un sistema político democrático y a la vez tejiendo su elogio. Pero no le basta con eso: le hace elogiar el trabajo de los tribunales atenienses en los que «en las disputas privadas las leyes garantizan igual tratamiento a todo el mundo».(13) Por no hablar de la visión totalmente idealizada del funcionamiento de la asamblea popular como lugar en el que habla cualquiera que tenga algo útil que decir a la ciudad y se es apreciado exclusivamente en función del valor, en tanto que la pobreza no es un impedimento.(14)

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1. Tucídides, II, 41, 4 (πανταχοῦ δὲμνημεῖακακῶντεκἀγαθῶνἀίδια). Friedrich Nietzsche comprendió plenamente el significado de estas palabras, en el undécimo «fragmento» de La genealogía de la moral, primera parte [1887]. Niezstche tradujo correctamente, al contrario que tantos filólogos antes y después de él, las palabras μνημεῖα κακῶν τε κἀγαθῶν ἀίδια por «unvergängliche Denkmale […] im Guten und Schlimen» («monumentos imperecederos en bien y en mal») y reconoció en esas palabras del Pericles de Tucídides «voluptuosidades del triunfo y de la crueldad».

2. Tucídides, II, 41, 1: τῆς Ἑλλάδος παίδευσιν.

3. Dice τὸσῶμα: la referencia es también física.

4. εὐτραπέλως: que se refiere al ingenio, la agilidad física, la volubilidad. Las palabras están escogidas con mucho cuidado. Veremos por qué.

5. Dice literalmente: φιλοσοφοῦμεν. También esto debe haber contribuido a la curiosa ocurrencia de Voltaire en el Tratado sobre la tolerancia, donde los muchos jueces populares que votaron, sin conseguir salvarlo, a favor de Sócrates son todos tout  court definidos como «filósofos».

6. Dice: μαλακία. Tucídides, II, 40, 1.

7. Anthologia Graeca, VII, 45.

8. Tucídides, II, 40, 3: ἀμαθία/λογισμός.

9. Tucídides, II, 39, 1: ἀνειμένως διαιτώμενοι οὐδὲνἧσσονἐπὶτοὺςἰσοπαλεῖςκινδύνουςχωροῦμεν.

10. Tucídides, II, 39, 2: κρατοῦμεν. Es una afirmación pretenciosa si se tienen en cuenta las frecuentes derrotas atenienses en los choques en tierra.

11. Tucídides, II, 37.

12. Tucídides, II, 65, 9: λόγῳμὲν δημοκρατία, ἔργῳδ᾿ὑπὸτοῦπρώτου ἀνδρὸςἀρχή.

13. Tucídides, II, 37, 1.

14. Ibídem: οὐδ᾿αὖ κατὰπενίαν […] κεκώλυται.

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