Ficha técnica

Título: El móvil perpetuo. Historia de un invento| Autor: Paul Scheerbart | Traducción: Esther Cruz | Editorial: Gallo Nero | Colección: Piccola |Formato: 11×16 cm| Páginas:110 | ISBN:978-84-941087-8-5 |Precio: 10 euros

El móvil perpetuo.Historia de un invento

GALLO NERO

«Día y noche veo sin cesar ruedas ante mis ojos, junto a cualquier otra cosa en la que quiera estar pensando, ruedas, siempre ruedas… Es casi inquietante.»

A finales de 1907, Paul Scheerbart, novelista y poeta alemán, decide inventar la primera máquina del movimiento perpetuo. Durante los siguientes dos años y medio documenta los esfuerzos y fracasos que se suceden en su despensa-laboratorio. El móvil perpetuo, publicado por primera vez en 1910, es una mezcla de diario, diagramas y digresiones entre la memoria y el ensueño donde la ironía y la imaginación dan vida a un invento más literario que científico.

Primeras páginas del libro

«Cuanto mayor es la desesperación, tanto más cerca estamos de los dioses. Los dioses buscan forzarnos a que nos acerquemos cada vez más a la grandiosidad, y no tienen mejor método de hacerlo que recurrir a la miseria. Solo en la miseria crecen las grandes esperanzas y los grandes proyectos de futuro.»

Pasé largo tiempo aferrado a tales afirmaciones, como quien profesa un credo. Pero, llegado un momento, los cimientos de ese credo habrían de sufrir una fuerte sacudida.

La historia fue como sigue:

El 27 de diciembre de 1907 estuve reflexionando sobre la creación de unos cuentos breves en los que ocurriese algo nuevo, algo sorprendente, grotesco. Pensé en el futuro de los cañones, que, a mi parecer, eran mucho más útiles como mecanismo de transporte; se me ocurrió que las mercancías disparadas podían descender con suavidad de vuelta a la tierra gracias a un dispositivo de paracaídas de abertura automática.

A continuación imaginé todo el espacio aéreo terrestre cubierto de funiculares. Se me antojaban especialmente simpáticos unos funiculares que bajasen desde montañas altísimas. Pensé en usar globos aerostáticos como cabinas para los funiculares en las expediciones al Polo Norte y después en norias que, en mi opinión, rodarían por todas las vías terrestres mucho más rápido que las ruedas pequeñas usadas normalmente.

Así las cosas, lo natural me parecía colocar el vehículo dentro, en el interior de la rueda. Desde luego eso era algo nuevo. Concebí la rueda a, una rueda grande, doble y sin radios (fig. 1), y colgué el vehículo K de las ruedas dobles b y c, sujetas a la viga doble fg. Las ruedas d y e servían para asegurar que b y c no se separasen de a. Entonces, con solo empujar a se moverían además las ruedas pequeñas. Por supuesto, todas las ruedas podrían ser también ruedas dentadas.

Pero colgando en f el peso L -que no debía diferir mucho en peso de K– todas las ruedas se moverían (fig. 2) en la dirección indicada por las flechas. De hecho, el sistema en su conjunto se movería solo por la imposición de los pesos. En mi opinión, el móvil perpetuo estaba listo.

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