Ficha técnica

Título: El misterio del mal. Benedicto XVI y el fin de los tiempos | Autor: Giorgio Agamben | Traducción: María Teresa D´Meza |Editorial: Adriana Hidalgo Editora | Encuadernación: Rústica |Dimensiones: 130 x 190 mm |ISBN: 978-987-1923-28-1 |Páginas: 88 | Precio: 12 euros

El misterio del mal

ADRIANA HIDALGO

Con su «gran renuncia», Benedicto XVI ha dado prueba no de vileza, sino de un coraje que hoy adquiere un sentido y un valor ejemplares. ¿Por qué esta decisión hoy resulta ejemplar? El filósofo Giorgio Agamben observa esa decisión en su ejemplaridad, o sea, por las consecuencias que de ella pueden extraerse para un análisis de la situación política de las democracias en las que vivimos.

En El misterio del mal, Giorgio Agamben intenta comprender la renuncia del Papa Benedicto XVI. El filósofo observa esa decisión en su ejemplaridad, o sea, por las consecuencias que de ella pueden extraerse para un análisis de la situación política de las democracias en las que vivimos. Con su «gran renuncia», Benedicto XVI ha dado prueba no de vileza, sino de un coraje que hoy adquiere un sentido y un valor ejemplares. ¿Por qué esta decisión hoy resulta ejemplar? Porque señala la distinción entre dos principios esenciales de nuestra tradición ético-política: la legitimidad y la legalidad. Si la crisis que está atravesando nuestra sociedad es tan profunda y grave, es porque esta no sólo cuestiona la legalidad de las instituciones, sino también su legitimidad. Los poderes y las instituciones hoy no se encuentran deslegitimados porque han caído en la ilegalidad; más bien es cierto lo contrario: la ilegalidad está tan difundida y generalizada porque los poderes han perdido toda conciencia de su legitimidad. El intento de la Modernidad de hacer coincidir legalidad y legitimidad, buscando asegurar por el derecho positivo la legitimidad de un poder, es -como resulta del indetenible proceso de decadencia en el que han entrado nuestras instituciones democráticas- absolutamente insuficiente. Las instituciones de una sociedad se mantienen vivas sólo si estos dos principios siguen estando presentes y actúan en ellas sin pretender coincidir jamás.

1. EL MISTERIO DE LA IGLESIA

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En estas páginas intentaremos comprender la decisión del Papa Benedicto XVI, situándola en el contexto teológico y eclesiológico que le es propio. Y, sin embargo, observaremos esa decisión en su ejemplaridad, o sea, por las consecuencias que de ella pueden extraerse para un análisis de la situación política de las democracias en las que vivimos.

Estamos convencidos de que, cumpliendo la «gran renuncia»,* Benedicto XVI ha dado prueba no de vileza -como, según una tradición exegética nada segura, habría escrito Dante acerca de Celestino V-, sino de un coraje que hoy adquiere un sentido y un valor ejemplares. Las razones esgrimidas por el Pontí!ce para fundamentar su decisión, sin duda en parte verdaderas, de ninguna manera pueden explicar un gesto que en la historia de la Iglesia tiene un signi!cado muy especial. Y este gesto adquiere todo su peso si se recuerda que el 4 de julio de 2009 Benedicto XVI había depositado sobre la tumba de Celestino V en Sulmona el palio que recibiera en el momento de su investidura, como prueba de que la decisión había sido meditada. Celestino V había fundamentado su abdicación casi con las mismas palabras que Benedicto XVI, hablando de «debilidad del cuerpo» (debilitas corporis; Benedicto XVI argumentó una disminución del «vigor del cuerpo», vigor corporis), y de «enfermedad de la persona» (infirmitas  personae); pero ya las fuentes antiguas nos informan que la verdadera causa debía buscarse en su desdén por los «fraudes y simonías de la corte».

¿Por qué esta decisión hoy nos resulta ejemplar? Porque atrae con fuerza la atención a la distinción entre dos principios esenciales de nuestra tradición ético-política, de la cual nuestras sociedades parecen haber perdido toda conciencia: la legitimidad y la legalidad. Si la crisis que está atravesando nuestra sociedad es tan profunda y grave, es porque esta no sólo cuestiona la legalidad de las instituciones, sino también su legitimidad; no sólo, como demasiado a menudo se repite, las reglas y las modalidades del ejercicio del poder, sino el principio mismo que lo funda y legitima.

Los poderes y las instituciones hoy no se encuentran deslegitimados porque han caído en la ilegalidad; más bien es cierto lo contrario: la ilegalidad está tan difundida y generalizada porque los poderes han perdido toda conciencia de su legitimidad. Por eso es inútil creer que puede afrontarse la crisis de nuestras sociedades a través de la acción -sin duda necesaria- del poder judicial. Una crisis que golpea la legitimidad no puede resolverse exclusivamente en el plano del derecho. La hipertro!a del derecho, que pretende legislar sobre todo, antes bien conlleva, por medio de un exceso de legalidad formal, la pérdida de toda legitimidad sustancial. El intento de la Modernidad de hacer coincidir legalidad y legitimidad, buscando asegurar por el derecho positivo la legitimidad de un poder, es -como resulta del indetenible proceso de decadencia en el que han entrado nuestras instituciones democráticas- absolutamente insuficiente. Las instituciones de una sociedad se mantienen vivas sólo si estos dos principios (que en nuestra tradición también han recibido el nombre de derecho natural y derecho positivo, de poder espiritual y poder temporal o, en Roma, de auctoritas y potestas) siguen estando presentes y actúan en ellas sin pretender coincidir jamás.

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