Ficha técnica

Título: El millonario comunista |     Autor: Ramón de España | Editorial: Duomo | Colección: Nefelibata | Género: Novela | ISBN: 978-84-92723-29-4 |        Páginas: 304 |  PVP: 18,50 € | Publicación: 23 de Febrero 2010

El millonario comunista

DUOMO EDICIONES

Víctor Gálvez tiene todo para ser feliz: una mujer, dos hijas y mucho dinero. Vive en la zona alta de Barcelona, posee una casa en el Ampurdán y es dueño de una importante productora cinematográfica. Sin embargo, la obsesión por reescribir su pasado y hacer la película de su vida, un filme que retrate su juventud idealista, rebelde y antifranquista, hará que los pilares sobre los que se asienta su existencia de hombre rico y acomodado comiencen a derrumbarse lentamente.

Fiel a su humor corrosivo, en su nueva novela Ramón de España presenta a un auténtico héroe moderno, un personaje extravagante que, en su afán de recomponer la biografía colectiva y personal, acaba convertido en un esperpento de sí mismo. Radiografía precisa de la España actual, El millonario comunista es una comedia trágica y alocada que reivindica la necesidad de ejercer la amnesia selectiva como una de las tantas formas de enfrentarse a la memoria histórica, a un presente cada día es más histérico y hostil.

«Su lucidez es proverbial; su humor, reconocible. Su capacidad para renovarse es infinita.» El Correo Gallego

«Vigor expresivo y un sagaz -mordaz- sentido crítico caracterizan el estilo incisivo, el tono comprometido de Ramón de España.» El Cultural

«Sus escritos acaban siempre matizados por una evidente capacidad para convertir en literatura cualquier opinión, anécdota o chascarrillo que suscite su interés.» Culturas

«Sus páginas encierran el retrato del mundo sin ideología, completamente abducido por la fama y la tele.» Qué leer

 

1

Poco después de cumplir cincuenta y ocho años de vida, a Víctor Gálvez empezaron a pasarle muchas cosas, casi todas desagradables. ¿Fue fruto de la fatalidad o se labró a conciencia su destino?

    En cualquier caso, tal vez no debería haber escrito ese guión con el que, en el fondo y aunque aparentara sumarse al interés generalizado por la memoria histórica, únicamente pretendía rendirse un homenaje a sí mismo. Puede que no debiera haber seguido a su padre octogenario cuando lo vio encaminarse a la Rambla tras salir él de un encuentro profesional en el bar Zurich. Quizás no debería haberse empeñado en mantener una serie de sinceras conversaciones con su madre enferma. ¿Era necesario hacerse con esos cabellos de sus hijas gemelas, que se habían quedado enredados en un cepillo para el pelo, y someterlos a una prueba de adn? ¿Tan ciego estaba que era incapaz de darse cuenta de que su psiquiatra, la doctora Berkowitz, le mostraba una especial dedicación de la que no se beneficiaban sus demás pacientes?

    Fuera como fuese, una cosa llevó a otra y la vida de Víctor Gálvez, hasta entonces soportable, aunque claramente escasa de estímulos, se convirtió en una pesadilla.

    Si es que no lo había sido siempre. 

 

2

Sentado en un banco de la plaza, contemplando el edificio en el que se momificaban sus padres y en el que había vivido una infancia triste y atemorizada y una adolescencia de bronca constante, Víctor Gálvez fumaba un cigarrillo mientras se armaba de valor para recorrer los escasos metros que le separaban del domicilio paterno. Una vez más, comprobó que era el único inmueble de la plaza que no había sido rehabilitado. Lo más probable era que el dueño, pese a las facilidades ofrecidas por el ayuntamiento en cualquiera de sus cíclicas campañas de embellecimiento de la ciudad, fuera un roñoso incapaz de gastarse un céntimo en darle unas manitas de pintura al edificio. Pero Víctor no podía evitar pensar que había algo más en esa perpetuación del deterioro general, algo relacionado con su siniestro progenitor, el comisario Gálvez, cuya odiosa presencia, según su hijo, imponía un orden natural de las cosas basado en el desconche y la podredumbre. Para Víctor, un inmueble luminoso y recién pintado desentonaría notablemente con el inquilino del tercero primera y, tal vez, le forzaría a abandonarlo en busca de algo que se ajustara mejor a sus necesidades, algo mucho más triste, lóbrego y deprimente.

    Víctor Gálvez tiró la colilla al suelo, la aplastó con el zapato y se puso de pie. Lanzó una última mirada al edificio. Respiró hondo. Clavó la mirada en el asfalto y avanzó a grandes zancadas hacia el objetivo, como un toro que embiste al matador y no piensa en nada más. Pero sabía que el esfuerzo era inútil, que nada más traspasar el umbral le sucedería lo de siempre: el ahogo momentáneo, la sensación general de agobio y un arrebato de tristeza absolutamente descorazonador.

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