Ficha técnica

Título: El miedo | Autor: Gabriel Chevallier | Editorial: Acantilado | Colección: Narrativa del Acantilado, 153| Traductor: José Ramón Monreal | ISBN: 978-84-92649-02-0 | Precio: 22 € | Páginas: 368 | Encuadernación: Rústica cosida | Formato: 13 x 21 cm | Fecha de aparición: 26 de marzo de 2009

El miedo

ACANTILADO 

 

El miedo es la historia de un joven de 19 años que se resiste a morir en la guerra para la que ha sido llamado a filas contra su voluntad. Chevallier relata el calvario que vivió durante los largos cuatro años que duró la contienda europea: su bautizo de fuego, las heridas, el hospital, la convalecencia, el regreso al frente, las trincheras, las noches pasadas dentro de los agujeros de los obuses, los piojos, el frío, el hambre, los gases, los gritos de dolor, los cadáveres, etc.

El realismo y la crudeza con que Chevallier describe el día a día de la guerra y el atroz sufrimiento de los soldados, unido al retrato mordaz que hace de sus superiores, despertaron la ira de buena parte de los franceses.

 

I

EL ANUNCIO

El peligro de esas comunidades (los pueblos) basadas en individuos característicos de una misma especie es la progresiva idiotización por medio de la herencia, la cual sigue, por otra parte, a la estabilidad como si fuera su sombra.
Nietzsche

El fuego se incubaba ya en los bajos fondos de Europa, y la Francia despreocupada, con trajes claros, sombreros de paja y pantalones de franela, echaba el cierre a sus equipajes para irse de vacaciones. El cielo era de un azul sin nubes, de un azul optimista, terriblemente caluroso: no cabía temer más que una sequía. En el campo o a orillas del mar haría buen tiempo. Las terrazas de los cafés olían a ajenjo fresco y los zíngaros tocaban en ellas La viuda alegre, que hacía furor. Los periódicos estaban llenos de detalles de un gran proceso que tenía en vilo a la opinión pública; se trataba de saber si aquella a la que algunos llamaban la «Cuajada de Sangre» sería absuelta o condenada, si el tonante Labori, su abogado, y el pequeño Borgia en chaqué, carmesí y rabioso, que nos había gobernado durante algún tiempo (salvado, al decir de algunos), su marido, ganarían la causa. No se veía más allá. Los trenes rebosaban de viajeros y las taquillas de las estaciones despachaban billetes circulares; dos meses de vacaciones en perspectiva para la gente rica.

Una vez tras otra, en ese cielo tan limpio, zigzaguearon enormes relámpagos: Ultimátum… Ultimátum… Ultimátum… Pero Francia dijo, mirando las nubes aborregadas hacia el Este: «Es allí donde habrá tormenta».

Un trueno en el cielo sereno de la Île-de-France. El rayo cae en el Ministerio de Asuntos Exteriores.

¡Prioridad! El telégrafo funciona sin cesar, por razones de Estado. Las oficinas de correos transmiten telegramas cifrados con carácter de «urgente».

En todos los ayuntamientos se pone el anuncio.

Los primeros gritos: «¡Hay un anuncio!».

La gente en la calle se atropella, se echa a correr.

Los cafés se vacían, y también los almacenes, los cines, los museos, los bancos, las iglesias, los pisos de soltero, las comisarías se vacían.

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