Ficha técnica

Título:El mes más cruel | Autor: Pilar Adón | Introducción: Marta Sanz | Editorial: Impedimenta | Género: Relatos | ISBN:978-84-937601-6-8 | Páginas: 208 | Formato:  13 x 21 cm. | PVP: 17,90 €

El mes más cruel

IMPEDIMENTA

Dos desconocidas han de compartir una casa de tres pisos durante unos días, y ambas se empeñan en mantener el orden y en resultar imprescindibles; una mujer espera, ansiosa, la llegada de un chico más joven que ha de librarla de su aburrimiento y de su frustración; Scott regresa a Inglaterra después de su expedición polar pero nadie va a recibirle; una muchacha llamada Clara se dedica a seguir los pasos de un esquivo gato; una madre se encarga de aterrorizar a su hijo para que nunca se vaya de su lado. Los catorce relatos que integran El mes más cruel componen una esmerada colección de recetas para sobrevivir a la pérdida, a la separación, la locura y el miedo.

Pilar Adón (Premio Ojo Crítico) está considerada una de las más sólidas figuras de la nueva narrativa española. El mes más cruel es la última recopilación de sus relatos. Una colección de historias dotada de una sutileza y un equilibrio desacostumbrados.

«Pilar Adón escribe con una firmeza y una letra lírica que no suaviza sino que acentúa la dureza de lo que narra.» María José Obiol, Babelia

 

EN MATERIA DE JARDINES

I

Cuando Olivia Fouquet comenzó a vivir con Sara pensó que se trataba del ser más inteligente y a la vez más desesperado que había conocido en su vida. Y así se lo comunicó a su padre en la primera charla que mantuvieron por teléfono dos días después de su entrada en la casa en que debía establecer cierto orden.

   -Es una chica muy triste, papá -dijo adoptando un tono de voz aún más bajo del que solía usar por los pasillos, cuando se reunía con Sara, o en su propia habitación, cuando se sentaban juntas para trazar el menú de la semana siguiente-. Creo que no es feliz. Aunque a veces da la impresión de serlo enormemente, a pesar de su gesto tan sobrio. Siempre está seria, y de vez en cuando dice algo extraordinario. Ayer, mientras cenábamos berenjenas que ella mojaba en un cuenquito azul lleno de miel, dijo que no entendía cómo podíamos poseer algo tan perfecto y necesario como la piel y no estar constantemente dando gracias por ello.

   -¿Y no te parece que tiene razón? -preguntó el padre de Olivia.

   Ella sabía que tenía razón, pero lo extraño no era el significado de las palabras, sino la propia existencia de la frase, pronunciada de pronto, entre las berenjenas y la miel. No le había sorprendido el qué, sino el cómo.

   -Pues tendrás que habituarte, cariño -dijo su padre-. Es una buena chica. Ya lo verás. Su comportamiento nunca será lo suficientemente extraño, dadas las circunstancias. Tú sólo tienes que encargarte de hacer tu trabajo.

 

La casa de Sara se dividía en tres pisos, además del sótano, donde la caldera permanecía encendida todos los días del año. Sara solía tener frío por las noches incluso durante las más fragantes y espesas horas de los meses de julio y agosto, y a veces debía mantener el radiador de su dormitorio al máximo durante todo el día para poder dormir sin que le temblaran penosamente las piernas, tan largas y desprovistas de esa benéfica materia grasa que podría proporcionarle cierta sensación de calor interno, personal y autogenerado. Sus habitaciones se hallaban en la segunda planta, y en la primera estaban la cocina y los salones de lectura, de música, de recogimiento, de ejercicios gimnásticos ligeros (bailar, patinar, saltar o, simplemente, caminar) y de ejercicios gimnásticos pesados (bicicleta y abdominales). La tercera planta permanecía inutilizada, aunque ambas comprobaban que allí todo seguía en orden cada vez que ascendían hacia el tejado donde, a veces, se sentaban para dejar que su mirada se perdiera por la oscuridad cósmica o que saltara de esfera luminosa en esfera luminosa y recorriera el salvaje vacío en el que se sabían inmersas.

   Había lavabos y bañeras repartidos estratégicamente por diversos rincones del edificio y, finalmente, éste quedaba rematado, cual pastel provisto de ligeros adornos de nata, por los graciosos y tan bien aprovechados balcones que daban al mar o, en la fachada opuesta de la casa, al poco cuidado jardín.

   -Deberíamos regar los parterres con más frecuencia.

   -Sí. Deberíamos hacerlo.

   -¿Sabes que algunos animales huelen la muerte? La perciben de algún modo. No sé cómo, pero es cierto. Son capaces de hacerlo. -Sara no quería bañarse en el mar. Podía pasar horas sumergida en alguna de las diversas bañeras (anchas o estrechas; redondeadas o rectangulares) que aparecían diseminadas por los recovecos más inesperados de su casa, bajo un agua turbia y sin restos de jabón que le daba a su cuerpo un aspecto mórbido y blando; podía quedarse allí eternamente, con una extraña expresión amarga en el rostro y sin mostrar signo alguno de desear salir, con los ojos cerrados y los labios separados en lo que parecía la inacabable pronunciación de una asombrada y perfecta o. Pero no se bañaría en el mar jamás-. Los gatos. Sobre todo la perciben los gatos. ¿Lo sabías?

   -Algo había oído -respondía Olivia-. Pero no me provoca ningún interés. ¿A ti sí?

   A ella sí, naturalmente.

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