Ficha técnica

Título: El meridiano de Greenwich | Autor: Jean Echenoz | Traducción: Josep Escué | Editorial: Anagrama | Colección: Otra Vuelta de Tuerca | Páginas: 248 | ISBN: 978-84-339-7627-7 | Precio: 16,90 euros |

El meridiano de Greenwich

ANAGRAMA

Byron Caine, inventor que trabaja en París a las órdenes del poderoso Georges Haas, huye con los documentos de un proyecto secreto y con la hija de su patrono. La pareja se instala en una exótica isla de Oceanía, por cuyo centro pasa precisamente el meridiano de Greenwich.  Haas contrata a un implacable asesino ciego para que liquide a Caine y recupere los valiosos documentos. Pero Caine cuenta con la protección de Carrier, un desleal competidor de Haas, a cuya facción se ha pasado secretamente. Por si fuera poco, el famoso proyecto en juego es en realidad un viejo e inútil experimento que Caine ha desempolvado para justificar ante Haas su apatía inventiva y su desgana en el trabajo…

A partir de este doble engaño, multiplicado rápidamente por todos los protagonistas, se desencadena un aluvión de acontecimientos: bandas rivales, asesinos a sueldo, agentes secretos, ejércitos de mercenarios, sociedades secretas, intrigas, traiciones y enfrentamientos sin cuento tras el proyecto Prestidge.  Novela tan elegante como corrosiva, El meridiano de Greenwich despliega con suma eficacia los elementos del género negro, articulados en una perfecta maquinaria de relojería que, conjugando fatalidad y azar, precipita a todos los implicados en un torbellino hilarante y vertiginoso. Torbellino, desde luego, movido secretamente por los hilos de una escritura que se convierte en protagonista principal de esta aventura. 

En su reseña sobre Cherokee, la primera novela de Echenoz publicada en España, Rafael Conte comentaba El meridiano de Greenwich de esta manera: «Echenoz empezó a publicar a los 30 años, en 1979, irrumpiendo en el panorama de la novela francesa con una obra sorprendente, El meridiano de Greenwich, una loca historia de aventuras, de conspiraciones policiales teñidas de humor y experimentación, llevada a ritmo trepidante.» El singular talento de Echenoz se confirmó ya plenamente con sus tres novelas posteriores: la mencionada Cherokee, La aventura malaya y Lago, que obtuvo el Premio Europa de Literatura en su primera convocatoria

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El cuadro representa a un hombre y una mujer sobre un fondo de paisaje caótico. El hombre lleva ropa de color azul marino y botas de goma verde. La mujer viste traje blanco, algo inesperado en este entorno prehistórico. Mirando a esta mujer, no es difícil imaginar que un cordón dorado pudiera ceñirle el talle y que, con unos cuantos pájaros, y hasta flores, revoloteando a su alrededor, pudiera cobrar el aspecto de una alegoría de no se sabe qué.

Era en las antípodas, a comienzos del invierno. El hombre y la mujer avanzaban por la arista de un terreno inclinado, sembrado de guijarros ovales, mates y livianos como la piedra pómez, que se deslizaban a sus pies y rodaban a cada lado de la cresta, atrayéndose por incitación mutua y formando una larga sucesión de golpes secos y atropellados, como una «r» de vibraciones interminables. Alrededor de los dos personajes, el paisaje estaba fragmentado, cavado, como cortado con una tajadera; se llamaban respectivamente Byron y Rachel.

Que a uno le dé por describir esta imagen, inicialmente fija, que se arriesgue a exponer o suponer sus detalles, la sonoridad y la rapidez de dichos detalles, su eventual olor, sabor, consistencia y demás atributos, es algo que despierta sospechas. Que uno se pueda interesar así por este cuadro es algo que proyecta una duda sobre su realidad misma como cuadro. Puede no ser más que una metáfora, pero puede ser también objeto de una historia cualquiera, centro, soporte o pretexto, quizá, de un relato.

Byron y Rachel anduvieron más de una hora, cruzando cuatro kilómetros de terreno accidentado. Después llegaron al borde de un acantilado que dominaba el mar. Siguieron un rato por la orilla del abismo antes de hallar un camino que llevara al fondo. El camino estaba hecho con restos de escaleras, vigas, barandillas herrumbrosas, cuerdas medio podridas, tablas y quizá más cosas aún. El fondo era de piedra y agua.

Miraron un instante hacia el horizonte vacío. Byron se sentó en el suelo. Rachel hundió la punta de un pie en el agua.

-Está fría -dijo-. ¿Es aquí?

-Supongo.

-¿Crees que se parece a lo que ha descrito Arbogast?

-Todos estos sitios se parecen -dijo Byron-. Y todas las descripciones también.

-De todos modos…

-No existen arrecifes de color rosa: es un embustero. Y además tenemos tiempo.

-De todos modos… -repitió Rachel-. Un arrecife rosa… Insistía.

-No es el sitio, Byron. Hay que remontar la costa hacia el norte.

-Lo reconozco -dijo Byron-. No es el sitio. Vamos.

Se apropiaron de todo el tiempo que tenían. Se entretuvieron en una pequeña playa de arena gris del tamaño de una cama grande semicircular, cuya base, trazada por el límite del mar y modificada constantemente por el movimiento de las aguas al aplastarse, entrechocar o abortar en ella, parecía siempre a punto de ser anexionada por las olas, que cubrían y desnudaban obstinadamente aquella franja de arena anegada, de estatuto incierto, parecida a una especie de tierra de nadie, de zona fronteriza que disputara el océano a la tierra, y que, tras cada asalto, como para marcar su territorio en señal de desafío, o como se abandonan las armas rotas en un campo de batalla, dejaban la huella de su paso en forma de regueros de espuma cremosa y volátil, semejantes a encajes desgarrados. Una novela, quizá, mejor que un relato.

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