Ficha técnica

Título: El libro de los bolsillos | Autor: Gonzalo Maier | Editorial: Minúscula | Colección:  Micra | Páginas: 146 | Fecha: may/2016 | ISBN: 978-84-945348-0-5 | Precio: 12 euros

El libro de los bolsillos

EDITORIAL MINÚSCULA

Este libro confirma algo que muchos intuyen: la vida, en realidad, se lleva en los bolsillos. Desde la billetera hasta las llaves de casa, pasando por servilletas olvidadas o una dirección escrita en un papel muy arrugado, los objetos que hay en los bolsillos tienen el poder de delatar incluso a los más reservados.

Un inventario personal y por lo tanto caprichoso en el que se suceden sorprendentes postales cotidianas -un auténtico gabinete de curiosidades- dedicadas a celebrar la vida privada de objetos comunes y corrientes que de tan cercanos se confunden con la propia biografía.

 

Peineta

Don Víctor era el galán del barrio. Trabajaba en La Selva, el pequeño almacén que estaba a dos o tres cuadras de casa, y llevaba siempre un delantal azul y un bigote muy tupido. De lunes a viernes sacaba el arroz de los estantes, echaba el pan en las bolsas, pesaba las papas en una romana que colgaba del techo y hasta nos resumía con pasión las penurias del Everton, pero su fama, al menos para los niños que vivían por ahí cerca, se debía a esa peineta coqueta que exhibía día tras día en el bolsillo superior de su delantal. Tenía dientes delgados y filudos, que él no dudaba en pasar con seguridad por su pelo, echando para atrás su melena oscura, domándola. Eso hacían los galanes, sin duda.

Y durante un Año Nuevo lo comprobamos. En la casa que estaba al lado del almacén organizaron una fiesta tan grande que, con sus mesas y serpentinas, se extendió por buena parte de la vereda. En general, las que estaban ahí eran caras conocidas, que daban vueltas por el barrio durante las tardes, pero esa noche las veíamos con cierto morbo, como si las fiestas y los trajes de gala supusieran algo adulto y extraordinario. Apenas llegamos a la esquina, decía, lo vimos en el centro de la calle. Llevaba la camisa tan bien metida en los pantalones que los pelos del pecho escapaban envalentonados hacia arriba por culpa de la presión. Sus mocasines cafés resplandecían y Don Víctor bailaba como un semidiós de la cumbia, moviendo las caderas y los brazos al ritmo de Tommy Rey, rodeado por la mirada atenta de todo el barrio, incluso con un círculo de curiosos alrededor suyo, hasta que en un momento luminoso soltó a su pareja, que siguió girando por la pista de baile, mientras él, entre los abrazos de Año Nuevo y las estrellas brillantes, sacó su peineta del bolsillo de siempre y, sin perder el ritmo, se arregló la melena ahí, en medio de la calle, como algún día, pensábamos, nos tocaría a nosotros.

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