Ficha técnica

Título: El ladrón de morfina |         Autor: Mario Cuenca Sandoval | Editorial: 451 EditoresGénero: Novela | ISBN: 978-84-92891-00-9 | Páginas: 248 |  PVP: 17,50 € |

El ladrón de morfina

451 EDITORES

Esta historia es una mosca en la boca de un camaleón y un camaleón en la boca de una serpiente y una serpiente EN LA BOCA DE UNA GRUTA.

… Y transcurre en Corea. En el corazón de la guerra. Ya el cine italiano rehizo un género con el spaghetti western; ahora, un autor español se apropia del cine bélico americano: una noche de 1951 el Flaco Bentley, recluta de la 187 Aerotransportada de Estados Unidos, desciende en paracaídas sobre el campo de batalla, a ocho mil millas de su país. En la guerra encuentra muerte y horror, sí, pero también a un ángel colombiano, a un oficial-artista que dibuja tanques con su máquina de escribir, a los traficantes de morfina y sexo. Y comprende que siempre coexisten dos guerras: la que se libra en las trincheras, a ras de suelo, y otra más elevada, resultado de la alucinación, de la embriaguez; de la maldición que nos obliga a preguntarnos qué queremos y quiénes somos. Un suplicio añadido, porque resulta que siempre queremos lo que no tendremos y somos lo que ni siquiera habíamos sospechado.

Al final cada homber libra su batalla definitiva en el campo del deseo y la identidad.

«Cuenca demuestra una habilidad para el trenzado de historias que tiene que ver con su condición de narrador plural, polifónico, pero también con la poesía». Care Santos, El Cultural.

«Entre la oleada de conservadurismo narrativo a la que los jóvenes no son ajenos, y las propuestas más dadas al experimentalismo o al collage estético, hay una literatura renovadora con bases perfectamente estables. Es el caso de Mario Cuenca Sandoval». Toni Montesinos, Mercurio.

«Cuenca Sandoval narra con una facilidad, precisión y capacidad evocativa que intimidan». Roberto Valencia, Quimera.

«Un escritor al que seguir la pista por los cuadriláteros de la literatura del siglo XXI». Guillermo Busutil, La Opinión de Málaga.

«Una de las pocas revelaciones verdaderas de la narrativa española». Elena Medel, Poesíadigital.es. 

 

UNO
EL FLACO BENTLEY 

1

El Flaco, cayendo a través de la noche, cayendo en oblicuo como una jabalina que va rasgando la oscuridad, miraba a su alrededor como hipnotizado por los brillos de las detonaciones y del fuego antiaéreo y por el estrépito del viento en los oídos, y le parecía que aquella constelación de ruidos tenía un sentido intencionado, le parecía pura música, una partitura en la que las explosiones hacían las veces de la percusión. Demoraba el momento de tirar de la anilla y desplegar el paracaídas, porque necesitaba sentir un poco más aquella música, porque quería respirar un poco más el aire de arriba, el de la incertidumbre de los ingenuos, de los que no saben adónde se dirigen, pues en pocos segundos las suelas de sus botas se posarían sobre los hombros polvorientos de la guerra, se acabaría el tiempo de las preguntas, la atmósfera de la duda. Un poco más, se decía, solo un poco más. Llevaba un ejemplar de los cuentos de Edgar Allan Poe en el equipo que colgaba de su cintura, la sensación de que las preguntas se iban quedando suspendidas en el aire, flotando entre partículas de pólvora, la impresión de entrar en una botella, en un espacio más estrecho, asfixiante, y deslizarse por su cuello hasta el fondo, donde esperaba el líquido; pero qué líquido.

   Una energía desconocida tiró de su mano y su mano tiró de la anilla y el velamen se desplegó sobre su cabeza. Entonces sintió otro tirón, la resistencia del aire, una fuerza que se oponía a otra fuerza y a otra fuerza, y siguió con la mirada las cuerdas del paracaídas, que en aquel instante le parecieron tentáculos, y la lona iluminada de forma intermitente por los fogonazos de la artillería, y todo aquello le hizo pensar en un pulpo, aunque no era el Flaco quien se aferraba al paracaídas, sino el paracaídas a su cuerpo. Se le ocurrió que aquel pulpo era América. Se le ocurrió que aquel pulpo lento que se agarraba con el extremo de sus tentáculos helados a sus brazos, sus oídos, los orificios de su nariz, era América. Que América tiraba de su cuerpo hacia arriba mientras la guerra, que hacía las veces de la gravedad, lo arrastraba hacia abajo.

 

2

Antes de alistarse, el Flaco cultivaba patatas y era -más o menos- feliz. Tenía una granja en Vermont y se peleaba con las plagas de polillas y de pulgones, y a veces soñaba el sueño que soñaría un animal a cuatro patas, tal vez una nutria o un ratón que husmeaba el suelo y seguía con su olfato la ruta en el aire del gasóleo de las máquinas cosechadoras, y el olor a alcohol que anunciaba la llegada de su viejo. No es que soñara ser un animal, sino que soñaba como lo haría una nutria o un ratón, si es que tales criaturas sueñan; un recorrido a ras de hierba lleno de objetos indiscernibles y de colores que no había visto nunca, falto de otros colores que los hombres sí que pueden percibir. Y sin embargo, en una batalla insensata contra su naturaleza rastreadora, el Flaco había terminado por enrolarse en la 187.a Aerotransportada, aunque solo fuera porque paga ban cincuenta dólares más que en las otras compañías. Creyeron que bastarían unas cuantas semanas en un campo de instrucción de Georgia para transformarlo en un pájaro. Creyeron que serían suficientes unas pocas semanas en aquel lugar absurdo, en el que todo el mundo se dirigía a él con frases que eran como ráfagas de ametralladora, telegramas de pensamiento a los que tenía que responder con monosílabos, para que, tras saltar unas pocas veces desde una torre de prácticas de unos doscientos pies, le dieran sus alas y lo enviaran de una patada en el culo a otro continente. Pero no es fácil remontar el vuelo cuando uno tiene la estatura de las nutrias o los ratones.

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