Ficha técnica

Título: El laberinto junto al mar | Autor: Zbigniew Herbert | Traducción: A. Rubió y J. Slawomirski | Editorial: Acantilado | Colección: El Acantilado, 274 | Género: Ensayo| ISBN: 978-84-15689-56-0 | Páginas: 288 | Formato:  13 x 21 cm.| Encuadernación: Rústica cosida | PVP: 22,00 € | Publicación: 2013

El laberinto junto al mar

ACANTILADO

El laberinto junto al mar podría llevar el subtítulo «Apuntes de un viaje por Grecia», tal y como aparece en el manuscrito que Zbigniew Herbert entregó a su editor polaco, o quién sabe si el más aclaratorio «En la patria de los mitos», que fue usado como título para una edición alemana, previa y distinta a la que hoy presentamos en lengua castellana. Integran este libro siete ensayos luminosos, reunidos en 1973 por el poeta, que recogen su fascinación por una Grecia cuna de la civilización europea. 

«Toda la obra de Herbert, tanto la poesía como los ensayos, está saturada de amor a la tradición polaca y europea; de amor y de conocimiento». Adam Zagajewski

«La escritura de Zbigniew Herbert aporta a la biografía de la civilización la sensibilidad de un hombre nunca derrotado por un siglo que fue, al fin y al cabo, el más eficaz en lo que toca a la deshumanización de la especie». Joseph Brodsky 

 

I

En medio del vinoso ponto rodeada del mar, hay
una tierra hermosa y fértil, Creta; y en ella muchos,
innumerables hombres, y noventa ciudades […].
Entre las ciudades se halla Cnosos, gran población,
en la cual reinó por espacio de nueve años Minos,
que conversaba con el gran Zeus.

HOMERO

 

El Teseo, que tiene que llevarme a Creta, todavía no ha atracado en el puerto del Pireo y nadie sabe decirme cuándo llegará. Los vulgares horarios no tienen vigencia en la patria de los mitos, la región donde los relojes marcan milenios. La única solución es armarse de una paciencia campesina o emprender un periplo por las tabernas del puerto.

     Así pues, estoy en el Pireo aguardando el barco, sin otro quehacer que contemplar rostros humanos. No son los rostros que adornan los vasos antiguos, y los cuerpos-puedo adivinarlo-no se parecen a las estatuas de Praxíteles. La mezcla de rasgos albaneses, búlgaros y turcos salta a la vista y ha borrado por completo la belleza helena que el viajero espera encontrar.

     ¿Acaso tenía razón el doctor Fallmerayer al sostener que las invasiones eslavas posteriores al siglo vii después de Cristo cambiaron radicalmente la composición étnica de los habitantes de Grecia?

     Y entonces me viene a la memoria una anécdota sobre Shelley. Cuando el gran romántico estaba trabajando en el poema Hellas, su amigo Trelawny le propuso un encuentro con griegos auténticos. Viajaron a Livorno para visitar un barco griego atiborrado de «individuos agitanados que vociferaban, gesticulaban, fumaban y jugaban a los naipes como si fueran bárbaros». Y, para colmo, el capitán del barco había abandonado su patria tras llegar a la conclusión de que la guerra de la independencia no era nada buena para los negocios.

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