Ficha técnica

Título: El impresor de Venecia | Autor:  Javier Azpeitia  | Editor: Tusquets  |  Colección: Andanzas | Formato: 14,8 x 22,5 cm. | Presentación: Rústica con solapas | Páginas: 352 | ISBN: 978-84-9066-265-6 | Fecha: abr/2016 | Precio: 19 euros | Ebook: 10,99 euros

El impresor de Venecia

TUSQUETS

En 1530, un joven se acerca a una villa en la campiña de Módena con la intención de encontrar allí a la viuda de Aldo Manuzio, el famoso impresor veneciano, para mostrarle su texto sobre la vida del gran editor. No sabe que la verdadera historia dista mucho de la gesta que quiere relatar.

Desde que arribó a Venecia en 1489, con el propósito de hacer exquisitas ediciones de los tesoros de la literatura griega, Aldo Manuzio tuvo que enfrentarse a dificultades inesperadas, como el robo de manuscritos, las imposiciones comerciales de su suegro y dueño de la imprenta, el potentado Andrea Torresani, o la censura de los poderosos contra la difusión del epicureísmo, que buscaba con pasión Maria, su joven esposa y colaboradora.

Con la dosis justa de ironía y erudición solapada, con personajes y noticias sobre la edad dorada de los pioneros de la edición, El impresor de Venecia recrea de manera deslumbrante el nacimiento del negocio de los libros, en el entorno de una ciudad enloquecida, más apta para los escarceos amorosos que para los intelectuales, y en un tiempo de crisis, tras el que son reconocibles los retos editoriales del presente.

 

Caído del cielo

Ya tañían la prima las campanas aunque no acababa de amanecer tras la bruma, y allí estaba, solo, con ese malestar de náufrago de los que desembarcan por primera vez en Venecia. Se repitió que todo resultaría sencillo. Se veía desde fuera, y entonces la consciencia de su misión le otorgaba una apostura que enseguida se desvanecía a causa de su fisonomía enclenque y del modo en que vestía, inapropiado para mostrarse en una ciudad que se había convertido en el centro del mundo.

Se estaba quedando helado. Cerró un momento los ojos intentando reunir fuerzas. Las necesitaba, ahora que por fin le había dado un vuelco a su vida de maestro de muchachos. ¿Demasiado tarde?, se preguntó, dejando que asomara el miedo entre sus reflexiones. Sentía el agotamiento del viaje y los pies húmedos, como si hubiera llegado caminando sobre las aguas y no en barco… Abrió los ojos, se miró los zapatos y solo entonces se dio cuenta de que los tenía completamente encharcados. Levantó el faldón gris de su sayo. Su rostro comenzaba a reflejarse deforme en la leve turbulencia del agua. ¿Hasta dónde subía ahí la marea? De hecho, la plaza entera estaba anegada, en lo que alcanzaba a ver. Acqua alta: la laguna voraz.

¡Los libros! El agua lamía los tres baúles que componían, con un bolsón de mano, su equipaje. Llamó a gritos al mozo del embarcadero, que se había refugiado hacía rato en una garita.

Mientras esperaba en vano la respuesta, puso dos de los baúles de libros encima del bolsón, en un equilibrio inestable que le impedía apartarse de ahí, y cargó con el otro en brazos.

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