Ficha técnica

Título: El idioma materno |Autor: Fabio Morabito | Editorial: Sexto Piso | Formato: 15 x 23 cm  | ISBN: 978-84-15601-73-9  

El idioma materno

SEXTO PISO

Con ironía, y a menudo con humor, Fabio Morábito emprende a partir de los ochenta y cuatro textos breves que componen El idioma materno un particular viaje en busca de sus raíces como escritor, y traza en estas páginas una suerte de personalísima genealogía de su vocación literaria. El resultado es un libro lleno de lucidez e inteligencia, una deliciosa e inclasificable meditación que mezcla el ensayo, la autoficción y la confesión y que es, ante todo, y en cada momento, una celebración de la pasión lectora y de las diversas manías a las que da pie -y en la que muchos se sentirán reflejados-, a la vez que una constatación de las complicadas relaciones entre lenguaje, escritura y mundo.

Sin ser una autobiografía, impresiona la voluntad de desnudamiento que recorre cada uno de estos textos, empezando por la aceptación de que escribir es una forma de darle la espalda al prójimo. Si el aprendizaje del idioma materno -que constituye en definitiva el «hogar» de cada uno de nosotros- supone para el hablante la renuncia a ese momento inicial en el que todas las lenguas se abren como una promesa, como una potencialidad igualmente factible, este libro «nos proporciona a base de lenguaje la salida del lenguaje, el atisbo de la realidad del mundo»; una forma de desandar el camino, abandonar las supuestas certezas y alcanzar ese punto de inseguridad e indeterminación, de extrañeza y fascinación, en el que se puede afirmar precisamente que un escritor es aquella persona a quien le cuesta escribir más que a ninguna otra.

«El idioma materno invita a analizar nuestros más breves gestos, nuestras más vulgares costumbres y nuestras experiencias más sencillas para entender nuestra relación con la literatura». Frente

«Un libro sobre el origen de la vocación literaria». El País

«Ochenta y cuatro ensayos breves desbordados de humor e ironía. [… ] Morábito está dentro de la mejor tradición del ensayo en lengua castellana». La Razón

Scrittore traditore

A los siete años me enamoré de un compañero del colegio. Me habría podido enamorar de una niña, pero en mi escuela los niños y las niñas estaban separados, así que me enamoré de la única niña que estaba a mi alcance, y ésa era Massimo P., un niño tímido de facciones delicadísimas que no hablaba con nadie. Era el primer día de colegio, estábamos en el recreo y Massimo se acercó a pedirme que le amarrara los cordones de los zapatos. Se veía desvalido entre tantos niños que gritaban correteando en el patio y quedé prendado de su hermosura y su fragilidad. «Pareces una niña», le dije, y él, quizá acostumbrado a oír eso, se limitó a sonreír. Acabó el recreo y regresamos al salón de clase. Su lugar estaba separado del mío por dos hileras, ni una sola vez volteó a verme y pensé que se había olvidado de mí. Llegó la hora de la lectura. Cada uno debía leer en voz alta algunos trozos de un cuento que venía en el libro. Leyeron unos cuantos niños antes de que el maestro señalara a Massimo. Él puso su dedo sobre el inicio del párrafo y pronunció la primera palabra; mejor dicho, la balbuceó; en la segunda palabra volvió a atorarse, y también en la siguiente. Leía tan mal, que no pudo concluir la frase, el maestro perdió la paciencia y le dijo a otro que siguiera leyendo. Acepté la triste verdad: Massimo P., a pesar de su apariencia angelical, era un burro redomado. Entonces llegó mi turno. Tomé una decisión repentina: leer peor que Massimo. Pienso que, de haberlo hecho, ahora sería un hombre mejor del que soy. Si hay episodios decisivos en la infancia, ése fue uno de ellos, porque después de equivocarme adrede en la primera línea me di cuenta de que no podría seguir estropeando una palabra más y me solté a leer con una fluidez que el maestro aprobó con un gesto de admiración. «Esto es leer bien», dijo, y creo que fue entonces que vislumbré que mi vocación sería escribir libros, casi al mismo tiempo que conocí el sabor de la traición. Siempre he pensado que son dos vocaciones estrechamente unidas.

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