Ficha técnica

Título: El hombre, un lobo para el hombre | Autor: Janusz Bardach / Kathleen Gleeson | Traducción: Martín Schifino | Editorial: Libros del Asteroide|PVP: 23,95€ | ISBN: 978-84-92663-10-1 | Formato: 14 x 21,5 cm. | Páginas: 480 | Publicación: 23 de noviembre de 2009

El hombre, un lobo para el hombre

EDITORIAL LIBROS DEL ASTEROIDE

 

Entre 1939 y 1940, tras la división de los territorios del este de Europa entre la Unión Soviética y la Alemania nazi que siguió al Pacto Ribbentrop-Mólotov, el pueblo polaco de Volodímir-Volinski en el que vivía Janusz Bardach quedó bajo poder soviético. Después de ser llamado a filas para cumplir con el servicio militar, Bardach se incorporó a una unidad de carros de combate. Cuando al inicio de la invasión nazi de la Unión Soviética el tanque que conducía volcó, un compañero le acusó de haber provocado el incidente; aunque fue condenado a muerte, consiguió rebajar su condena a diez años de trabajos forzados y fue enviado a Kolimá (Siberia).

El hombre, un lobo para el hombre relata el periplo de Bardach por el Gulag soviético hasta llegar a Kolimá y sus experiencias como leñador, minero y finalmente enfermero en un campo de trabajo. Pero además de la narración de los sufrimientos a los que tuvo que hacer frente, este libro es también una reflexión sobre la voluntad de supervivencia y sobre cómo preservar la humanidad cuando no hay rastro de ésta alrededor. Tras su publicación en el año 1998 fue inmediatamente reconocido como un testimonio fundamental del Gulag.

 

 

Prólogo. Frente bielorruso, julio de 1941

La fosa que me ordenaron cavar tenía las dimensiones exactas de un ataúd. El oficial soviético las calculó con cuidado. Me midió con una vara, trazó unas líneas en el suelo del bosque y me indicó que cavara. Quería asegurarse de que yo cupiera  dentro.

Fui cortando enredaderas y raíces mientras el oficial vigilaba mis movimientos, con mirada atenta e inquietud creciente. Debía de ener mi edad: en el crepúsculo su rostro se veía suave y rosado; su cabello rubio sobresalía por debajo de la gorra como un brote de lino.

-Más rápido -dijo, y me golpeó con un palo en las costillas-.

¡No tenemos toda la noche!

Arranqué frenéticamente los escombros que quedaban y hundí la pala en el suelo negro y blando. La tierra aceitosa se adhería a mis botas y se pegaba a la pala, que yo golpeé contra el terreno. Me imaginé atizando al oficial en la cabeza y me pregunté si alcanzaría a golpearlo antes de que se disparase su pistola, pero él parecía leerme el pensamiento: me apuntaba a la cara con el arma. Clavé la pala en el suelo con más fuerza y rapidez, procurando que los ángulos quedaran rectos y las paredes verticales, como había ordenado el oficial.

A medida que la fosa iba tomando forma a mi alrededor, me imaginé boca abajo, atado y sangrando, con una bala en la nuca.
 

 

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