Ficha técnica

Título: El hombre que inventó Manhattan | Autor: Ray Loriga | Editorial: El Aleph Editores Colección: Literatura | Numero: 3 | Precio: 18   | Páginas: 192 | Publicación: 6 de Noviembre de 2008 | Género: Novela | ISBN: 978-84-7669-842-6 | EAN: 9788476698426

El hombre que inventó Manhattan

EL ALEPH EDITORES

Tres años después de la publicación de Trífero, Ray Loriga regresa a la ficción con este relato de vidas entrecruzadas. 

El hombre que inventó Manhattan se hacía llamar Charlie, aunque su verdadero nombre era Gerald Ulsrak. Había nacido muy lejos, en las montañas de Rumania, y siempre había soñado con un sitio mejor. Charlie inventó la Taberna del Caballo Blanco y, alrededor, el Village. Inventó a Dylan Thomas bebiendo allí su última copa y el Hotel Chelsea, para dejarle morir en él una mañana de 1953, también inventó los bares de striptease de Times Square, las tiendas Disney, las pantallas gigantes y el cowboy desnudo que tocaba la guitarra bajo la nieve. Noche tras noche Charlie se repetía lo mismo: mañana será un buen día, mañana será un buen día.

A través de la mirada de Charlie emerge una ciudad mítica, en la que el hechizo de escritores, gangsters y showmen planea sobre las historias de un heterogéneo grupo de personajes: un celador de hospital que se hace pasar por doctor, un hombre enamorado de dos gemelas coreanas, un vendedor de pianos o una joven periodista que se codea con productores de cine, diseñadores y cantantes de moda. 

«Ray Loriga escribe como un hijo bastardo post-existencialista de Camus e, incluso, de Emmanuel Bove.» Barry Gifford 

«Un cruce interesante entre Marguerite Duras y Jim ThompsonPedro Almódovar 

«Loriga se une a este selecto grupo de escritores -como Houellebecq y Haruki Murakami– que están transformando la ficción del siglo XXI». The Big Issue 

El hombre que inventó Manhattan

   El hombre que inventó Manhattan se hacía llamar Charlie, aunque su verdadero nombre era Gerald Ulsrak, estaba casado y tenía dos hijas. A lo mejor sólo una. Se decía que la mayor de las niñas era hija de otro hombre, tal vez por la manera en que Charlie la miraba o, mejor, no la miraba. Gerald Ulsrak había nacido en un pequeño pueblo en las montañas de Rumania y siempre había soñado con un sitio mejor, Manhattan, y un nombre distinto, Charlie.

   Charlie tenía un amigo, al que todos llamaban Chad y que era la clase de persona a la que nadie suele referirse usando sólo su nombre de pila, de manera que Chad era siempre «el bueno de Chad», o «el viejo Chad» o «menudo es Chad». Por supuesto Chad no se llamaba Chad, ni nada por el estilo, se llamaba Pedja Ruseski, pero, como digo, todos le llamaban Chad.

   Charlie pensaba que Chad era el tipo más divertido que había conocido nunca, a pesar de que la mayor parte de la gente opinaba justo lo contrario.

   Charlie siempre contaba que Chad había llegado antes que él a Nueva York y que, por lo tanto, parte de la invención debía de ser suya, pero Chad negaba tales acusaciones con un ligero movimiento de su dedo índice y levantaba su pinta de cerveza para brindar por Charlie, mientras gritaba: «POR EL HOMBRE QUE INVENTÓ MANHATTAN». Así que no había más que hablar.

   Por cierto, Chad negaba siempre con el dedo y en cambio afirmaba con un frenético movimiento de cabeza, que más parecía un no que un sí. Lo cual justificaba la aseveración favorita de Charlie: «Jamás intentes comprender a un rumano».

   En opinión de Pedja Ruseski, al que todos llamaban Chad, el hombre que inventó Manhattan era sin lugar a dudas Gerald Ulsrak, al que todos llamaban Charlie.

   Los dos rumanos apenas se veían, porque la vida tira de un brazo y la amistad del otro, pero cuando se veían, bebían, y cuando bebían, trataban de recordar, y a menudo recordaban con pelos y señales cosas que no habían sucedido. No importaba. Llevaban en Nueva York tanto tiempo que algunos recuerdos se habían quedado escondidos en ese lugar de la memoria que respeta por igual los acontecimientos reales y los inventados.

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