Ficha técnica

Título: El hombre que hablaba Serpiente | Autor: Andrus Kivirähk | Traducción:  Consuelo Rubio Alcover | Editorial: Impedimenta  | Formato: 14 x 21 cm. |  Presentación: Rústica | Fecha: mayo 2017 | Páginas: 512 | ISBN: 978-84-16542-84-0 | Precio: 24,95 euros

El hombre que hablaba Serpiente

IMPEDIMENTA

Una obra épica que bebe de todas las fuentes imaginables, desde la mitología a las obras contemporáneas de ciencia ficción, y que nos relata los días finales de una fascinante civilización abocada a extinguirse.

Unos osos lujuriosos que seducen a las mujeres, un piojo gigante con cierta inclinación por la natación, un sapo volador y una carismática víbora llamada Ints son algunos de los seres que protagonizan las sorprendentes maravillas de este alarde de imaginación que nada tiene que envidiar a los textos de Sjón, Tolkien o Twain.

El hombre que hablaba serpiente narra la fantástica y conmovedora historia de Leemet, un muchacho que vive en el bosque con su familia de cazadores-recolectores y que es, además, el último hablante del serpéntico, un idioma ancestral que le permite comunicarse con los animales. Lamentablemente, a medida que la gente del lugar se traslada a las aldeas, donde se dejan la vida arando la tierra y comen un pan que a Leemet le parece lo más terrible que haya probado jamás, el bosque se va vaciando y sus últimos habitantes tendrán que encontrar un modo de sobrevivir.

«La escritura de Kivirähk es a la vez delicada y franca, infantil y sarcástica. ¿Cómo describir el libro? Imagina que es el fin del mundo, y Tolkien, Beckett, Mark Twain y Miyazaki (con las sagas islandesas y el cómic de Asterix debajo de sus brazos) se han juntado en un camarote para beber y contar historias alrededor de la última hoguera que jamás verán.» Le Magazine Littéraire  

 

I

El bosque se ha quedado vacío. Apenas se encuentra uno con nadie, quitando, por supuesto, los escarabajos peloteros. A ellos no les afecta nada, o al menos esa impresión da, porque siguen zumbando y silbando igual que siempre. Ellos no han cambiado. Vuelan, buscan a alguien para picarle o sorberle la sangre, o bien le trepan a uno por los pies, con aire despreocupado, si se entromete en su camino, y se quedan allí aleteando furiosamente, adelante y atrás, hasta que se les da un pisotón o se los espanta. Su mundo es el mismo de siempre, pero ni siquiera este va a seguir existiendo como hasta ahora. Es cierto, ¡está al caer la hora de los escarabajos! Yo, por supuesto, no lo voy a ver. Ni yo ni nadie. Pero esa hora llegará: no me cabe ninguna duda.

     Tampoco salgo ya demasiado, una vez a la semana o así abandono las profundidades para ir a la fuente a por agua. Me lavo y lavo a mi compañero, restriego su cuerpo caliente. Como gasto mucha agua, he de ir varias veces a la fuente, pero es rara la vez que me encuentro con alguien con el que poder conversar un rato por el camino. En general, no me cruzo con un alma. De hecho, solo en un par de ocasiones me he tropezado con alguna cabra o con un jabalí. Siempre me escrutan temerosos; les da miedo hasta mi olor. Si silbo, se quedan como petrificados, clavados en el sitio, y me dirigen miradas hoscas, pero jamás se me acercan. Me miran fijamente con cara de pocos amigos, como si estuviesen ante un engendro de la naturaleza: ¡es un hombre que entiende el idioma de las serpientes! Esto hace que su terror aumente aún más, y de buena gana se lanzarían de cabeza a un matorral o se destrozarían las patas alejándose a todo correr para tratar de ponerse a salvo, perdiendo de vista a este monstruo tan raro. Pero no pueden. Las palabras se lo prohíben.

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