Ficha técnica

Título: El hombre invisible  | Autor: Ralph Ellison | Traducción:   | Editorial: DeBolsillo | Formato: bolsillo | Páginas: 640 | Medidas: 126 X 190 mm | ISBN: 9788466333566 | Fecha: sept/2016 | Precio: 14,95 euros | Ebook: 7,99 euros

El hombre invisible

DEBOLSILLO

Considerada la obra cumbre de Ralph Ellison y una de las cien mejores novelas de lengua inglesa del siglo XX, esta novela es el relato en primera persona de quien se describe a sí mismo como un «hombre invisible», no por una anormal condición fisiológica, sino porque la sociedad permanece ciega ante él; se niega a verlo.

Ellison desgrana así, desde el presente oscuro, «bajo tierra», del protagonista, las preocupaciones sociales e intelectuales de su tiempo con crudeza y sensibilidad. De ello resulta una dura crítica tejida con poesía e inteligencia, ganadora del National Book Award de ficción en 1953.

 

Prólogo

Soy un hombre invisible. No, no soy un trasgo de esos que atormentaban a Edgar Allan Poe ni uno de los ectoplasmas de vuestras películas de Hollywood. Soy un hombre real, de carne y hueso, con músculos y humores, e incluso podría afirmarse que tengo una mente. Soy invisible simplemente porque la gente se niega a verme. Al igual que las cabezas carentes de tronco que a veces veis en las barracas de feria, es como si estuviera rodeado de espejos de endurecido cristal deformante. Cuando alguien se acerca a mí tan solo ve lo que me rodea, a sí mismo o productos de su imaginación… en definitiva, todo, cualquier cosa, menos a mí.

Mi invisibilidad no se debe a una alteración bioquímica de mi piel. La invisibilidad a la que me refiero se produce a causa de una peculiar predisposición de los ojos de aquellos a quienes trato. Tiene que ver con sus ojos interiores, aquellos con los que ven la realidad mediante sus ojos físicos. No me quejo, ni tampoco protesto. En ocasiones es una ventaja no ser visto, aunque por lo general resulta exasperante. Además, quienes padecen ese defecto visual tropiezan continuamente conmigo. A menudo uno llega a dudar de su propia existencia. Se pregunta si no es más que un espectro en la mente de los otros, algo así como una imagen de pesadilla que el durmiente intenta con todas sus fuerzas aniquilar. Cuando tiene esa sensación, comienza a devolver, por puro resentimiento, los empujones que la gente le propina. Y debo confesar que uno tiene esa sensación la mayor parte del tiempo. Sufre con la necesidad de convencerse a sí mismo de que en efecto existe en el mundo real, de que forma parte del ruido y la angustia de todos, y la emprende a puñetazos, maldice y blasfema para obligar a los demás a reconocer su existencia. Y por desgracia rara vez lo logra.

Una noche tropecé sin querer con un hombre que, quizá debido a la penumbra, me vio y me insultó. Me abalancé sobre él, le agarré por las solapas y le exigí que se disculpara. Era un hombre alto y rubio; cuando acerqué mi rostro al suyo, me lanzó una mirada insolente con sus azules ojos y me maldijo, y noté su aliento ardiente en la cara mientras forcejeábamos. Le bajé el mentón hasta colocarlo sobre mi coronilla y comencé a darle cabezazos como había visto hacer a los antillanos. Advertí que se le rajaba la carne y que manaba sangre, y entonces grité: «¡Pídeme perdón! ¡Pídeme perdón!». Pero siguió maldiciendo y luchando, así que le di cabezazos una y otra vez hasta que se desplomó de rodillas sangrando profusamente. Le pateé repetidas veces, furioso porque todavía mascullaba insultos aunque tenía espumarajos de sangre en los labios. ¡Sí, le pateé! Llevado por la ira, saqué la navaja y me dispuse a rebanarle el pescuezo allí mismo, bajo la farola, en la calle desierta; le agarré por el cuello de la camisa con una mano mientras intentaba abrir la navaja con los dientes, y en ese momento se me ocurrió pensar que en realidad el hombre no me había visto, que desde su punto de vista era un sonámbulo en medio de una pesadilla. Cerré la navaja, cuya hoja tan solo cortó el aire, al tiempo que arrojaba al hombre al suelo de un empellón. Lo miré de hito en hito cuando los faros de un coche rasgaron la oscuridad. Gemía tendido en el asfalto; un hombre al que por poco asesina un fantasma. Sentí repulsión y vergüenza. Me flaqueaban las piernas cuando eché a andar con paso vacilante, como un borracho. Y tuve una idea divertida. En la cabeza hueca de ese hombre había saltado algo que lo había vapuleado hasta casi quitarle la vida. Este descubrimiento disparatado me dio risa. ¿Tal vez se había despertado estando al borde de la muerte? ¿Acaso la muerte había tenido la facultad de liberarle para permitirle vivir despierto? No me detuve a pensarlo. Corrí hacia la oscuridad soltando tales carcajadas que temía descoyuntarme. Al día siguiente vi su foto en el Daily News, con un pie en el que se decía que lo habían «asaltado». Pobre imbécil, pobre ciego imbécil, asaltado por un hombre invisible, pensé con sincera compasión.

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