Ficha técnica

Título: El hombre del traje gris | Autor: Sloan Wilson | Prólogo: Jonathan Franzen | Epílogo: Sloan Wilson | Traducción: Baldomero Porta | PVP: 21,95€ | ISBN: 978-84-92663-01-9 | Tamaño: 21,5 x 14 cm | Páginas: 400 | Edición: mayo de 2009

El hombre del traje gris

LIBROS DEL ASTEROIDE

 

En la sociedad norteamericana de los cincuenta, casi todos los hombres de clase media-alta llevan vidas similares: viven en urbanizaciones a las afueras de las ciudades, van cada día a trabajar en tren, visten trajes de corte parecido y, al llegar la noche, se relajan con la copa que les ha preparado su mujer. Se supone que no se puede pedir más a la vida.

Como Tom Rath, que también parece tenerlo todo: una bonita casa, tres hijos, una mujer que le quiere y un sueldo razonable. Sin embargo esa aparente fachada no logra aplacar su angustia: abducido por su trabajo en una gran corporación y perseguido por sus recuerdos de la segunda guerra mundial, Tom no es capaz de sosegarse.

Mundialmente aclamada tras su publicación en 1955, la novela El hombre del traje gris está considerada como una de las obras que mejor han sabido captar el espíritu de los cincuenta; su aparición supuso la acuñación de la frase «hombre de traje gris» para resumir todo un estilo de vida.

La historia de un hombre que intenta encontrar el verdadero sentido de su trabajo y de su vida en la ajetreada sociedad moderna tiene hoy tanta actualidad como en el momento en el que se publicó.

 

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 Llevaban siete años viviendo en su casita de Greentree Avenue, en Westport, Connecticut, y ya la detestaban. Y ello por varias razones,ninguna de ellas lógica, pero todas imperiosas. En primer lugar, la casa poseía una especie de talento maligno para ofrecer pruebas de sus deficiencias y borrar todo rastro de sus bue nas cualidades. El descuidado césped y los hierbajos que llenaban el jardín pregonaban a los transeúntes que Thomas R. Rath y su familia no eran de los que disfrutaban «arreglando la casa» ni podían pagar a otra per sona para que lo hiciera por ellos. El interior de la casa tenía un espíritu más vengativo todavía. En la sala, cerca del suelo, el yeso del revocado presentaba una enorme desconchadura que ascendía adoptando la forma de un signo de interrogación. A la pared el mal le venía del otoño de 1952, cuando después de bregar durante meses para pagar facturas atrasadas, Tom llegó a casa una noche y se encontró con que Betsy había pagado cuarenta dólares por un jarrón de cristal tallado. Aquellos despilfarros eran totalmente impropios de Betsy; de la guerra a esta parte, por lo menos, Betsy era un ama de casa sensata. Y cuando hacía algo que a Tom no le gustaba, solían discutir la cuestión cuidadosa y razonablemen te. Pero precisamente aquella noche Tom estaba can sado y preocupado porque él, por su parte, acababa de gastarse setenta dólares en un traje nuevo que creía necesitar para vestir de acuerdo con las exigencias de su profesión, y en el momento culminante de una discusión acalorada, levantó el jarrón y lo arrojó contra la pared. El grueso cristal se hizo añicos, el yeso se desprendió y dos de los listones que cubría se rompieron. A la mañana siguiente, Tom y Betsy, de rodillas, se afanaron en revocar la grieta y luego repintaron toda la pared; pero cuando la pintura estuvo seca la gran escotadura junto al suelo quedó perfectamente visible, y arrancando de ella el trozo curvado que subía casi hasta el techo dibujaba un signo de interrogación. A Tom y Betsy que la desconchadura tuviera aquella forma no les pareció simbólico, ni siquiera divertido, sino sencillamente enojoso. Aquella curiosa forma hacía que la gente se quedara mirándola abstraída; durante una fiesta que dieron, un invitado al que se le había ido la mano con la bebida exclamó:

-Oye, es curioso. ¿Os habéis fijado en el gran interrogante que
tenéis en la pared?
-No es más que una desconchadura -replicó Tom.
-Pero ¿por qué había de seguir la forma de un interrogante?
-Simple coincidencia.
-Es curioso -insistió el invitado.

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