Ficha técnica

Título: El hijo | Autor: Philipp Meyer | Traducción: Eduardo Iriarte Goñi | Editorial: Literatura Random House | Formato: tapa blanda con solapa | Páginas: 592 | Medidas: 139 X 230 mm | Fecha: nov/2015 | ISBN: 9788439729273 | Precio: 22.90 euros | Ebook: 12,99 euros 

El hijo

LITERATURA RANDOM HOUSE

En El hijo, una novela de resonancias épicas y una historia de iniciación, Philipp Meyer explora la crueldad, el sacrificio y la ambición de un lugar y una época, el Lejano Oeste de Estados Unidos desde mediados del siglo XIX hasta los años setenta del siglo pasado.

Eli McCullough es el primer varón nacido en la recién inaugurada República de Texas. Durante una fatídica noche de 1849, una banda de comanches asalta su hogar, asesinando brutalmente a su madre y a su hermana y tomándolo a él como prisionero. Con apenas trece años pero armado de valor e inteligencia, se verá obligado a vivir en el seno de la tribu y a adaptarse a sus costumbres bajo un nuevo nombre y como hijo adoptivo del jefe indio. Cuando el hambre, las enfermedades y el avance del ejército americano acaban con los últimos poblados libres, Eli vuelve al mundo civilizado, donde acabará creando un imperio ganadero. Su hijo Peter cargará con el peso emocional de la campaña de su padre por el poder, mientras que Jeannie, su bisnieta, luchará para conservar el patrimonio de los McCullough en un mundo de hombres donde la ganadería ha dejado paso al petróleo.

Considerada una de las mejores novelas del año por la prensa y los lectores.
Finalista del Pulitzer 2014. Éxito de ventas también en Europa: más de 45.000 ejemplares vendidos en Gran Bretaña y más de 70.000 en Francia. Por uno de los autores más importantes de la literatura norteamericana actual.

La crítica ha dicho…

«Magistral.» The New York Times

«El hijo puede ser reivindicada como una gran novela americana.» The Washigton Post

«Meyer hace algo muy interesante y rendidor. Se instala en el muy tradicional y curtido western/saga familiar y lo enrarece con una alternancia de voces y registros y épocas para conseguir un más que disfrutable producto donde conviven sin molestarse las invocaciones gótico-bíblicas de Faulkner, McCarthy con la muy funcional y enganchadora narratividad pura y dura de un Nobel local.» Rodrigo Fresán, Letras Libres

«Sin lugar a dudas, uno de los mejores libros estadounidenses de este siglo. Un Cormac McCarthy con imponentes personajes femeninos, o un Jonathan Franzen más visceral.» Bookseller

«Digno heredero de William Faulkner.» La Libre Belgique

«Philipp Meyer nos ofrece un impresionante retrato de los orígenes de la América moderna.» Le Salon Littéraire

«Las páginas de El hijo gotean sangre y huelen a petróleo. […] Magistral.» El Cultural

«Malditos americanos. Las mejores películas, la mejor música y ahora un autor como Philipp Meyer. Esta épica novela merece un lugar en la lista de las grandes novelas americanas. El hijo es una maravillosa experiencia de lectura que no deja indiferente. Inolvidable.» De Limburger

«Una obra maestra.» Het Parool 

 

 

EL CORONEL ELI McCULLOUGH

EXTRACTO DE UNA GRABACIÓN DE 1936 DE LA ADMINISTRACIÓN DE PROYECTOS DE TRABAJO

Se me auguró que viviría cien años, y tras haber alcanzado esa edad no tengo motivos para dudarlo. No muero como cristiano aunque tengo la cabellera intacta, y si hay un cazadero eterno, allá voy a ir a parar. Allá o a la laguna Estigia. Mi opinión en este momento es que he tenido una vida muy corta: cuánto bien podría hacer si se me concediera otro año en pie. En cambio, estoy amarrado a esta cama, haciéndome encima las necesidades como un crío.

Si el Creador tiene a bien darme fuerzas, me llegaré a las aguas que discurren por los pastos. El río Nueces a la altura de su meandro este. Siempre he preferido el del Devil. En sueños lo he alcanzado tres veces, y es sabido que Alejandro Magno, su última noche de vida mortal, se escabulló del palacio e intentó sumergirse en el Éufrates, consciente de que si su cuerpo desaparecía, su pueblo pensaría que había ascendido a los cielos como un dios. Su esposa lo detuvo a la orilla del agua. Lo arrastró de vuelta a casa para que muriese como mortal. Y la gente se pregunta por qué no volví a casarme.

Si apareciera mi hijo, preferiría no verme obligado a soportar su sonrisa de triunfo. Semilla de mi destrucción. Sé lo que hizo y sospecho que lleva ya tiempo honrando con su presencia las riberas del Jordán, porque Quanah Parker, último jefe de los comanches, no dio muchas oportunidades al muchacho de llegar a los cincuenta. A cambio de esa información ofrecí a Quanah y sus guerreros un búfalo joven, un animal de primera para que lo matasen a la antigua usanza con lanzas, en mis tierras que antaño fueran su cazadero. Uno de los compañeros de Quanah era un venerable jefe arapahoe, y mientras nos comíamos el hígado caliente del búfalo según las viejas costumbres, untado en la propia bilis del animal, me dio una alianza de plata que él mismo le quitó del dedo a George Armstrong Custer. En el anillo figura la inscripción «7.º Cab.». Tiene una profunda hendidura de un lanzazo, y, puesto que no tengo un heredero como es debido, lo llevaré conmigo al río.

La mayoría estará familiarizada con mi fecha de nacimiento. La Declaración de Independencia que liberó a la República de Texas de la tiranía mexicana se ratificó el 2 de marzo de 1836, en una humilde choza a orillas del Brazos. La mitad de los firmantes padecía malaria; la otra mitad había venido a Texas para huir de la soga del verdugo. Yo fui el primogénito de la nueva república.

Los españoles llevaban en Texas cientos de años pero no habían llegado a ninguna parte. Desde Colón habían estado conquistando a todos los nativos que se les ponían delante y aunque nunca he conocido a un azteca, debían de ser un montón de monaguillos remilgados. Los apaches lipanes pararon a los antiguos conquistadores en seco. Luego llegaron los comanches. El mundo no había visto nada parecido desde los mongoles; ahuyentaron a los apaches hasta el mar, destruyeron el ejército español y convirtieron México en un mercado de esclavos. Una vez vi comanches conduciendo una multitud de aldeanos por la orilla del Pecos, los había a centenares, del mismo modo que uno llevaría el ganado.

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