Ficha técnica

Título: El grupo. 1964-1974 | Autora: Ana Puértolas | Editorial: Anagrama  | Colección: Narrativas hispánicas | Fecha: may-2016 | Páginas: 352 | ISBN :978-84-339-9813-2 | Precio: 20,90 euros | Ebook: 9,99 euros

El grupo. 1964-1974

ANAGRAMA

Madrid, marzo de 1964: Marta se dirige a una manifestación de las recién creadas Comisiones Obreras del Metal en la sede de los Sindicatos Verticales. Va cargada de panfletos que expresan la solidaridad de los estudiantes universitarios con la lucha obrera. 

Un año más tarde, Ramón asiste a una sesión de la asamblea libre de estudiantes en Madrid y participa en la marcha encabezada por Aranguren, García Calvo, Montero Díaz y García Vercher.

En el verano del 66 Carmenchu ve frustrado un viaje a China a causa de una tuberculosis. El estado de excepción posterior al atentado contra el inspector de la Brigada Político-Social Melitón Manzanas en agosto de 1968 retiene a Lola y Carmenchu en los calabozos del Gobierno Civil de San Sebastián durante un mes…

Distanciados de la dirección del partido maoísta al que pertenecen, todos ellos deciden, junto a otros compañeros jóvenes y dogmáticos, constituirse en un grupo basado en los principios del marxismo-leninismo-pensamientomaotsétung, pero sin conexión alguna con el resto de partidos de la misma orientación, y con el objetivo inequívoco de combatir al Estado fascista, derrocarlo y seguir la lucha hasta conseguir el socialismo. Ellos, «el grupo», son los protagonistas de esta historia que va repasando los hechos más significativos del muy decisivo periodo de 1964 a 1974.

Son relatos de esfuerzo, generosidad y arrojo, también de miedos y vacilaciones; fragmentos de vida que la autora acompaña de unos apéndices con documentación que permitirán al lector sumergirse de lleno en los últimos años de la dictadura franquista. Ana Puértolas no se limita a dar cuenta de las batallas libradas durante una época dura y despiadada, sino que hurga en las dudas, los conflictos y las perplejidades de unos muchachos entregados a una lucha arriesgada, forzados a la clandestinidad y abanderados de una ideología que va mostrando, en mayor o menor medida, su rostro más sombrío.

1.MARZO DE1964. MARTA

La cita era en el Teide, a las seis y media de la tarde. Había mucha claridad en las calles, estamos ya en marzo, se dijo Marta, y eso la tranquilizó. Le gustaba la luz, sobre todo la del cielo de Madrid que tanto le había asombrado cuando vino a estudiar a la capital. Un cielo despejado, una atmósfera quieta y un sol siempre cálido por mucho frío que hiciera, no como en Zamora, con ese viento gallego que desbarataba todo lo que pillaba. No era momento de pensar en el tiempo, estaba entrando en el Teide, y fue directa hacia Ramón y Carlos. Habían quedado un poco antes de la hora para esperar juntos a Guille, su contacto con la dirección de FUDE, pero apenas tuvieron tiempo de saludarse. Hola, cómo estáis, Guille se les acercó y sin darles ocasión de contestar (ni que importara eso, pura fórmula, ya se sabía), hola, seguidme, les condujo al interior de un dos caballos y les entregó una bolsa a cada uno. Habrá lío, tened cuidado, y ahora cada uno por su cuenta, ¡ah!, a las nueve aquí, y media hora más tarde la cita de seguridad en el Gijón. Marta metió el paquete dentro de su bolso, una enorme bandolera recién comprada, y suspiró tranquila, le cabían todos los panfletos, menos mal, así se evitaba ir con un bulto sospechoso a cuestas, además esos bolsos gigantescos de cuero eran moneda corriente y nadie podría sospechar qué llevaba dentro. Miró de reojo a Ramón y a Carlos, y sin despedirse se dirigió hacia Sindicatos por la acera del Teide. La primera parte de su misión estaba hecha, recoger la mercancía, la más fácil. Podía haber ocurrido que justo les hubiera visto un policía, todo era posible en ese Madrid pantanoso y esquivo. Pero no, había echado a andar y no veía nada raro detrás. Tampoco delante. Los polis debían de estar todos en el paseo del Prado. Bueno, tranquila, tenía tiempo de sobra, quizás lo mejor era entrar a tomar un café en algún sitio y no pasearse como tonta, cantaba la parrala. Ramón vio cómo se dirigía hacia el sur de la Castellana a buen ritmo, ni muy rápido ni muy lento, qué bien andaba, pensó, pasos largos y un cuerpo casi inmóvil sobre sus piernas, flotando. Marta sintió su mirada pero no quiso volver la vista atrás. No acababa de entender a Ramón, tampoco tenía por qué, eran compañeros de estudios y de militancia estudiantil, no había necesidad alguna de comprenderle. Redicho lo era un rato, un mal muy compartido, había tantos como él, siempre con sus citas a cuestas, pero había además algo decisivamente nefasto, le gustaba Neruda, Pablo Neruda, un autosatisfecho de mucho cuidado, el poeta que cantaba a las pequeñas cosas, el optimista crónico, no podía aguantarlo. Ella era vallejiana, con eso estaba dicho todo. César Vallejo, el cholo amargado frente al chileno encantado de haberse conocido, triunfador y coleccionista maniaco. Al llegar a Cibeles Marta se olvidó del café y decidió cruzar al otro lado de la Castellana, hacia Correos, el Ritz y el Prado, para situarse frente a Sindicatos, imposible pasar de largo, no fijarse en la contundente construcción de los años cuarenta. Pero cuando llegó a Felipe IV, se le ocurrió rodear el museo y entrar en la iglesia de los Jerónimos. Le encantaban las iglesias vacías, medio a oscuras, daba gusto sentarse en un banco y dejar volar la cabeza. Lo hizo. Notaba el peso de los panfletos en su bolso y sabía que se acercaba la hora. Tenía miedo, mucho miedo en realidad, pero qué le iba a hacer, se había comprometido y no había más que hablar. Con miedo o sin miedo sacaría los panfletos del bolso y los repartiría. Era su primera acción en la calle y estaba realmente asustada. Pero, asustada o no, tenía que hacerlo. Se trataba de una concentración convocada por Comisiones Obreras, nada menos que los del Metal, prometía ser sonada y había que estar allí, había que luchar contra el franquismo en todos los frentes, no sólo desde la universidad. Para eso militaba ella en FUDE, para acabar con la explotación, para que los trabajadores cobraran un sueldo justo y vivieran en casas de verdad, no en esos barrios de mierda, con calles sin asfaltar y edificios a medio hacer que había visto al llegar a Madrid.

[ADELANTO DEL LIBRO EN PDF]