Ficha técnica

Título: El gran dolor del mundo | Autor: Francisco Candel | Editorial: Debate | Formato: tapa dura | Páginas: 928 | Medidas: 175 X 243 mm | ISBN: 9788499926506 | Fecha: feb/2017 | Precio: 27,90 euros | Ebook: 10,99 euros

El gran dolor del mundo

DEBATE

El gran dolor del mundo reúne una amplia selección de los diarios inéditos de Francisco Candel, quien llevó constancia de su día a día desde 1944 hasta pocas semanas antes de morir, en 2007.

En la cubierta del primer volumen de sus diarios, Francisco Candel escribió: «Quien quiera que seas, si por casualidad tropiezas con este cuaderno, no cometas la indiscreción de leerlo». Sin embargo, con el tiempo cobró conciencia de su interés como testimonio incalculable de una época y de sí mismo. Candel fue un hombre de frontera, entre el precario mundo que le vio nacer, al que sería fiel en su obra toda la vida, y el mundo letrado catalán, al que se incorporaría contando solo con su intensa vocación por la literatura. Este volumen se cierra con la muerte de Franco, un hecho que se convertiría en una obsesión para él, pues significaba el fin del autoritarismo político.

A lo largo de su obra, Candel recorrió ampliamente su propia biografía, pero los diarios, escritos con una minuciosidad conmovedora, ponen de manifiesto la coherencia entre vida y obra; la creencia en la responsabilidad universal a la manera en que la sintieron los escritores rusos: cada uno de nosotros es responsable ante los demás por todo lo que ocurre. Tal pensamiento le condujo a una estética de un realismo radical, donde solo tenía cabida la verdad de lo observado por él. Los diarios recogen la épica cotidiana de la gente que sufre, a la que acecha la miseria y a la que Candel dota de una particular elevación moral. El gran dolor del mundo también da cuenta de sus preocupaciones, de su lucha por ser un escritor, más allá de la precariedad de sus orígenes, sus problemas con la censura, sus angustias metafísicas, la vida cotidiana bajo el franquismo o la difícil felicidad conyugal.

 

Introducción

En mayo de 2011 tuve la oportunidad de conocer a María Candel, hija del escritor y albacea junto a su hermano del legado literario de su padre. Vino a la Unidad de Estudios Biográficos para decirme que entre los muchos papeles encontrados había un diario mantenido desde enero de 1944 hasta poco antes de su muerte -con algunas interrupciones sobre las que ya volveré-. En los días sucesivos fue trayendo los primeros cuadernos, hasta 1975. Era evidente que le costaba desprenderse de ellos, ni que fuera momentáneamente. En total, dieciocho cuadernos escritos, en su mayoría hasta la última página, con letra menuda, clara y regular, con escasas correcciones y sin la menor floritura. Incluían recortes de prensa, dibujos sencillos, anotaciones sobre el precio de las cosas, chistes políticos y, sobre todo, el maravilloso fluir de la vida de un hombre íntegro, con un fondo meditabundo y en lucha abierta contra el franquismo. La historia de España, de Cataluña, vivida y sentida desde un rincón pobre y promiscuo de Barcelona, el barrio de Can Tunis en Montjuïc, discurre por estas páginas en un estilo que, por su verdad, no podía, no puede, dejar a nadie indiferente. Sin embargo, cualquier lector de Candel sabe que hablar de su diario no es ninguna novedad. Él se refiere a menudo en su obra a su hábito de escribir diariamente -inventará la palabra «diariar»- y aquellos cuadernos, siempre abiertos o al alcance en su pequeño estudio de la calle Fundición, le servían para recordar hechos, nombres y situaciones, pero también en sí mismos constituían un taller de escritura, un observatorio permanente del mundo de su entorno y una necesidad vital. Un refugio de su ser, tan dado por otra parte a los otros.

Su primera anotación, a los 18 años, es para decir que su madre ha muerto. Parece no dar crédito a la experiencia de haberla perdido bruscamente, después de tan sólo cinco días de enfermedad, y el diario le sirve para aligerar su pena, pero también para fijar los detalles de su pérdida. No sabemos si ésta es su primera anotación diarística, lo normal es que quien escribe por primera vez para sí mismo dé alguna explicación de por qué lo hace o qué se propone hacer. Nada de ello ocurre en la primera entrada, donde Candel copia con la mayor naturalidad la carta enviada a su querido amigo Cifras (un día, al pedir una partida de nacimiento, Cifras descubrirá que en realidad su apellido es Sifre). Pero también es cierto que la gravedad de lo ocurrido hace aflorar en Candel la necesidad de escribir y volcar sus sentimientos, la nueva soledad que se instala en su vida.[1] Todo lo que no se escribe se olvida y es evidente que él no desea olvidar cómo han sucedido los hechos que marcarán su futuro, pues con la pérdida de la madre el sentido profundo de la unidad familiar también desaparecería. Su amigo Sifre con el tiempo también cultivaría la escritura literaria, como Candel, aunque hasta ese momento, a mediados de los cuarenta, los dos jóvenes vivían apasionados por el dibujo y la pintura. Esa fue su primera vocación, aunque no podría desarrollarla por la falta de medios y de formación, pero en sus cuadernos algo queda de su vieja afición por el dibujo. La literatura, en cambio, no requería más que papel y lápiz -con suerte, una máquina de escribir-, de modo que su talento creativo encontró en la escritura el cauce expresivo más adecuado a sus medios y posibilidades. Candel aprendería a escribir escribiendo; como todos, claro, pero su caso fue especial por la dedicación y los sacrificios que le supuso abrirse camino profesionalmente. Su angustia por labrarse un porvenir como escritor quedaría expuesta en su primera obra publicada, Hay una juventud que aguarda (1956).

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