Ficha técnica

Título: El gran depredador. Gabriele d’Annunzio. Emblema de una época | Autora: Lucy Hughes-Hallett | Traducción: Amelia Pérez de Villar | Editorial: Ariel | Presentación: Tapa dura con sobrecubierta | Formato: 14,5 x 23 cm. | Páginas: 752 | ISBN: 978-84-344-1901-8 | Precio: 29,90 euros | Ebook: 14,99 euros

El gran depredador

ARIEL

Un hito literario. El primer libro que logra los 3 premios más prestigiosos de ensayo: el Samuel Johnson, el Costa Book Award y el Duff Cooper Prize.

¿Por qué fascina la historia de D’Annuzio? D’Annunzio era una figura casi teatral, como una celebrity actual: plagió de todo, textos, ideas, modas, fue un derrochador de dinero que siempre estuvo en deuda con alguien, se corrió las juergas más exageradas, fue un mujeriego infatigable y despreció todos los órdenes establecidos… hasta que se convirtió en uno de los ideólogos de la peor de todas las ideologías: el fascismo.

Este fascinante libro relata el proceso por cual se convirtió en lo que fue: la evolución de artista libertino e idealista romántico a revolucionario radical fascista, en paralelo, a su vez, al desarrollo de la turbulencia política de Italia y Europa de principios del siglo XX, es decir, del nacimiento del culto al nacionalismo y del origen del extremismo político. Así, el libro empieza con una serie de flashes que repasan toda su vida, desde su precocidad de poeta brillante con apenas 17 años de edad, hasta su muerte en 1937 a los 74 años.

Luego, la autora se centra en el final de su exilio de cinco años en París y su diseñado y orquestado regreso a Italia al más puro estilo Garibaldi, para promocionar el movimiento de apoyo a la entrada de Italia en la segunda guerra mundial.

«Se trata de una obra magnífica, tan audaz como fascinante, tan rigurosa como reveladora, tan emocionante como sorprendente.» The Daily Mail

«Una vida extraordinaria narrada con un estilo ágil, irónico y contundente.» The Guardian

El gran depredador

En septiembre de 1919 Gabriele D’Annunzio, poeta, aviador, nacionalista, demagogo y héroe de guerra, asumió el liderato de 186 amotinados del ejército italiano. Al volante de un Fiat rojo intenso tan cargado de flores que algún observador pensó que era un coche fúnebre (a D’Annunzio le encantaban las flores) los dirigió en una marcha por la ciudad portuaria de Fiume, en Croacia, parte del extinto Imperio Austrohúngaro, sobre cuyo desmembramiento estaban deliberando en París los despiadados dirigentes aliados. Un ejército que representaba a los Aliados se interpuso en su camino. Las órdenes del Alto Mando aliado estaban claras: parar a D’Annunzio, disparándole a muerte si era necesario. Pero aquel ejército era italiano, y una gran parte de sus miembros simpatizaba con lo que estaba haciendo D’Annunzio. Uno tras otro los oficiales empezaron a desoír las instrucciones recibidas. Según dijo después D’Annunzio a un periodista, resultaba casi cómica la forma en que las tropas regulares iban retirándose, o desertando, para seguir su estela.

Cuando llegó a Fiume el número de los que le seguían ascendía a unos dos mil. Le dieron la bienvenida multitudes eufóricas que habían estado toda la noche en vela, esperándole. Un oficial, a su paso por la plaza Mayor a primera hora de la mañana, la encontró llena de mujeres en traje de noche y con un arma en la mano, una imagen que capta a la perfección la naturaleza de aquel lugar-unamezcla de fiesta fantasmagórica y campo de batalla-durante los quincemeses que D’Annunzio dirigió Fiume como Duce y dictador, desafiando a las potencias aliadas.

Gabriele D’Annunzio era un hombre de opiniones políticas apasionadas, aunque no muy coherentes. Era el más grande de los poetas italianos -tanto en su propia consideración como en la de muchos otros- desde Dante. Era «il Vate», el bardo nacional. Era el portavoz del movimiento irredentista, cuyos seguidores aspiraban a recuperar aquellos territorios que una vez habían sido italianos, o eso decían, y que habían quedado irredenti (sin recuperar) cuando los italianos se liberaron de la dominación extranjera del siglo anterior. Su objetivo -de todos conocido- al entrar en Fiume había sido convertir aquel lugar, con una importante población italiana, en parte de Italia. A los pocos días de su llegada ya había quedado patente que su objetivo no era realista, pero antes que admitir la derrota D’Annunzio decidió ampliar su visión de lo que podía lograr en aquel pequeño feudo. No se trataba solo de un trozo de territorio que se disputaban unos cuantos: D’Annunzio decidió que iba a establecer allí una ciudad-estado modelo, tan innovadora desde el punto de vista político y tan brillante culturalmente que todo el mundo, apagado y agotado por la guerra, se quedaría atónito al contemplarla. Definió a Fiume como un «faro que luce en medio de un océano de abyección». Era un fuego sagrado cuyo chisporroteo, al volar al viento, encendería el mundo. Era la «Ciudad del Holocausto».

Aquel lugar se transformó en un laboratorio político. Socialistas, anarquistas, sindicalistas, y algunos que a principios de aquel mismo año habían comenzado a definirse como fascistas, se congregaron allí. Llegaron representantes del Sinn Féin y de todos los grupos nacionalistas desde la India hasta Egipto, discretamente seguidos por agentes británicos. Luego había otros cuyo reino no era de este mundo: la Unión de Espíritus Libres que Tienden a la Perfección, que se reunían bajo una higuera en el casco viejo de la ciudad para hablar del amor libre y de la abolición del dinero; y el YOGA, una especie de club político cum banda callejera descrito por uno de sus miembros como «una isla de bendición en el mar infinito de la historia».

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