Ficha técnica

Título: El frente ruso | Autor: Jean-Claude Lalumière | Traducción: Paula Cifuentes |  Editorial: Libros del Asteroide | Género: Novela | ISBN: 978-84-92663-38-5 | Páginas: 192 | Formato:  20 x 12,5 cm. | PVP: 17,95 € | Publicación: 28 de Marzo 2011

El frente ruso

LIBROS DEL ASTEROIDE

A veces un pequeño detalle lo puede decidir todo: el que condiciona la carrera de un joven funcionario, un tanto ingenuo, del Ministerio de Asuntos Exteriores francés es el maletín que le ha regalado su madre por su primer trabajo. El día de su toma de posesión, el jefe de personal tropieza con él y destina a su dueño al departamento de «Países en vías de creación. Sección Europa del Este y Siberia»: el frente ruso.

Utilizando este peculiar negociado como base de operaciones nuestro hombre intentará hacer carrera en el ministerio, aunque sus intentos no siempre tendrán éxito. El ambiente en el que desempeñará su trabajo está poblado por una peculiar fauna -una secretaria hippy a punto de jubilarse, un informático fantasmón, un jefe inepto o un compañero trepa- que le resultará familiar a todo el que haya trabajado en una oficina alguna vez.

Publicada con gran éxito en Francia en el año 2010, esta desternillante sátira de la burocracia y el mundo empresarial tiene también un trasfondo amargo: el que deja la renuncia a toda ambición.

«Lalumière cuenta con armas menos ligeras de lo que parece: un cómico que no se amilana nunca ante la carcajada, una frase rítmica que encuentra su equilibrio -el de la ironía- en medio de hábiles digresiones. Y esa ligera melancolía que, para Vladimir Jankélévitch, entra dentro de la misma definición del humor, «el encanto agridulce del hombre que se debate entre la risa y el llanto y se reconcilia con un destino cruel».» François Aubel Le Magazine Littéraire

«Y Lalumière hizo la luz… en esta rentrée literaria globalmente soporífera y a menudo agotadora. El frente ruso es una pausa, una ensoñación, un café aromático, un mullido cojín…» Nicolas Ungemuth Le Figaro Magazine

«Nos gusta este campeón de las meteduras de pata de ironía constante, nos conmueve con sus recuerdos de una juventud tierna y con sus ambiciones forzosamente frustradas. En fin, en el arriesgado ejercicio de la comedia agridulce, esta novela es un éxito.» Marie-Françoise Leclère Le Point

«El frente ruso, primera novela de Jean-Claude Lalumière y jubilosa y agridulce comedia, es una de las mejores sorpresas de esta rentrée literaria. Una de las novelas más divertidas de estos últimos años y el arte de su autor consiste en encontrar el equilibrio perfecto entre trivialidad y sofisticación.» Christian Authier L’Opinion Indépendante du Sud-Ouest

 

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Cuando era pequeño, podía pasarme horas observando el papel pintado. Las paredes del cuarto de estar de casa de mis padres, recubiertas con un motivo vegetal rococó posmoderno, colección Vénilia de 1972, producían en mi imaginación, ya de por sí fácilmente impresionable, monstruos espectaculares. Acababa de cumplir ocho años. Solo tenía que instalarme en el sofá de terciopelo marrón, fijar la mirada en el hueco que quedaba entre el sillón y la pared y esperar pacientemente a que el punto flotante en el que me concentraba tomara poco a poco el aspecto de la cara burlona de una criatura del infierno. Las flores de lis le dotaban de orejas y cuernos; las hojas de acanto, de una boca abierta y una lengua colgante; dos tallos entrelazados de madreselva o de pasiflora que ascendían a las alturas formaban su pelo ensortijado; en el espacio que quedaba, dos hojas colocadas simétricamente proporcionaban a ese monstruo unos ojos socarrones e hipnóticos que terminaban por atraparme. Me atenazaba el miedo a no poder liberarme de su influencia y me espabilaba. Mi madre, que solía deambular por el cuarto de estar, siempre que me veía así, con pinta de estar aburriéndome, me proponía ver los dibujos animados. Yo intentaba seguir concentrado en mi ejercicio, pero era en vano, pues ella, sin esperar mi respuesta, encendía la televisión y me sacaba de mi ensueño. Huía entonces a mi habitación, escapaba de la presencia de esa madre que un día sí y otro también frustraba mis tentativas de evasión.

  Mi habitación siempre estaba ordenada. Esa era la voluntad de mi padre. Y mi madre, dispuesta a secundarlo en todo, vigilaba que así fuera. Yo no era un adicto al orden. Con ocho años, me diréis, raros son los niños que tienden al orden. Pero como buena ama de casa, mi madre no dudaba en paliar mis carencias en la materia. Los dos conservamos en la memoria, ya que en esa ocasión perdimos parte de nuestras capacidades auditivas, el grito de dolor que soltó mi padre cuando vino a mi cama a darme un beso de buenas noches. Todavía lo veo iluminado por la tenue luz de la lamparita de la mesilla de noche, con su pijama de rayas azules y blancas. Sujetándose el pie magullado con las dos manos, saltó y saltó sobre el mismo sitio, como si semejante ejercicio pudiera atenuar el dolor provocado por la pieza de Lego que acababa de pisar. Sus chillidos aumentaron cuando, en el tercer salto, el pie sano aterrizó, por una pequeña desviación, sobre la cabellera de un clic de Playmobil que había conseguido arrancar del cráneo de su propietario sirviéndome de mis dientes como tenazas. Mi idea había sido la de reproducir las aventuras de Los siete magníficos, un western que había visto en la televisión emitido por el programa Primera sesión.

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