Ficha técnica

Título: El francotirador paciente | Autor:  Arturo Pérez-Reverte | Editorial: Alfaguara | Colección: Hispánica  | Género: Novela | ISBN: 9788420416496 | Páginas: 312 | Formato:  15 x 24 cm.| Encuadernación: Rústica | PVP: 19,50 € | Publicación: 27 de noviembre de 2013

El francotirador paciente

ALFAGUARA

Un encargo editorial pone a Alejandra Varela, especialista en arte urbano, tras la pista de Sniper, un reconocido artista del grafiti, promotor de acciones callejeras al límite de la legalidad -algunas de ellas con resultados fatales- del que casi nadie ha visto jamás el rostro ni conoce el paradero. La búsqueda conducirá a la protagonista de Madrid a Lisboa, y de ahí a Verona y Nápoles en su intento por descifrar cuál es el objetivo al que apunta la mira mortal del cazador solitario.

El francotirador paciente es un thriller que apasiona, un formidable duelo de inteligencias, un juego al límite entre perseguidor y presa. Porque el tiempo no es lo más importante cuando quedan cuentas pendientes.

«El Destino es un cazador paciente. Ciertas casualidades están escritas de antemano, como francotiradores agazapados con un ojo en el visor y un dedo en el gatillo, esperando el momento idóneo. Y aquél, sin duda, lo era. Uno de tantos falsos azares planeados por ese Destino retorcido, irónico, aficionado a las bromas pesadas.»

«Hay un escritor que se parece al mejor Spielberg más Umberto Eco. Se llama Arturo Pérez-Reverte.» La Repubblica

«Alatriste se ha convertido en una figura de culto… Los amantes de las grandes aventuras en cualquier parte solo pueden esperar sus nuevas entregas.» The Times

«Arturo Pérez-Reverte es uno de los maestros del suspense inteligente.» Le Figaro Magazine

«Consigue mantener sin aliento al lector.» Corriere della Sera

«Su sabiduría narrativa, tan bien construida siempre, tan exhaustivamente detallada, documentada y estructurada, hasta el punto de que, frente a todo ello, la historia real resulta más endeble y a veces hasta tópica.» Rafael Conte

«Digámoslo claro: nunca se agradecerá bastante a Reverte haber hecho entrar a tantos lectores en esa literatura y esa historia cautivándolos con unas narraciones apasionantes y, por la fascinación que produce el héroe, implicándolos como coprotagonistas.» Francisco Rico

 

En la ciudad. 1990  

          Eran lobos nocturnos, cazadores clandestinos de muros y superficies, bombarderos sin piedad que se movían en el espacio urbano, cautos, sobre las suelas silenciosas de sus deportivas. Muy jóvenes y ágiles. Uno alto y otro bajo. Vestían pantalones vaqueros y sudaderas de felpa negra para camuflarse en la oscuridad; y, al moverse, en las mochilas manchadas de pintura tintineaban sus botes de aerosol provistos de boquillas apropiadas para piezas rápidas y de poca precisión. El mayor de los dos tenía dieciséis años. Se habían conocido en el metro dos semanas atrás, por las mochilas y el aspecto, mirándose de reojo hasta que uno de ellos hizo con un dedo, sobre el cristal, el gesto de pintar algo. De escribir en un muro, en un vehículo, en el cierre metálico de una tienda. Habían intimado pronto, buscando juntos huecos o piezas ajenas en paredes saturadas, fábricas abandonadas del extrarradio e instalaciones ferroviarias, merodeando con sus aerosoles hasta que vigilantes o policías los ponían en fuga. Eran plebeyos, simple infantería. El escalón más bajo de su tribu urbana. Parias de una sociedad individualista y singular en la que sólo se ascendía por méritos ganados en solitario o en pequeños grupos, imponiendo cada cual su nombre de batalla con esfuerzo y constancia, multiplicándolo hasta el infinito por todos los rincones de la ciudad. Los dos eran chicos recién llegados a las calles, todavía con poca pintura bajo las uñas. Chichotes vomitadores, dicho en jerga del asunto: escritores novatos de firma repetida en cualquier sitio, poco atentos al estilo, sin respetar nada ni a nadie. Dispuestos a imponerse tachando lo que fuera, firmando de cualquier modo sobre piezas ajenas, con tal de hacerse una reputación. Buscaban, en especial, obras de consagrados, de reyes callejeros; grafitis de calidad donde escribir su propio logo, el tag, la firma mil veces practicada, primero sobre un papel, en casa, y ahora sobre cuanta superficie adecuada se topaban de camino.

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