Ficha técnica

Título: El evangelio de las aves | Autor: Adam Novy | Traducción: Carles Andreu Saburit | Editorial: Seix Barral Colección: Biblioteca furtiva | Género: Novela | ISBN: 978-84-322-1015-0 | Páginas: 448 | Encuadernación: Tapa blanda | Código: 0010008769 | Formato: 13,3 x 23 cm. | Presentación: Rústica con solapas  | PVP: 20,00 € | Publicación: 2012

El evangelio de las aves

SEIX BARRAL

Una ciudad sin nombre que hace frontera con China, Bolivia, Angola, Oklahoma y su archienemiga Hungría está controlada por el tirano juez Giggs. Dos de sus habitantes, Zvominir y Morgan, padre e hijo, poseen un don: son capaces de controlar a los pájaros y lograr que hagan su voluntad. Cuando una plaga de aves que amenaza con tapar el sol se cierne sobre la ciudad, sólo ellos pueden salvarla. Pero no se ponen de acuerdo en cómo usar este poder: el padre se somete sin vacilar a las órdenes del juez; el hijo, en cambio, se alía con una comunidad que vive en túneles subterráneos y que prepara una revolución.  

«Una novela destinada a convertirse en un clásico de culto», Publishers Weekly.

«Una mezcla de Los pájaros y La carretera», Brooklyn.

«Una obra de arte con una importante crítica social, a la política del sistema de clases y a la guerra», Dossier.

«El evangelio de las aves es una fábula, y como en toda fábula, bajo la superficie corren aguas profundas… Novy demuestra como la tiranía engendra tiranía», The Review of Contemporary Fiction.

«Un argumento shakespeariano lleno de sexo, venganza y política», Time Out.

«Una importantísima obra de arte», Matt McGregor, The Rumpus.

«Hay música en la prosa de Novy… Una cadencia violenta que te hace pensar que estás leyendo una sinfonía de Shostakovich», Bullet Reviews.

 

PÁGINAS DEL LIBRO

     Nuestro Dios supera al dios de los gitanos; es más paternal y noble, aunque algunos de nosotros admitimos a regañadientes que su dios es más autoritario que el nuestro, a quien no hemos visto ni oído desde que se elevara de Su cuerpo y prometiera salvarnos del peligro, algo que ha hecho, aunque en secreto, y si pudierais presenciar Sus magníficos actos sin duda os derretiríais, asombrados, tan generoso y grandioso es Él, nuestro Salvador, que habla con una voz que no es ni una voz, ni el canto de ningún pájaro, ni el crepitar de los troncos en llamas, ni el crujir de los zapatos sobre la arena. La voz de Dios es el silencio, el silencio que hay más allá del silencio, el ruido que hay más allá del ruido, la oscuridad más oscura, el alma de la luz. Sin embargo, hemos terminado viendo a su dios como a una autoridad local a la que hay que tener en cuenta y, con ello, se ha alcanzado una distensión práctica. No rendimos tributo a esa divinidad menor, ese déspota astral mezquino y vengativo, ese burócrata, chulo arrabalero y castigador de esperanzas, simplemente admitimos que está ahí, aunque ese simple estar confirma el escándalo de su presencia y vindica a nuestro Dios, que, muy ilustrativamente, no está ahí; no sólo no está ahí, sino que no está ni siquiera cerca de ahí, está en todas partes excepto en este sucio, mancillado y derrotado mundo material. Ponemos a prueba a su demiurgo con ironía y fervor; sus poderes son evidentes, anhelamos desesperadamente la vida.

     Y así, la interminable guerra finalmente terminó. Hungría se cansó de masacrarnos y nosotros de masacrarlos a ellos, aunque lo cierto es que ellos tenían mucha más facilidad para la masacre, algo que constatamos con decepción, pues nos creíamos unos grandes masacradores. Cuando la buena noticia llegó, salimos a la calle, bailando, cantando y enarbolando banderas. Sin embargo, había pocas calles por las que desfilar, pues la mayoría habían quedado arrasadas y enterradas bajo los escombros. Todos, al parecer, habíamos visto caer los edificios y volar los adoquines, ganado que salía despedido por la fuerza de las explosiones, cerdos que cruzaban el cielo, fragmentos de las casas de nuestros vecinos que atravesaban nuestras paredes; la mayoría de nosotros habíamos visto cómo nuestras pertenencias quedaban reducidas a ceniza y habíamos subido a lo alto de montañas de reliquias familiares hechas añicos. Intentamos rescatar libros, acaso algunas sillas, pero los pianos, los relojes de pie de nuestros antepasados, las mesas, las camas y los espejos, apenas sobrevivieron. Pronto olvidamos los detalles de esas pertenencias malogradas, las marcas, las inscripciones y las pequeñas historias privadas; incluso olvidamos el olor de los escombros, aunque casi cada noche regresamos junto a esas ruinas, en sueños, la música del olvido en nuestros oídos.

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