Ficha técnica

Título: El empleado | Autor: L. P. Hartley | Traducción: Mariano Peyrou | Idioma original: Inglés | Ref: 1196 | Colección: Narrativa Contemporánea, 106 | ISBN: 978-84-15297-86-4 | Fecha de publicación: Octubre de 2012 | Páginas: 364 | Tamaño: 23 x 14 | Peso: 571 gr. | Precio: 28 Euros

El empleado

PRE-TEXTOS

Tras la novela El mensajero, de Leslie Poles Hartley, llevada al cine por Joseph Losey y publicada por Pre-Textos el año 2004, llega ahora El empleado (The Hireling), también llevada en su día a la gran pantalla por el director Alan Bridges e interpretada por Sarah Miles y Robert Shaw, segunda gran novela del autor británico que narra la historia de la relación de un chófer de alquiler con una joven viuda inglesa, Lady Franklin, quien contrata los servicios del solitario y cínico ex soldado Leadbitter, al que en un viaje a la catedral de Canterbury comienza a confiarle su intimidad. Con tal de distraerla, el empleado responde a las confidencias de la dama con historias imaginarias acerca de su inexistente esposa y familia. Así es como dará comienzo un juego peligroso en el que la lucha de clases cobrará especial protagonismo.

 

PÁGINAS DEL LIBRO

El chófer del coche de alquiler era alto y moreno y guapo, y se parecía al soldado profesional que había sido en el momento en que estalló la guerra. Después había desarrollado otras ocupaciones; en sus horas de mayor extroversión decía de sí mismo: «En mi carrera he tenido muchos altibajos». Sin embargo, era el ejército lo que había dejado huella en su aspecto. Nadie podía dudar de que resultaba impactante, y menos aún él mismo, pero su porte no daba ninguna pista de que fuera consciente de ello. No parecía sentirse orgulloso de su apariencia; la protegía como si fuera algo ajeno, de propiedad pública. Era elegante y fino, y transmitía una sensación de inaccesibilidad. La figura de la mayor parte de la gente tiene el vago contorno de algo visto débilmente a través de los ojos de un miope, pero la suya parecía haber sido afeitada. Buscando ser correcto, de algún modo resultaba estiloso; aunque la materia fuera plebeya, tenía un toque patricio. Con cara de indiferencia, les abría la puerta del coche a sus clientes; con cara de indiferencia, escuchaba sus órdenes cuando todavía no los conocía; con cara de indiferencia, mantenía la portezuela abierta mientras sus clientes se apeaban. Para aquellos que lo consideraban un hombre y no sólo un chófer, resultaba algo imponente, y eso era lo que él quería. Sus modales, tan intachables como su aspecto, podrían ser el producto de un plan deliberado para proteger su impersonalidad. Cuando hablaba, cosa que apenas hacía salvo que se hubieran dirigido a él, tenía un aire inflexible. No era ampuloso ni altanero y no parecía tomarse en serio a sí mismo, pero algo en él -tal vez su mirada, que mantenía fija de un modo que no estaba justificado si no había ningún conflicto- traslucía una ligera amenaza. «No te acerques», parecían decir sus ojos. «No te acerques.»

     Ésta era la cara que mostraba al mundo y la que veía en el espejo cuando, a cualquier hora del día o de la noche, adoptaba su personalidad laboral. Pero no era el rostro que veía su Creador, quien se había tomado algún trabajo para diseñarlo. Detrás de la cara visible había un cráneo con una estructura huesuda, estrecha, delicada y fuerte. Entre los pómulos y las sienes, había excavada una oquedad. Tenía los ojos hundidos, pero tan separados que cuando volvía la cabeza, la línea convexa invadía la línea cóncava, como una luna creciente que se acercara hasta superponerse a una luna nueva. Eran del color bronce de los cañones y parecían igual de duros, y el pálido brillo dorado del bronce de los cañones también se veía en ellos. Sus cejas negras dibujaban unos pronunciados arcos, y una de ellas era un poco más espesa que la otra.

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