Ficha técnica

Título: El don de la vida | Autor: Fernando Vallejo | Editorial: Alfaguara | Colección: Hispánica | Género: Novela | ISBN: 9788420406046 | EAN: 9788420406046 | Páginas: 184 | PVP: 17,00 € | Publicación: 10 de Marzo 2010

El don de la vida

ALFAGUARA

«El amor es una quimera de un solo sentido como la flecha, que sólo tiene una punta, no dos. ¿Cuándo ha visto usted una flecha que vaya y venga? El amor es para darlo, no para pedirlo. No pida amor. Delo, si tiene. Y si no, pues no.»

-Pero dígame una cosa, maestro: ¿cuando usted dice «yo» en sus novelas es usted?

-No, es un invento mío. Como yo. Yo también me inventé.

Y aquí me tienen en estas bancas de viejos desocupados de este parque de mendigos y prostitutos hablando con el viento o con quien sea y al borde del negro abismo.

 

PÁGINAS DEL LIBRO

     -¿Quién tiene la verga más grande en este bar de maricas? -pregunté al entrar todo borracho y me trajeron a un muchacho.

     ¿De diecisiete años? ¿De dieciocho? ¿De diecinueve? Ya no me acuerdo. De más no porque no me gustaban de más entonces, ahora es otra cosa. Pero como no estamos hablando de ahora sino de entonces… Sigamos entonces con lo de entonces. Me lo llevé a mi apartamento, a unas cuadras de allí.

     ¿Y dónde era allí? ¿En la Calle Veinte o en la Veintiuno? ¿Con la Carrera Cuarta o con la Quinta? Por esos lados, en el sucio centro de Bogotá mugrosa. Era un apartamento frío y desolado, con dos camas por todo mobiliario: en una dormía mi hermano Darío con su amiguito de turno; en la otra yo con mi hermano Silvio que al sentirme llegar, semidormido, se corrió hacia el borde para dejarnos a los importunos el resto de la cama y de la noche y volvió a su sueño.

     Atropelladamente le fui quitando la ropa mientras él me iba quitando la mía y nos besábamos: la camisa, los zapatos, las medias, los pantalones… Cuando le quité los calzoncillos se levantaba hacia ti, Padre Eterno, inabarcable en la boca, en las manos y en el alma y a una cuarta del ombligo, el aparato sexual más grande que haya parido en sus putos días la puta tierra. O mejor dicho Colombia, que fue la que lo parió. ¡Cómo no te voy a querer, mamacita! Y a tus soldaditos de pelo rapado en cepillo que por años me levanté en tu Terraza Pasteur de tu Carrera Séptima. Ingrato sería.

     Les ahorro la descripción del aparato en cuestión. Básteles saber que mi ardiente compatriota, engendrado tras una decantación genética de generaciones y generaciones por la estirpe de los burros en la vagina del trópico, era más bien afeminado y de raza mestiza como es Colombia, crisol de blancos con indios y negros y simios del que sale una abigarrada monstruoteca. Pero si esto es así en lo general, en lo particular las ciegas leyes de la herencia habían logrado en mi muchacho un prodigio. ¡Ni en el Atlas de los bereberes, al sur de Andalucía, en el jardín de Alá!

     En cuanto al afeminamiento, he de decir que se sumaba al milagro, y la fiebre se me subía a la cara. Había encontrado en él al hombre de mis hombres en la mujer de mis mujeres. Hoy ese prodigio de la naturaleza estaría trabajando en España de travesti ganando millones. Pero ay, hoy no es ayer ni Colombia es España. Para Colombia, que escupe a la felicidad y me mira como a un paria, mi tesoro de esa noche era uno más entre muchos.

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